Nuestro contacto



B. Quinquela Martin


Todos los días, cuando la tarde declinaba, lo veía pasar apurado, desde mi oscura posición en la acera. Ahora, debería esconderme más. Las luces y brillos de las fiestas del Carnaval que se avecinaba, me jugarían en contra si no aceleraba mi plan.
Casi a la misma hora, y siempre desde las penumbras del viejo zaguán, lo observaba regresar de su trabajo y marchar rumbo a su hogar unipersonal, en el tercer piso del moderno edificio. El clima caluroso de febrero en el hemisferio Sur, devenía en obstáculo para mi estrategia. El sol se ponía más tarde y las oportunidades flaqueaban.
Sin embargo, y dado el avance de mi información sobre el apuesto joven que me atraía desmesuradamente, ya era hora del contacto. La paciencia me acompañaba y estaba segura que el tan ansiado momento llegaría pronto.
En vísperas del lunes de Carnaval, los aprestos de los corsos y comparsas ya se habían cumplido. A la medianoche, nadie quedaría en las calles. Desde mi oscuridad interior supe que lo vería en esa soledad urbana, tal vez, en los albores del lunes. Lo decidí de inmediato, mi premonición me alborotaba el corazón.
Esperé hasta pasadas las doce de la noche; era una noche tormentosa de verano. Agazapada, en el cauce de una necesaria brisa nocturna, lo percibí. Esperaba un taxi en la esquina. ¡Tan cerca! Menos de cincuenta metros de mi escondrijo. El aletear de su perfume me provocó la excitación acostumbrada. Me acerqué flotando en el aire. El taxi no se detuvo, lo dejó pasar.
El encuentro fue triunfal, casi soñado. Nuestros cuerpos fueron uno, el deseo abrasó la carne, la díada de nuestras almas fluyó sin sorpresa. Propio de mi naturaleza, el largo abrazo y la fuerza de mis besos, terminaron por vencerlo. Al fin fue mío. La vida, fugaz, se le escabulló por ese río bermellón que brotaba de su cuello fuerte y robusto.


2016






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