Villa Isabel


A sus sesenta y ocho años, Doña Florentina era guapa y fuerte. Su tez trigueña descubría sus ancestros y aliviaba sus arrugas. Vivía en el viejo casco de lo que otrora fuese una estancia serrana: Villa Isabel, emplazada en las últimas estribaciones de las Sierras Grandes, en un paraje llamado Cruz de Caña. De ese lugar se decía que en épocas pasadas, hubo una posta a la que un día llegó, moribundo, un soldado del General Bustos dejando allí su osamenta para siempre. En su recuerdo, sus iguales clavaron una cruz sobre su tumba de piedras bola, hecha con cañas que trajeron del río próximo y que ataron con tientos de cuero de cabra.

Luego de la división de la tierra que hicieron los supuestos herederos del propietario, en los últimos años, a Florentina le quedaron algunas vacas, dos toros, unas cuantas ovejas, y gallinas y cabritos por doquier. A ella, le encantaban las flores y las cultivaba en viejos macetones de barro cocido, similares a los españoles de la colonia. Éstos, el pequeño jardín del frente diseñado por un jardinero francés y hermosas farolas de hierro forjado recordaban tiempos de esplendor. Era hija extramatrimonial de quien fuera el propietario de Villa Isabel. Florentina contaba con el papeleo necesario para demostrar su “animus domini” en legal forma, ya que el testamento ológrafo que dejara su padre se abrió por su expresa voluntad ante un afamado Escribano de la ciudad capital. No habría de desampararla y su mejor forma de hacerlo fue la de dejarle la estancia en la que había nacido, por entonces, quince años atrás. A poco de la partida del patrón, Florentina se casó con el capataz de la hacienda pero no tuvieron hijos, por un defecto genético del hombre, dijeron las voces murmurantes del lugar. Su compañero de vida la había acompañado por treinta años y ahora hacía más de veinte que estaba sola. Mucho tiempo.

Una mañana de incipiente verano llegó a la estancia, una camioneta negra 4x4 con varios hombres jóvenes, pertrechados como para escalar la montaña quienes pertenecían, en su calidad de investigadores, al CONICET*. Traían el permiso correspondiente para llegar al lugar de abordaje de sus labores, ingresando por Villa Isabel. Apenas llegados, uno de ellos tuvo la mala suerte de deslizar un pie por el hueco de un viejo guarda-ganado en desuso, quedando su rodilla atascada en él. Fue necesario cortar los barrotes para que el investigador pudiese sacar su pierna. Por consejo del joven médico del Dispensario del lugar no hubo más remedio que dejarlo haciendo reposo en la estancia, al cuidado de Florentina. El proceso de desinflamación de la rodilla, llevó su tiempo. El médico llegaba por la Isabel como abreviaban los paisanos, dos veces por semana. Luego del control, Florentina lo invitaba con unos mates y pan casero y aprovechaba para conversar con el joven. El accidentado mejoró y partió antes que sus compañeros rumbo a la capital. Los demás permanecieron en su tienda de campaña poco más de un mes. Pablo continuó visitando a Florentina en sus días de franco y poco a poco se fueron haciendo amigos hasta contarse buena parte de sus vidas. “Cuando haga cabrito al horno de barro, me manda a avisar, Doña Florentina” era la frase de despedida de Pablo. Tenía 33 años y una vida por delante para hacer todo aquello que aspiraba dentro y fuera de su profesión. Una tarde de fines de febrero, llegó en su desvencijado automóvil y le pidió permiso a la mujer para pasar una semana en su carpa, a orillas del arroyo que, a unos 300 metros de la casa, atravesaba la estancia. Serían dos personas las que vacacionarían.

Grande fue la sorpresa de Florentina quien de antemano había atribuido un sexo diferente al acompañante, cuando, llegado el día vio bajar del coche al médico y otro hombre mayor, con gorra gris y bombacha bataraza: Un gringo bien plantado de cachetes rojos y poco pelo. Era el padre de Pablo. Al conocerlo, tras la presentación, no pudo menos que ofrecerles alojarse en su casa en calidad de huéspedes. “Cómo vas a llevar a tu padre a una carpa, Doctor” expresó la dueña de casa por poco ofendida con el médico. Cabrito al horno de por medio, la carpa y demás bártulos de Pablo fueron a parar al galpón donde se guardan las herramientas de campo, a excepción de la ropa y los libros, claro está. Los tres habrían de pasar una semana inolvidable. Las amenas tertulias, los paseos a caballo, el aire puro de la montaña y el cielo celeste del lugar, configuraban una especie de paraíso en la tierra para Florentina. Su vida había girado 180 grados. Durante el tiempo que amenizaba con Pablo, aprendió a conocerlo y a tratarlo casi como al hijo que no tuvo. “Benedetti” como llamaba a su padre, era un santafesino gentil, con bien llevados setenta años, médico igual que su hijo, pero ya jubilado. Un verdadero amante de las sierras cordobesas en las que había vacacionado en vida de su esposa, siempre variando los destinos, entre Alta Gracia, Ascochinga o Saldán, Cosquín, La Falda, La Cumbre y Cuchi Corral, cerca de Río Cuarto, populosa y rica ciudad del Sur cordobés.
El fin de la licencia de Pablo imponía el retorno a su labor en el Dispensario. Quien lo suplantaba no podía quedarse más días y así ocurrió. Un plácido atardecer de marzo, cargado su automóvil con cosas que no había ni siquiera desembalado, se despidió de Florentina y de su padre. Verlos juntos, tan iguales y tan distintos a la vez, lo emocionó. No se le hubiese cruzado jamás por su mente que regresaría solo. Su padre no lo acompañó. Villa Isabel era un paraíso para dos.


2012

*CONICET: Consejo Nacional de Investigaciones
Científicas y Técnicas







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