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Mostrando entradas de septiembre, 2015

Martina

Hoy es martes de luna llena
¡Buenas noches!
Martina
En pocos minutos, el recinto se llenó de un humo gris que parecía brotar de cada rincón del cubículo. Los ojos apesadumbrados de Jacobo, ya casi no distinguían nada, sólo formas girando a su alrededor. Las botellas descorchadas y vacías se mecían en el piso entablonado. No podía respirar. Terminó cayendo de bruces. En la mañana siguiente, dos bomberos robustos lo encontrarían casi muerto de asfixia, en medio del derrumbe. Pero, ¿Qué diablos estaba sucediendo? ¿Y Martina, por qué le hacía eso. . .? Serían esas preguntas, los últimos pensamientos  que recordaría después de tres meses en coma, cuando despertó con una exhalación perturbadora, en aquella sala blanca tan distinta a su última morada. “Qué tipo raro, éste” había observado, uno de los servidores: “Mira que meterse en la cripta para tomarse unos vinos a escondidas, y sólo por temor a la reprimenda de su esposa.”
2014 ¡Dulces sueños!

Creciendo

Había prácticamente escapado del departamento tras dar un portazo haciendo temblar la puerta de entrada en señal de desaprobación.
Caminó un poco apurada y pronto llegó a la plaza no tan distante de su hogar. “Este es mi refugio”, pensó entre sollozos contenidos. La humedad fresca brotaba de los canteros recién regados, repletos de coloridas petunias. La sombra del nogal se proyectaba en el sendero de lajas con abundancia. Se sentó en el banco de madera donde siempre acostumbraba a hacerlo y cerró los ojos un poco arrepentida de su actitud. Sin abrirlos percibió una presencia que se sentó a su lado. Supo enseguida que se trataba de su padre quien la tomaba de su mano con ternura. Ella sólo atinó a acurrucarse sobre su pecho. El hombre la abrazó y tuvieron una larga charla, profunda y sin intervenciones. A esa hora la plaza era poco transitada, el sol se ponía. La manzana verde en un atardecer temprano de invierno les sirvió de marco perfecto. Sandra era la mayor de tres hermanas. Despu…

El maestro

Aquel hombre común a quien muchas personas visitaban los sábados en su humilde casita de las afueras del pueblo para pedir su consejo, tenía la costumbre de iniciar su discurso con una larga lista de interrogantes que el consultante debería  responder. No ostentaba título alguno, era un autodidacta. El hombre había iniciado el día con la visita de una mujer joven quien se encontraba afligida y disgustada sin aparente razón. Pretendiendo hacerle ver que su estado emocionalpodía cambiar,le hizo varias preguntas. ¿Has visto la paloma torcaza cómo construye su precario nido? ¿Y los guacamayos cómo se besan con sus piquitos curvos? ¿Sabías que tienen una sola pareja toda su vida? ¿Te has detenido a ver el sol, cuando amanece o la luna brillante cuando es llena? ¿Te ha emocionado saber del nacimiento de un niño? ¿Has notado el aura de una persona radiante de luz y en otra la has percibido gris y opaca? ¿Te has interrogado por el cosmos y has escudriñado las estrellas, buscando alguna? ¿Has llor…

El pintor

Arriba, en lo alto del precipicio, la silueta de un hombre dimensionaba las manifestaciones pétreas de la evolución. Más allá todavía, un cielo azul-celeste límpido, donde brillaba el sol. Abajo, un cauce sinuoso cubierto de arenas oscuras, otrora rocas de lava perdidas en el fantasmal desierto, transportando un hilo de aguas claras. De vez en cuando, un árbol flacucho clamaba por lluvia y más allá las variantes de cactus agradecidas con nuestra estrella vital. Desde el valle angosto sobreviviente a las paredes del cañón que llevaba el nombre del río, el encargado de plasmar el contexto natural en su lienzo, no dejaba de contemplar el paisaje. Todas las tardes se apostaba en el lugar elegido y miraba, aguzando su vista, el borde superior de la mole de roca. Tenía paciencia y convicción no obstante que a su edad ya podría haber perdido tales virtudes. Sobre su cabeza, un sombrero viejo de paja, a su frente, un caballete gastado de tiempo, sosteniendo el lienzo arrugado, y en su mano, su pi…

Regreso estelar

Desde el gran ventanal, la joven mujer de manos nerviosas miraba el sol morir en el límite rojo del mar. Algunas luces próximas a la costa, la distraían. Recordaba a Manuel Palomino, ese hombre maduro, tan gentil, tan educado, tan ensimismado con su profesión de práctico en el mar. Ningún buque de carga, menos un crucero turístico, podría amarrar, si Manuel no daba las indicaciones necesarias para entrar al puerto. Compartiendo avistajes apasionados en esa inmensa bahía de aguas turquesas, se había enamorado de él. Sólo las ballenas que venían desde muy lejos para aparearse o a parir sus crías, eran testigos del romance impensado, surgido a pesar de la diferencia de edades entre ambos. Varios meses habían transcurridos desde que el práctico partiera dejando una promesa en oídos de ella. La ausencia le restaba fuerzas para sostenerse en la espera. La noche avanzaba oscura como tantas otras, cuando de pronto, una luz potente iluminó el cielo. En realidad, eran tres luces hechas una, que …