Sin soñar un Poema. Sin conocer un lugar. Sin admirar una pintura

Del Poema "Alma venturosa"

“Al promediar la tarde de aquel día,

cuando iba mi habitual adiós a darte,

fue una vaga congoja de dejarte

lo que me hizo saber que te quería.”

De Leopoldo Lugones (1874-1938)

Poeta argentino

Aviso de "Un Cambio"

A partir de 2017, los Microrrelatos o Mini cuentos dejarán de ser una expresión en este Blog y, junto con los poemas brevísimos, también hijos de mi pluma, formarán parte de otro proyecto. Espero poder concretarlo.

Como hojas al viento

Las entradas de este Blog se publican en 2017, cada martes a la medianoche, desde la República Argentina.

Coordenadas 31°4000S 64°2600O

sábado, agosto 29, 2015

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Jugábamos en la vereda de tu casa con esas bolitas de vidrio de muchos colores que a mí me fascinaban. Yo no entendía muy bien el juego porque eran los varones quienes participaban de él y mis hermanos no quisieron enseñarme. Pero, esa siesta de primavera, tú estabas solo y yo estaba sola. Tú querías ganar con tus canicas y me invitaste, con tan mala suerte que terminé triunfadora de la partida. Estallaste en llanto. Bueno, tenías un año menos que yo. Fue suficiente ver a tu madre con gesto adusto y empuñando la escoba, venir en mi dirección, para que saliera corriendo como una liebre asustada y, de paso, dirigiéndome hasta ti te extendiera  mi mano sucia conteniendo tus canicas.


2015




sábado, agosto 22, 2015

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Me pareció que una imperceptible bruma de forma conocida, alargaba su sombra detrás de mí.

Si tuviera que darle un color, elegiría el índigo.  Presentía que me acompañaba. Estaba casi segura. Saludé a varias personas de la vida cotidiana. Fui de compras a una antigua librería, pasé por la biblioteca y  más tarde,  para aplacar el calor del mediodía, me compré un helado enorme. Me senté en un banco de la plaza, mirando niños jugar, y disfruté. Uno de ellos pasó cerca de mí  corriendo, luego se volvió y me dijo por lo bajo: “Qué lindo ángel tienes”

2011


lunes, agosto 17, 2015

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Homenaje en el aniversario de la muerte del Padre de la Patria, General Don José de San Martín
(17 de agosto de 1850)

Corría el año 1810.
Después del 25 de Mayo de 1810, la Revolución habría de probar su suerte, extendiéndose por el inmenso territorio del Virreinato del Río de la Plata. El campo de batalla sería el interior y principalmente, las provincias del Norte y el Alto Perú, hoy Bolivia, ya que la reacción española más fuerte habría de llegar, sin dudas, desde el Virreinato del Perú, el que por entonces constituía, el más importante centro de poder de la dominación hispana. No se equivocaron los idearios de la Revolución: En esas extensiones se librarían las batallas más crueles, contrarrevoluciones de por medio, de quienes como en Córdoba, se resistían a las ideas porteñas, lo que costó también, derramamiento de sangre en pos de su sofocación.

Corría el año 1811.
Radicado en España, José Francisco de San Martín, nacido en las coloradas tierras del NE argentino, patrimonio de las Misiones jesuíticas, hoy provincia de Corrientes, toma conocimiento que en su Patria se ha producido la Revolución de Mayo y un nuevo gobierno, surgido del pueblo, propone cambios profundos. Decide entonces, regresar para unirse a la causa. Así, solicita y logra el retiro del ejército español, en el que se había destacado como un excepcional militar. Viaja a Londres para reunirse con algunos amigos, embarcándose desde allí, rumbo a las lejanas tierras del Sur.

Corría el  año 1812.
San Martín, llega a Buenos Aires junto con otros 17 militares americanos que habían pertenecido al ejército español. El 16 de marzo del mismo año, el gobierno patrio, a la sazón, un Triunvirato, le concede el grado de Teniente Coronel de Caballería. A partir de la designación, crea y  se dedica a enseñar y preparar el Regimiento de Granaderos a Caballo, con el que un año después obtendría, su primera victoria contra los realistas, en la recordada batalla de San Lorenzo,  sobre las barrancas del majestuoso río Paraná. (3-02-1813)

José de San Martín hubo de casarse, apenas a los seis meses de su llegada, con Remedios de Escalada de la Quintana, joven dama, perteneciente a una importante y rica familia, de las principales de Buenos Aires, condición necesaria en la época para alcanzar notoriedad en los círculos de poder porteño. Paralelamente, el gobierno había enviado al admirable Manuel Belgrano, hombre de leyes, creador de nuestra insignia patria, sin conocimientos estrategas militares, al mando del llamado Ejército del Norte.

Corría el año 1813.
Sin embargo, para su desgracia, las derrotas de Vilcapugio (1-10-1813) y Ayohuma (14-11-1813) determinaron su relevo, noticia que Belgrano no dejó de recibir con cierta alegría. El gobierno de las Provincias Unidas lo reemplazaría, el 3 de diciembre de 1813 por el Coronel San Martín, jefatura que, si bien no era de su agrado, éste asume obedeciendo las órdenes de sus superiores. Se reúne con Belgrano en la Posta de Yatasto (Salta) y se hace cargo del Ejército del Norte. Concentra las tropas en Tucumán donde se encuentra con los restos de  un ejército desmoralizado, cuyos oficiales no respondían a sus enseñanzas militares, no obstante el apoyo, que con abnegación recibe de Belgrano.

El elogio y admiración que San Martín expresara acerca del General Belgrano, en una carta dirigida al gobierno de Buenos Aires, destacando la inconveniencia de su separación del Ejército del Norte, ya que lo considera “. . .el más metódico y capaz de los generales de Sudamérica, lleno de integridad y talento natural y no hay - agrega - ningún jefe que pueda reemplazarlo” determina que se acepte su petición.

Corría el año 1814.
Más tarde, Belgrano pasaría a la gloria con su triunfo en la batalla de Salta (20-02-1814).
En mayo de ese año, San Martín ve deteriorarse su salud a costa de una afección pulmonar, posiblemente asma, traída de Europa, sumada a una probable aguda gastritis. Aprovecha la invitación de su amigo,  Eduardo Pérez Bulnes, célebre político cordobés, diputado por Córdoba en el Congreso de Tucumán que, en 1816, proclamaría la independencia de las Provincias Unidas de Río de La Plata y se retira a Córdoba con el fin de recuperarse.

Al fin, este guapo militar, de estatura más que regular (1,70m) demasiado, para la época en que los hombres de origen español no eran tan altos, de piel cetrina, tostada por las intemperies que frecuentaba y unos hermosos ojos negros, de mirada penetrante, vivísimos, que siempre estaban expectantes y su posición erguida, conservando siempre su porte militar, encontró, en la calma de la estancia de Saldán, una bella villa serrana, el lugar milagroso para recuperar su salud. Sus pensamientos de liberar a la América del Sur, deambulaban en el entorno del viejo nogal, bajo cuya sombra se sentaba a respirar aire puro y a pensar.
_ ¿Manda un matecito, General? Preguntó la mestiza flaquita de simpático rostro con notable ascendencia sanavirona, una de las etnias más importantes de Córdoba.
_ Sí, hoy mi estómago está mucho mejor, a fuerza de tanta leche de vaca, de cabra y no sé de qué otro bicho  que me ha dado tu patrón,  y aceptó el mate que Josefa le acercaba, con miedo de estirar mucho la mano.
_ Che, ¿Cuál es tu nombre? Preguntó el soldado de repente.
_ Josefa, respondió la morenita simpática y agregó en un desborde de palabras, porque nací el día de San José y,  en el afán de agradar al General prosiguió con su discurso sin darse cuenta que el invitado, no tenía ganas de charlar. Lo que menos quería en ese momento era que le hablaran.
La finca de Saldán cubriría sus expectativas de soledad, lejos del asedio de los discursos banales de muchos, y daría paso a la reflexión, para ordenar sus ideas. Lo acompañaban sus pocos libros y algunas de sus armas, además de su amigo Tomás Guido  y su subalterno Del Río, un chileno que se había unido a sus granaderos y a quien le dispensaba un particular aprecio.

_Bueno, bueno, está bien con la cháchara, yo quería preguntarte Josefa, sin han andado las langostas por acá.
_ ¡Sí, mi General! el año pasado se comieron toda la cosecha del maíz, le contestó la muchacha.
_Me imaginaba, porque he visto los campos devastados, en esta Córdoba tan linda. . . y ahora, andate, dejame solo.

Josefa se marchó lo más rápido que pudo con el mate a cuestas y desde ese momento supo, que jamás olvidaría  los hermosos “ojos negros” del General.
La estancia de Saldán era el lugar ideal por su clima, tranquilidad y entorno, para que José Francisco reflexionara sobre sus ideales, sus proyectos y su propia vida. Solía caminar, junto a Tomás, recorriendo el huerto, los jardines, escuchando a los zorzales brillantes en su plumaje negro, cómo cantaban a la orilla de las aguas cristalinas del hilo de agua que atravesaba la finca. Emponchado hasta los huesos, sólo salía en horas de la siesta. Lo acompañaba un rato Josefa, quien siempre lo asistía en sus necesidades y lo distraía cebándole mate.

Bajo el nogal añoso y sobre una mesa que pusieron a su disposición, redactó sus planes secretos. Sus locas ideas. Ésas, de las que no quería que nadie lo desilusionase. En ese lugar, respirando el aire puro de las serranías cordobesas, que tanto bien le hacía a sus pulmones, pudo definir los pasos a seguir para terminar con la dominación de los godos y llegar al epicentro colonial, Lima, en el Perú, por una ruta que la lógica no podría explicar.

Había recorrido  a caballo junto a sus amigos, en el riguroso invierno cordobés, las extensiones cercanas a la estancia, dejándole surcos en el rostro, el sol potente de las primeras horas después del mediodía. Cruzando pajonales secos y sorteando las jaurías hambrientas de la pampa, vio cuanta humanidad se desperdiciaba en las puertas de los ranchos y se los imaginó con uniformes, marchando con el fusil al hombro, mejor que en esa vagancia propia del abandono, lejos de la mano de un Dios ausente. Comprendió entonces, que necesitaba guerreros fieles y disciplinados, uniformes, armas, cañones, comida y una bandera que los precediera e identificara.

Su objetivo sería concentrarse en Mendoza, luego que estos aires de las sierras cordobesas obraran el milagro de su recuperación. La guerra no la ganarían las Provincias Unidas por el Norte, pensaba el General, para eso contaba con “los infernales” como se apodaban los gauchos salteños a las órdenes del General, Don Martín Miguel de Güemes.
"Un ejército pequeño y bien disciplinado en Mendoza, para pasar a Chile y acabar con los godos, apoyando un gobierno de amigos sólidos, para acabar también con los anarquistas que reinan. Aliando las fuerzas, pasaremos por el mar a tomar Lima; ese es el camino y no éste, mi amigo. Convénzase usted que hasta que no estemos sobre Lima, la guerra no se acabará." había escrito unos meses antes, en la carta fechada el 22 de abril de 1814, dirigida a su amigo Rodríguez Peña. Más adelante,  le comentaba que se encontraba bastante enfermo y quebrantado y agregaba: "lo que yo quisiera que ustedes me dieran cuando me restablezca, es el gobierno de Cuyo. Allí podría organizar una pequeña fuerza de Caballería para reforzar a Balcarce en Chile, cosa que juzgo de grande necesidad, si hemos de hacer algo de provecho… "

Después de tres meses en Saldán, ya su cuerpo le respondía mejor. Una noche de agosto, no lograba dormir y para superarlo salió de su habitación a dar una vuelta. Se sintió lejos de su esposa con quien, bien poco tiempo había convivido y la recordó, junto al clavicordio, mirándolo dulcemente en esas tardes de verano de Buenos Aires, impregnadas con el perfume de los azahares atravesando la florida reja.
Se sentó en uno de los bancos de algarrobo de la galería y miró las estrellas. Perdido estaba en el juego cósmico de sus pensamientos, cuando una mano delgada se posó sobre la suya.
_ Mi General, no quiere que vayamos pa´la pieza, está fresca la noche y el rocío puede hacerle muy mal a su pecho. Le voy a traer un té de melisa y menta pa´que se duerma.
Descolocado,  por la presencia de Josefa, contestó:
_ ¿Qué hacés acá, sinvergüenza? Y aceptando la propuesta, enfiló para las habitaciones. Tomó su té y se durmió. Esa noche, Josefa conoció el sacudón que causa el sentimiento no correspondido. En la mente del estratega sólo había lugar para sus planes de libertad.
Efectivamente, su amado “Ojos negros”, como ella lo llamaba en confidencia con  sus compinches de la cocina, esbozaría en la Estancia de Saldán, el proyecto de su colosal obra, el cruce de Los Andes para liberar a Chile y Perú.

A los pocos días, San Martín,  recibió  la muy grata noticia de haber sido nombrado Intendente Gobernador de Cuyo. Cuando llegó a Mendoza el 7 de septiembre de 1814, tenía 36 años. Su figura marcial y trato amable y querendón pronto habría de conquistar la simpatía de los mendocinos: El primer peldaño para concretar su triunfo.

Mientras tanto, en la estancia de Saldán, bajo el nogal añoso, otros ojos negros, quizá no tan bellos ni vivaces, derramaban una lágrima a la hora de la siesta.

Versión 2015
Fuentes: Conocimiento personal y algunas lecturas en:

Cuento de ficción basado en datos y hechos históricos.




sábado, agosto 15, 2015

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El andar cadencioso del tero guardián, los monstruos de acero que asemejan a extraños seres mientras trasportan la alta tensión invadiendo los campos; la alameda contenedora de los vientos del Este; el cielo infinito color celeste; los postes de eucalipto tumbados a la vera del camino hablando de un teléfono que no llegó; el verde luminoso del maíz creciendo apresuradamente en enero y un horizonte inalcanzable para el lento andar de la “chata”, esa vieja pick-up Chevrolet, en su trayecto hacia el almacén,  lo hizo acomodarse en la silla tapizada en cuero y beber el primer y único sorbo de café.
Todo aparecía en su mente como escenas de un film conocido, más cuando se le presentó la imagen de los estrafalarios nidos de loros usucapiendo el poste de cemento que traía la luz. Los molinos girando como locos al compás de un viento húmedo que anunciaba la tormenta y con ella la ansiada lluvia que su abuelo esperaba ansioso y, ante el ennegrecimiento del cielo, el plateado fulgor de los imponentes silos del tío Ernesto que desafiaban la horizontalidad del campo, haciendo insignificante el montecito autóctono que pugnaba por destacarse en el espacio plano detrás del alambrado. Pero, por sobre todas las cosas, se le presentaron en la vertiginosa evocación, aquellos ojos asombrados, muy celestes de la nieta de Doña Agnes, aquella alemana fornida que ayudaba a la abuela. A él le gustaba verla preparando con sus manos gordas un strudel de manzana, haciendo transparente la masa que luego arrollaba, mientras echaba de la cocina a su descendencia rubia, ordenándoles que fueran  para su casa y  advirtiéndoles que ya les iba a convidar. (Siempre hacía dos, ya lo tenía pactado con su patrona). Ensimismado en sus pensamientos, lo sobresaltó, una voz masculina  avisándole: “Señor, le suena el celular”.
De inmediato, miró hacia la barra del bar y pidió la cuenta.
Su regreso al presente le recordó que tenía que retirar a su pequeño hijo de la Guardería.
Pagó presuroso y se entregó de lleno a la civilización, sintiéndose desaparecer en un alud de gente y vehículos por doquier.

Abriéndose paso entre una maraña de padres, madres y abuelas que marchaban tras igual cometido, cumplió su propósito. Cuando tuvo a su hijo entre sus brazos, se miró en los ojitos muy celestes iguales a los de su mamá y no pudo menos que esbozar una sonrisa ante el recuerdo perfumado del strudel recién horneado.


2015




domingo, agosto 02, 2015

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Hoy es domingo de luna llena
¡Buenas noches!


Lucía llegó temprano esa mañana, como lo hacía todos los lunes de cada semana. Su trabajo consistía en preparar los desayunos del Hotel conforme los gustos de los pasajeros. Antes, se dirigió con sigilo hacia la mesa 14, ubicada junto al ventanal que daba al parque trasero. Hurgueteó debajo de la tabla, casi donde se encastraba la pata derecha y retiró un papel pequeñamente doblado. Era el noveno que recibía de aquel hombre callado, de pelo rubio, ojos claros y acento extranjero. Los domingos desde tres meses atrás, aparecía sentado a la mesa 14, esperando el desayuno que Lucía le servía en silencio. Sólo un roce de miradas discretas se manifestaba entre ellos.
“Seguramente es un viajante”, pensaba la mujer.
El primer papelito que descubrió fue un día lunes, cuando al preparar la mesa para el desayuno, trastabilló enredándose con una silla y la azucarera de loza rodó junto con su contenido debajo de la mesa 14. Le llevó unos momentos recoger el azúcar desparramado, así que tuvo la inesperada oportunidad de estar bajo de aquélla. De allí que al alzar instintivamente la vista,  pudo ver un papelito rosa ensartado en una ranura del fondo de la mesa. Lo tomó y guardó, presurosa, en el bolsillo grande de su almidonado delantal blanco.
No comentó con nadie lo sucedido. Lucía era de pocas palabras y de tener pocos amigos. Solía conversar con María Paz, una compañera prudente que trataba de entender qué se ocultaba tras ese rostro, crispado por el sufrimiento. Por alguna confesión al descuido, sabía que Lucía provenía de una desafortunada historia familiar que se resistía a contar. Sus modales finos y su voz pausada tenían sus cimientes en una tía política de familia aristocrática, venida a menos por la loca idea de casarse con un hombre pobre. El día que recibió el noveno papelito, su compañera de sector, Maripi, como la apodaban, la había sorprendido cuando se cambiaban en la trastienda para dejar el trabajo:
_ ¿Has notado cómo te mira el hombre de la mesa 14?
_ Bah, tonterías, es un hombre fino, mira que va a fijarse en mí, respondió la sorprendida.
Jamás había hablado de la extraña y tácita relación  que mantenía con aquel hombre. Menos lo diría después de muchas semanas de que ocurriera. El noveno papelito solamente contenía una dirección, una fecha y una hora: Martes 23, 20 hs. Avda. Roca N° 931. Ese martes les depararía a Eric y Lucía una noche de recíprocas sorpresas y de entrega mutua y total. Increíblemente se habían enamorado el uno del otro de sólo mirarse nomás, como si no hicieran falta las palabras y bastasen únicamente las escritas en cada papelito. El encuentro de aquel martes sería inolvidable. Las emociones contenidas de ambos hicieron gala esa noche.
Lucía Perales tenía 43 años, unos hermosos ojos negros, un cabello voluptuoso y modales elegantes. No tuvo la oportunidad de estudiar algo más que el secundario, que terminó a duras penas, ya que sus padres la enviaron a trabajar como doméstica a los 15 años.
Recibió tres papelitos más desde el último y a pesar de su bien logrado disimulo se la veía nerviosa. Cuando salió de trabajar, el último martes, no volvió a su casa. Ningún amor la esperaba. Ningún hijo la reclamaba. Sólo un hombre con el que no había tenido descendencia y con quien, todavía  cohabitaba por temor a sus escandalosas escenas de celos. Nadie le reprocharía si llegaba tarde porque su esposo lo hacía entrada la madrugada,  gastada entre prostitutas y vinos.
Lucía enfiló hacia la Avda. Roca. Allí se encontraba su hombre perfecto, de atractiva figura, de hablar entrecortado, de piel blanca, cubierta por un suave vello rubio, casi rojizo que se oscurecía en su pubis. Ese hombre la había hecho sentir mujer en cada gemido de su femenina expresión. Sí, a aquella mujer reprimida, de contrastante piel morena y ojos de terciopelo, vestida con su uniforme negro y glamoroso delantal blanco almidonado.
Ese domingo de enero, Lucía no fue a trabajar. Tampoco dio aviso alguno al gerente del Hotel. Maripi Fuentes, se preocupó: aquella ausencia  no era conteste con la forma de pensar y actuar de su compañera. No la volvieron a ver, ni nadie supo más de ella, como si se la hubiese tragado la tierra.
La madrugada del miércoles, cuando todavía no amanecía, Lucía se despertó con un dolor punzante debajo del seno izquierdo y obnubilada su mente por los recuerdos aún frescos de la reciente noche de amor. Su leve sonrisa no se borraría jamás de su boca y sus ojos quedarían abiertos, embelesados mirando el cuerpo de su compañero, sin poder distinguir siquiera, la oscura mancha roja que se desparramaba sobre su pecho.
Lucía Perales, pronto pasó al olvido de la gente. Se conoció la versión de su esposo, según quien, luego de una fuerte discusión, su mujer había salido de la casa para dar una vuelta a la manzana y refrescarse la bronca, pero no había regresado nunca.
De Eric Hill, norteamericano, profesor e investigador de la Universidad de Arizona, a la sazón en el país, con la misión de estudiar la adaptación de la Chía* para propender a su siembra, fueron pocas las noticias: sólo que aparentemente hubo de regresar a su país luego de finalizar los estudios a los que se abocó en esa Comuna. También se supo que había dejado bien ordenado el dinero sobre su mesa de luz, perteneciente al último alquiler de la casa, y al pago de su  ayudante para guiarlo en la zona.
Un año más tarde sorprendió al pueblo la noticia del suicidio del esposo de Lucía.
Según se comentó, no soportó la ausencia de su mujer.
Un año más tarde también, el Hotel cambió de dueños y se iniciaron las obras de remodelación, y el reciclado de sus muebles. Las mesas del comedor, por ejemplo, iban a ser laqueadas para lo cual hubo que limpiarlas muy bien y fueron puestas patas para arriba.
El día de la limpieza, una mucama aprendiz, entregó a Maripi Fuentes, su jefa, un papelito rosa doblado que había encontrado en la parte de abajo de la mesa 14.
Al leer el mensaje, Maripi cambió su expresión al comienzo perturbada. Se le iluminó la sonrisa y con gesto de aprobación abolló el papelito rosa y lo arrojó al cesto. La joven mucama que observaba a su jefa de reojos y de lejos, esperó que ésta se marchase y cuando lo hubo hecho, corriendo recogió el papelito abollado y se fue al baño. Cuando leyó el mensaje, no entendió nada. Hablaba de unos boletos y concluía con un Te amo.
Maripi Fuentes se cambió tranquila y se fue a su casa pensando en el “viaje” de amor que había podido concretar Lucía.

2014


¡Dulces sueños!
No te duermas sin un cuento. . .by Zuni Moreno. Con la tecnología de Blogger.

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La vida nos reúne en cualquier lugar y nos cuenta historias cotidianas.

Yo las he interpretado a través de los cuentos breves y los microrrelatos.

Y, a los sentimientos que fluyen de aquéllas, los he expresado en simples poemas.

Aquí, mi trabajo, para ustedes.

Zuni Moreno

Reconocimiento II


Todas las pinturas que acompañarán las entradas de "No te duermas sin un cuento", durante 2017 pertenecen a uno de los pintores argentinos más reconocido a nivel nacional e internacional, no sólo por la calidad de sus obras sino además por su particular temática: Benito Quinquela Martín (1890-1977)

Barcos de Quinquela Martín

Barcos de Quinquela Martín

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Mujeres de Volegov

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Rosas, rosas

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