Sin soñar un Poema. Sin conocer un lugar. Sin admirar una pintura

Del Poema "Alma venturosa"

“Al promediar la tarde de aquel día,

cuando iba mi habitual adiós a darte,

fue una vaga congoja de dejarte

lo que me hizo saber que te quería.”

De Leopoldo Lugones (1874-1938)

Poeta argentino

Aviso de "Un Cambio"

A partir de 2017, los Microrrelatos o Mini cuentos dejarán de ser una expresión en este Blog y, junto con los poemas brevísimos, también hijos de mi pluma, formarán parte de otro proyecto. Espero poder concretarlo.

Como hojas al viento

Las entradas de este Blog se publican en 2017, cada martes a la medianoche, desde la República Argentina.

Coordenadas 31°4000S 64°2600O

sábado, junio 27, 2015

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Como desafiando su talento de buzo, la gran ballena franca, nadaba jugueteando frente a las costas del Golfo San José, en la remota Península de Valdés. Asomaba su cabezota, resoplando un torbellino de gotitas de espuma empujadas por el oxigeno en cada exhalación, o se ponía panza arriba para ahuyentar al macho que deseaba copular. Él no era  de su agrado y por eso ella flotaba, descubriendo sobre el oleaje, su parte de abajo, su panzota, de tal manera que él no la alcanzara. Más tarde, seguramente elegiría.
Estar dedicado al mar y su marea alta, le permitía a Pedro gozar del espectáculo de las madres jugando con sus crías y de algún ballenato mayorcito y celoso, golpeando las aguas azules con su cola o brincando en ellas.
No esperó más, la ballena lo requería. Las aguas azules claras y transparentes lo atraían. Buscó su traje de neopreno, lo calzó y se sumergió sin llevar siquiera el tubo de oxígeno. Ella estaba cerca. El ballenato también. De pronto se le nubló la vista y se le acabó el aire. El mar se volvió blanco-amarillento y espeso.  Un chorro tibio, fuerte e impetuoso, desperdiciado en gran cantidad en las aguas frescas del golfo, había brotado de una de sus dos mamas. Estaba alimentando a su hijo y quiso mostrárselo.
Ése fue el mensaje que Pedro entendió y recordó luego, cuando medio ahogado, afloró a la superficie arrastrado por dos compañeros de la profesión que, pasaban por el lugar haciendo un avistaje desde la lancha. Afortunadamente, pudieron verlo cuando se lanzaba desde la barranca. Más tarde irían en su  auxilio. Una señal divina, le aseguraba que la vida puede ser vivida. La Naturaleza, le había regalado una experiencia inolvidable. Mientras, la dueña de esa cola erguida y colosal, acompañaba a su bebé en la empresa de crecer.

2013



sábado, junio 20, 2015

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Desde la barranca rosarina, con el incipiente frescor del atardecer Eloísa Díaz Peral, perdidos sus ojos azules en las aguas marrones del río Paraná, asistía a la solemne ceremonia preparada por aquel valiente abogado devenido en  General, quien airadamente, según su pensamiento, se proponía enarbolar una bandera propia en estas tierras. Eloísa era huérfana de padres ya que ambos habían muerto por distintas causas, dos años atrás, casi con el nacimiento del primer gobierno patrio.
Los pocos parientes conocidos de los que tenía noticia estaban  muy lejos allende los mares y nada sabía de ellos.  Robustiana, aquella mestiza que la había criado tuvo que hacerse cargo de ella cuando quedó sola a los trece años. Toda una señorita que atender y cuidar. Pero lo había preferido así, antes que su niña partiera para el hospicio o la metieran de monja los amigos de sus patrones. Embustera como era se había inventado una historia de papeleo para disuadirlos. Así las cosas, aquel 27 de febrero de 1812 había llevado a la jovencita al acto militar, porque Robustiana era bien criolla y apoyaba la causa de la revolución, cosa que trataba de imponer a Eloísa, quien desconfiaba de todo. "Vamos m´hija, mire la bandera que está izando Don Cosme Maciel", "¡Qué honor!" agregó la mujer y por lo bajo le susurró a la joven: "Es suya también". Cuando el paño de algodón teñido de celeste, como el cielo, en una de sus franjas, llegó a lo alto del mástil, el Gral. Manuel Belgrano instó a sus soldados, diciendo con vehemencia: ". . . Juremos vencer a nuestros enemigos interiores y exteriores, y la América del Sur será el templo de la Independencia y de la Libertad. En fe de que así lo juráis, decid conmigo ¡Viva la Patria!"

Robustiana, también lo murmuró, porque los que juraban la bandera eran sólo los militares que integraban las baterías allí concentradas. Su ahijada se persignó, y  mirando al cielo, dijo muy por lo bajo: "Perdón, Tatita, ¡Viva la Patria!", mientras la albi-celeste ondulaba brillante en aquel atardecer de verano y sus ojos azules como el mar se enamoraban de su apuesto creador.


Versión 2013


Cuento de ficción basado en datos y hechos históricos.

sábado, junio 13, 2015

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Ella tenía los ojos muy claros y, su blonda cabellera larga hasta la cintura; un moño rojo impecable, la recogía en la nuca. Era la hora del domingo. Ésa que invitaba al paseo por la plaza del pueblo, sombreada por altos y esbeltos, pinos, cedros, gravileas, coquitos y otras especies. Una bonita plaza misionera*. Los padres la habían llevado a pasear con su único hermano. A sus doce años era toda una señorita. El aire que venía del puerto, sobre el ancho río de aguas marrones, enviaba una frescura agradable y necesaria. No era verano pero la única heladería del lugar, no daba abasto con los pedidos.La tierra roja que circundaba  la populosa manzana  dejaba su huella en los autos modernos, alquilados por turistas en una AVIS  o en los propios de los vecinos. El polvillo bermejo se pegaba en las lunetas traseras sin impedir que circularan hacia la mina de piedras semi-preciosas, distante unos pocos kilómetros de allí. Los muchachones de más de dieciocho años (porque a los menores les estaba prohibido por ley) bebían cerveza bien helada y hacían "rancho aparte", lejos de las jovencitas quinceañeras a quienes,  más entrado el sol, acosarían.
La triple frontera con países hermanos estaba cerca y a esa altura, el río era el límite con uno de ellos.
La algarabía de los juegos, paseos y conversaciones se vio sorprendida por un estruendoso ruido de aceleradas, frenadas y gritos, conmocionando la tarde dominguera en la plaza del lugar.
Era una camioneta NISSAN,  blanca, que rauda se llevó la tierra colorada pegada en sus vidrios y ruedas, junto con aquella niña del moño.
El desconcierto y el silencio se apoderaron de todos. La inmovilidad fijó a los padres a la acera. No salían del asombro, mientras una palidez insana iba cubriendo sus rostros. El primero en reaccionar fue alguien del grupo de muchachos, gritando: "Tenemos que avisar a la policía"
Y así fue. Se cumplieron los trámites de rigor que la situación imponía.
El tiempo no cura este tipo de heridas, sólo las calma de a ratos. Sus padres continuarán esperando que la pequeña regrese a su hogar porque la esperanza es lo último que se pierde. Mientras, habrán de consolarse o no,  con la fotocopia de su fotografía,  pegada en los vidrios de la Delegación de Prefectura Naval  o en  Gendarmería Nacional.
Del destino de la niña, mejor ni pensar.

*Misionera: De la Provincia de Misiones, Argentina
2015


sábado, junio 06, 2015

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Vinculados a la Ley

Lucila Gutiérrez, era callada y frágil de aspecto. Si bien se manifestaba estudiosa y cumplidora, la mayoría de las veces permanecía aislada del grupo. En el nuevo Sistema Educativo, el año próximo, ingresaría al primer año del secundario y su conducta hostil y reservada preocupaba a sus maestras, en cuanto a su desenvolvimiento posterior.
Ahora, con sus frescos doce años, su falta de comunicación, alarmaba al equipo psicopedagógico del establecimiento escolar. Si bien su rendimiento tendía hacia un excelente resultado, sus pruebas escritas calificaban mucho mejor que las orales. Un día, la llamaron a la Dirección y muy gentilmente la Directora inició un casi monólogo ante la niña, en presencia de las profesionales del equipo asistente. Lucila contestó las pocas preguntas de su superior con monosílabos o silencios y volvió al curso sin mayor cambio en su semblante.
“Algo oculta” había observado la psicóloga, “evidentemente no quiere hablar” completó la profesional bajo el asentimiento de la Directora.
La primera medida que se adoptó fue citar a la madre, pero para desilusión del Equipo, la entrevista no fue alentadora.
La progenitora se había presentado estrafalariamente vestida y contestó a las preguntas con evasivas: “Es así, ella es así, profesora”. La segunda estrategia del Gabinete multidisciplinario fue enviar a la trabajadora social para que realizara un informe sobre las características del hogar de la niña. La Asistente, practicaría una encuesta  ambiental en un horario prudente para poder apreciar la situación en la que vivía la menor y mientras ella no estuviese. Llegó a las once de la mañana a la dirección indicada y luego de golpear varias veces a la puerta de la vieja casa, observó que el desvencijado picaporte de bronce opaco se movía lentamente. Abrió una chiquilina  despeinada y rubia, con marcadas ojeras, mezcla de la ausencia de descanso y del rímel de sus pestañas, no retirado la noche anterior. Después de la presentación la visitante ingresó al domicilio. El cuadro no ofrecía ningún aspecto halagador, por el contrario. En el centro de la oscura cocina, una mesa con mantel de hule y sobre él, restos de pan viejo y una taza con un poco de leche, hacían suponer que Lucila había desayunado. Sentada a la mesa mientras escribía, la asistente esperaba a la madre que aún no se levantaba. Al tiempo, la progenitora se presentó envuelta en una “robe” de satén rojo.
“Me interesa recorrer la casa, Sra. Gutiérrez, y especialmente ver la habitación de Lucila”, comunicó la profesional, con gesto serio.
“Lucila no tiene dormitorio propio, lo comparte con su hermana”, respondió agriamente la mujer, e inició el recorrido por un pasillo de distribución que comunicaba los cuartos con el comedor y el baño, mientras la Asistente Social marchaba por detrás. De los tres, uno le llamó su atención. Sólo había una cama de dos plazas en el centro con las sábanas revueltas y una única mesa de noche, bajo la cual un balde y una toalla completaban el mobiliario. Era “el cuarto de las visitas”, alegó la madre. El otro, era de las hermanas, con dos camitas, una mesa de noche en el medio y un ropero grande y antiguo sin puertas, ni espejo. La tercera habitación, correspondía a la mujer. Llegaron hasta el baño sin azulejos, con estucado en las paredes, sorprendentemente limpio.
“Su hija mayor terminó el secundario” preguntó la Trabajadora Social. Y, con voz altiva, cansada de los muchos interrogantes  que se le habían formulado, respondió cortante con un “No”
 “No hay para más”, pensó la encuestadora, y se marchó presurosa de aquella casa oscura, ya que su estancia en ella le había despertado inquietud y no soportaba el olor a humo impregnado en el ambiente.
Ya afuera, Intentó averiguar discretamente entre los vecinos, explicándoles que no mencionaría sus nombres y que no se trataba de una orden judicial, sino que había sido enviada por la Escuela  del barrio. Llamó a tres puertas y las tres personas que la recibieron se disculparon, no ofreciendo ninguna información. Sin embargo, la profesional pudo advertir que en sus rostros se dibujaba una expresión de desagrado cuando se mencionaba a la familia en cuestión. La cuarta puerta se abrió tras el saludo amigable de una anciana que escuchó atentamente a la Asistente Social y se desbordó en un palabrerío atropellado:
“¡Sí!, sí, las conozco. Son todas unas  prostitutas, ella y las hijas, pero la peor es la madre, ésa es una grosera, sucia, delincuente. . .” La locuaz enumeración se interrumpió, cuando una potente voz varonil resonó en el zaguán de la casa, llamando adentro a la mujer. Un hombre de mediana edad se presentó excusándose de dar información y negando los dichos de su madre, alegando que era mayor y que solía confundir la realidad.
El círculo se cerraba.  El desquiciado entorno familiar con el que interactuaba la pequeña Lucila quedó plasmado en el informe de la Trabajadora Social.
La Directora, ordenó una entrevista psicológica para la alumna, ya que la responsabilidad del caso pesaba sobre su conciencia y sobre el establecimiento escolar a su cargo.
Poco a poco Lucila se fue soltando en sucesivas reuniones con la Psicóloga, hasta que un día rompió en llanto y contó su historia, su miedo anulante: Un señor que visitaba a su madre había pretendido tocarla en sus zonas sexuales, mientras esperaba su turno, pero ella no sólo se había negado sino que había logrado escapar por la puerta de la cocina y, saltando una tapia baja, se quedó en un gallinero abandonado de la casa vecina, esperando que amaneciera. A esa hora, según relataba la niña,  los hombres ya se marchaban y su madre y hermana se acostaban a dormir.
Detectado el peligro inminente en el que se encontraba la niña, la Directora informó el caso ante la Asesoría Letrada de los Tribunales locales, iniciándose las correspondientes actuaciones judiciales.
Pronto, Lucila fue entregada en guarda a un hogar sustituto, puesto que los pocos parientes con los que contaba, no reunían las condiciones materiales ni morales para tal cargo.
En su nueva casa y en el seno de su nueva familia, su vida dio un importante giro. Sin embargo, el daño en Lucila Gutiérrez se había consumado.
El Juez de Menores trataría de atenuarlo ordenando una terapia psicológica para la niña.
El Asesor Letrado que hubo de llevar el caso en representación de la menor, archivaba en su despacho los informes originales y los repetidos por su orden, mientras su mente continuaba rondando el caso de Lucila Gutiérrez.
Antes de retirarse, tomó su cuaderno personal y anotó:
“¿Qué emoción extraña e irracional, qué pensamiento y decisión oscuros, llevaría a algunos hombres a buscar placer en lugares como la casa de Lucila Gutiérrez?”
“La biología no necesariamente determina y justifica el rol de madre”

“¡Cuán importante es que en una sociedad sus instituciones se interrelacionen!”

2015



jueves, junio 04, 2015

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Hoy es jueves de luna llena
¡Buenas noches!

La patente

Por el viejo camino que alguna vez fue pavimentado, entre profundos baches ignorados por la autoridad pública, circulaba en alerta, el viejo Citroën de color gris. En el horizonte, gruesas nubes también grises, parecían descolgarse del cielo. La hora del atardecer sin un sol brillante  que estirase sus últimos rayos, contribuía para que todo el paisaje, ruta serpenteante y campos laterales incluidos, fuese una nebulosa parda salpicada por las finas gotas de una llovizna helada. Agenor alcanzó a divisar el cartel de fondo verde con texto en blanco que anunciaba un puente sobre el arroyo. Pasó con cuidado, agudizando la vista porque ya casi nada se veía. Cuando acabó el cruce, una silueta blanca, desdibujada por el efecto de  la luz de los faros atravesando la neblina, atrajo su atención ya disminuida por las circunstancias. Imaginó entonces, a una bella mujer que solicitaba su ayuda, pidiéndole que la llevase. A sus señas, Agenor  asentía con la cabeza, pero cuando quería detener su vehículo para recogerla, la figura se desplazaba. “Estoy mareado”, pensó,  y recordó los tempranillos que había bebido junto a su amigo Pedro, desde el mediodía hasta casi las cinco de la tarde cuando se marchó rumbo a su casa. Encapsulado en esa confusión condujo un tramo más, hasta que quedó prácticamente colgado en un profundo bache. Rezongando y blasfemando se bajó del Citroën y con mucha fuerza, propia del hombre de campo, quitó la rueda del bache y logró zafar del percance. Sin embargo, no pudo evitar salpicarse con un barro negro que también cubrió parte del guardabarros trasero y casi ocultó la chapa patente, un poco desvencijada, la que ahora sólo mostraba sus últimas tres cifras. No perdió más tiempo, el frío calaba sus huesos y la cabeza le daba vueltas, el pecho se le oprimía y la frecuencia cardiaca galopaba. Olvidado por un momento de la mujer blancuzca de su imaginación, retomó su zigzagueante viaje, reanudando sus visiones  a los pocos metros.
La imagen se le apareció nuevamente cada vez más cerca del parabrisas en medio de luces de colores, y un zumbido electrizante, pero su conciencia poco le duró, de pronto no vio nada, no escuchó nada y se desvaneció en un agujero negro astral. Todo fue oscuridad y silencio. Ni su propia respiración escuchó.
Los primeros rayos del amanecer empujaron poco a poco la capa de nubes dejando al descubierto un inmenso cielo azul que iluminaba la vida. Un viento incipiente del Oeste trajo olor a campo. A unos cincuenta metros, ruta adentro, Agenor se retorcía de dolor, de bruces sobre la tierra fría y húmeda.
El chofer de una camioneta de la sociedad rural de la zona, que marchaba con destino a la gran ciudad, acortando el tiempo por este camino maltrecho, ya que nadie circulaba por él, divisó un bulto con aspecto de humano al costado y hacia adentro del campo. Detuvo su marcha y se bajó junto con un joven que lo acompañaba.
Ambos, fueron a investigar esa cosa que se movía  tenuemente.

Del auto de Agenor no se supo nunca más. Tampoco el moribundo pudo explicar algo. Nadie había visto nada en ese desolado paraje.
Cinco años más tarde, unos kilómetros más adelante del lugar donde Agenor había sido encontrado, la pala mecánica de una Empresa Constructora Vial que mejoraba el mismo camino, extraía de las entrañas de la tierra un montón de hierros retorcidos, que en apariencia podrían pertenecer a un automóvil marca Citroën.

Los forenses especialistas que estudiaron los restos, llegaron a esa conclusión, alentados por un grabado en lo que fuera la parte trasera del vehículo, junto al logo ilegible. Además,  porque en el rescate vino también un trozo de chapa-patente que terminaba en tres cifras: 666, perteneciente a un viejo Citroën, denunciado como desaparecido años atrás.

2014
 ¡Dulces sueños!
No te duermas sin un cuento. . .by Zuni Moreno. Con la tecnología de Blogger.

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Mi Propósito


La vida nos reúne en cualquier lugar y nos cuenta historias cotidianas.

Yo las he interpretado a través de los cuentos breves y los microrrelatos.

Y, a los sentimientos que fluyen de aquéllas, los he expresado en simples poemas.

Aquí, mi trabajo, para ustedes.

Zuni Moreno

Reconocimiento II


Todas las pinturas que acompañarán las entradas de "No te duermas sin un cuento", durante 2017 pertenecen a uno de los pintores argentinos más reconocido a nivel nacional e internacional, no sólo por la calidad de sus obras sino además por su particular temática: Benito Quinquela Martín (1890-1977)

Barcos de Quinquela Martín

Barcos de Quinquela Martín

De QM

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Reconocimiento I


Todas las pinturas que acompañan las entradas de "No te duermas sin un cuento" pertenecen a uno de los artistas rusos contemporáneos más admirado: Vladimir Volegov.

Este pintor nos acompañará durante el año 2016.

Mujeres de Volegov

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No te duermas. . .

Candela por la Paz

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Quien escribe

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Conjunción


Las fotografías que ilustran este Blog, son de mi cámara.

Los cuentos y poemas, de mi pluma.


Capturando la vida

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"He mirado las rosas y me he acordado de ti"

Juan Ramón Jiménez,

escritor y poeta español, (1881-1958)


Rosas, rosas

Rosas, rosas
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Poemas en flor


Este Blog trae al lector también poemas y, como un árbol en flor, supone la siembra y anuncia la cosecha, mientras se deshoja la vida.

Escribiendo con el pensamiento desde el alma

Pintando la vida

Antigua como la humanidad misma, la Pintura, responde a un impulso innato en el hombre de comunicación.

Recogiendo los frutos

Recogiendo los frutos
Tres de mis poemas y un cuento obtuvieron el 17-11-2012, el 3er. Premio en el Concurso Internacional,"Elegidos 2012" organizado por El Instituto Cultural Latinoamericano, de Junín, Provincia de Buenos Aires, Argentina.

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