Sin soñar un Poema. Sin conocer un lugar. Sin admirar una pintura

Del Poema "Alma venturosa"

“Al promediar la tarde de aquel día,

cuando iba mi habitual adiós a darte,

fue una vaga congoja de dejarte

lo que me hizo saber que te quería.”

De Leopoldo Lugones (1874-1938)

Poeta argentino

Aviso de "Un Cambio"

A partir de 2017, los Microrrelatos o Mini cuentos dejarán de ser una expresión en este Blog y, junto con los poemas brevísimos, también hijos de mi pluma, formarán parte de otro proyecto. Espero poder concretarlo.

Como hojas al viento

Las entradas de este Blog se publican en 2017, cada martes a la medianoche, desde la República Argentina.

Coordenadas 31°4000S 64°2600O

sábado, mayo 30, 2015

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                                                                Vinculados a la Ley

Desilusionada, dolorida y enfrentada con su vida misma, Jacqueline salió de su humilde casa rumbo a lo desconocido. Deseaba caminar sola, sólo caminar. Su madre, alerta siempre, le había recomendado:
"No vuelvas de noche hija que el barrio está peligroso."
Desde los límites de la pobreza, la mujer reconocía la inseguridad que se desplazaba a pasos agigantados sin discriminación alguna. El último año de la Secundaria abrumaba a Jacqueline que ya no soportaba compartir las horas de estudio con Juanjo después de la ruptura entre ambos.
"Cosas de adolescentes", había resuelto su madre, creyendo consolarla de ese modo. Pero, para la joven ese problema que la afectaba era lo más importante de su vida. “¿Cómo él le había hecho eso? ¿Qué haría ella ahora? ¡Qué vergüenza ante sus compañeros!” rezongaba en silencio y pronosticaba que: “todos ya lo sabrían”. El fracaso de la relación era el motor que la empujaba a salir y dejar su hogar para pensar y consolarse.
Su madre, no resignada con que la jovencita saliera, le daba charla y le recomendaba llevar su DNI.
Jacqueline, respondía afirmativamente, mientras cerraba la puerta de chapa de su casa y salía.
Los últimos rayos del sol se reflejaban en los techos de las casitas bajas próximas a la ruta, otrora pertenecientes a un barrio militar abandonado. Nadie había demandado nada, ni ninguna autoridad lo había impedido, cuando los usurpadores, entre ellos su abuela y su madre, las tomaron doce años atrás.

Un perro negro, vagabundo y con una pata coja se unió a su caminata y la acompañó en el rumbo. Ambos iban al costado de la carretera, con poco movimiento de vehículos a esa hora. Jacqueline se preguntaba a sí misma, por qué Juanjo la había despreciado de ese modo siendo que él le había jurado su amor y su “por siempre” compañía. Ella no se había entregado a sus reclamos viriles, con miedo de quedar embarazada, hasta poco tiempo atrás. Su Juanjo sería el primero y el único hombre de su vida, soñaba. ¡Sueños de una niña grande! Si su mamá supiera. . . No quería imaginarlo. Juntos, habían descubierto el sexo: leyendo, escuchando, viendo películas y alguno que otro video porno. Ambos eran vírgenes. La experiencia juvenil había sido detonante en sus cortas vidas; sin embargo, lamentablemente, no serían el uno para el otro. Apenas tuvo la oportunidad, cuando realizaron una excursión educativa a un Museo antropológico, Juanjo se descarrió y se fue tras una rubia provocativa que ondulaba sus caderas, a pesar del uniforme, por delante de sus narices. Casualmente otro grupo escolar se había dado cita en la misma Institución con el mismo objetivo.

Jacqueline estaba turbada por los indeseados recuerdos de ese viaje causa y razón de la ruptura y a pesar de apartarlos, se agolpaban en su cabeza, provocándole una angustia temerosa. El perro negro y cojo continuaba a su lado. Era prácticamente ya de noche en ese atardecer tibio y ventoso del mes de noviembre. Recordó las recomendaciones de su madre y se estremeció. Quiso regresar a su casa rápido, muy rápido, pues el estrés le había llegado a la garganta oprimiéndole el pecho. Le pediría perdón a su madre y analizaría con la  mente fría la situación con su ex novio. Caminar le había hecho bien. Sin embargo, para su interior, Jacqueline sabía que le costaría regresar a casa.  

El motor de un auto que derrapaba muy cerca, la inmovilizó. Un brazo fuerte y fornido la subió al asiento de atrás en un único y brusco movimiento. No vio ni sintió nada más. El auto retomó su marcha a gran velocidad y se perdió entre las sombras de los olmos que daban sobre la ruta precariamente.

Un momento de estupor para los ojos casi ciegos de la anciana, testigo circunstancial, quien desde la puerta de su humilde casita, en la media luz del anochecer, vio la escena.
El perro compañero se quedó echado a la vera de la ruta, como desorientado.

Con lágrimas en los ojos cansados de tanto llorar, un mes más tarde, la madre de Jacqueline junto a un Juanjo de rictus amargo y doliente encabezaban una columna de vecinos, portando un ancho cartel que exigía a las autoridades la aparición con vida de la joven.
Su retrato se multiplicaba en las pancartas que alzaban sus compañeros de curso. La historia se repetía.

Mientras, muy lejos de la gran ciudad, en el Sur del país, sumido en las tinieblas grises del humo de los cigarrillos, entre voces jolgoriosas y risotadas tenebrosas de fondo, el cuerpo delgado de la jovencita se hundía en la profunda oscuridad de la degradación, al compás del vaivén punzante de un cliente.

2015

lunes, mayo 25, 2015

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Homenaje al día del Nacimiento de nuestra Patria
25 de Mayo de 1810

María del Carmen Ortiz estaba empecinada en vestirse de varón a escondidas de sus padres y a entremezclarse en la semi penumbra del sótano del Café de Marco, tan próximo de la Plaza  y del Cabildo, allí, justamente donde se reunían los morenistas. Más allá de las ideas iluminadas que los impulsaban y de conocer muy bien a varios de los parroquianos que frecuentaban el lugar con fines políticos, la joven tenía otro objetivo completamente distinto. “Es una locura a todas luces”, le había advertido Enriqueta, su hermana. Sin embargo, estaba perdidamente enamorada y decidida a entablar conversación con ese porteño maduro y “chispero”, que había tenido una destacada actuación en la semana previa al 25 de mayo junto a otros activistas.

Francisquito, el hermano mayor de María del Carmen, comentaba siempre en la sobremesa las hazañas de sus amigos y, bien se ocupaba de resaltar la figura de quien había roto el corazón de su hermana menor. Lo admiraba por la “garra” que había demostrado ayudando a movilizar a tanta gente para el Cabildo abierto del 25 de mayo.
Su padre, comerciante de origen español, si bien nacido en el Alto Perú, se quejaba de estos jóvenes, quienes según él, iban a terminar mal. “Usted dice eso porque es saavedrista, padre” se animaba tibiamente a replicar Francisco, por ser el primer varón de la descendencia.

Para colmo, otros amigos de su hermano, eran también chisperos reflexionaba María del Carmen, mientras planeaba su fuga vespertina.
Su casa quedaba a pocas cuadras del Café de Marco, el trayecto sería rápido, siempre y cuando no lloviese, porque en ese caso las calles se anegarían y, entonces, sería muy difícil trasladarse. “Piénsalo bien, Maricarmen, es muy peligroso, ya sabes que nuestro padre no cuadra con esos jóvenes. No quiero pensar lo que pasaría si se enterase o alguien te descubriese” renegaba Enriqueta. Sin embargo, María del Carmen, no escuchaba tales argumentos.
Francisquito le había relatado una y otra vez, los hechos en los que había tenido fundamental participación su amigo, como cuando durante la semana anterior al 25, se pretendió formar una Junta  de Gobierno integrada por algunos criollos, pero presidida por el Virrey Cisneros, propuesta a la que aquél y otros revolucionarios se opusieron terminantemente logrando su  rechazo generalizado.
Después de los episodios de mayo y aún luego de la muerte, meses más tarde de su líder Mariano Moreno,  el valiente joven continuó militando activamente en la Sociedad Patriótica que se oponía a Saavedra.

Por su parte, María del Carmen  había invertido más de un año en preparar minuciosamente su plan, mientras alimentaba su amor individual, ya que el depositario del mismo, supuestamente, nada sabía de él.

Precisamente, cuando todo estaba presto para concretar su alocada idea y tomar contacto con su revolucionario amado, los resultados de  la pueblada del 5 y 6 de abril de 1811, dieron por derrotados a los partidarios de Moreno y así,  su amor imposible, junto con otros morenistas fueron expulsados de Buenos Aires.
María del Carmen no lo podía creer, no encontraba consuelo y sólo con sus hermanos, Enriqueta y Francisco lograba ahogar su pena. Sumida en una desconocida tristeza dejó de quedarse en las sobremesas  familiares y de participar en las tertulias de la familia en las que consumía su tiempo social. Sus padres, preocupados, la enviaron a Mendoza donde vivían unos tíos, para que el aire seco del desierto la “curase”.
Si bien, en esa época de procesos de cambio turbulentos  aquel joven, no disponía de tiempo para el amor, llegó a enterarse no obstante, del  profesado en secreto por María del Carmen Ortiz.
Una infidencia del hermano de la joven, dicha al oído  en una de las reuniones activistas, se lo había revelado. Entonces, en agradecimiento ante tamaño elogio, le envió a María del Carmen, unas  cintillas de aquellas repartidas entre criollos y españoles simpatizantes,  aquel brumoso 25 de mayo de 1810.

Desgraciadamente, éstas, nunca llegaron a manos de su hermanita.


Francisco, un poco excedido en copas, las perdió en el camino de regreso a casa y su tremenda culpa hizo que María del Carmen nunca se enterase del gesto de su amado. Fue mejor así.

2015


sábado, mayo 16, 2015

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Vinculados a la Ley

Seca, su última gota de esperanza y con la mirada casi fija en la acera, Alcides caminaba lentamente, pero con rumbo cierto hasta su casa, su amada casita, su hogar, su home, ese lugar cálido donde se criaron los hijos que ya no estaban porque volaron lejos, ese refugio que tantos sueños albergara, tejidos en épocas de optimismo junto a Martha, su mujer. Un amigo lo saludó desde el Bar en semi-penumbra. No lo escuchó. Tampoco a Pedro, el amigo panadero que desde la vereda de enfrente, le extendía la bolsita de papel, conteniendo el pan especial de los jueves, hecho a base de semillas y harina de centeno, que a su esposa le gustaba tanto. Deseaba que el camino fuera más largo. En el intento, oprimió aún más el papel que llevaba apretujado en su mano y que tan gentilmente le entregara su abogado.

2015



sábado, mayo 09, 2015

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Vinculados a la Ley

Elena Torralba no era mujer de ocultar ningún sentimiento a pesar de sus escasos años. Había creído en el amor y construido sueños, pero la vida con aquél hombre le resultó una cachetada: humillada con palabras, torturada con hechos, asediada con miradas y pensamientos, así, pasaba sus días. En suma, una mujer maltratada sin el porqué resuelto. La violencia la había acompañado desde pequeña, pero la que soportada con Él, ya no tenía límites. Todas sus vecinas lo sabían y le aconsejaban que hiciera las denuncias correspondientes. Ella siempre aseguraba que las formularía pero nunca se animaba. Sin embargo, una mañana acudió a un Centro de asistencia, en el barrio mismo que se ocupaba de la mujer víctima del delito y siguió algunos consejos recibidos de la Psicóloga y de la Trabajadora social. Volvió varias veces y más tarde decayó otra vez. Una de sus vecinas se preocupó realmente ya que sus facciones, su carácter y expresión denotaban un gran sufrimiento. A duras penas, presa del terror a la represalia, fue al Departamento de Policía y contó al sumariante todo lo que le sucedía. El empleado policial trató de disuadirla, diciéndole que en la vida privada siempre ocurrían discusiones entre los esposos que volviera a su casa y hablara con su marido. Desilusionada, de regreso a su casa, Elena tomó una decisión: Le escribiría a sus hermanos. Entre la espera y la sinrazón de la violencia de su esposo, el mes que tardarían sus parientes en llegar le resultó eterno, pero el día al fin llegó.  Esa noche, su esposo como de costumbre estaba malhumorado y borracho. Exigió la comida a gritos, golpeando la mesa acompasado por improperios y maldiciones, sin advertir desde la penumbra de la precaria casa iluminada por la luz de la lamparita de bajo consumo, dos figuras corpulentas, forjadas a puro hachar quebracho. Ambos hermanos emergieron en silencio y se acercaron al hombre que continuaba gritando. “Hola, Juan, dijo uno de ellos.”
A la mañana siguiente, Elena Torralba y sus hermanos partían hacia el Chaco. La vecina que más la quería se acercó a convidarlos con un pan casero hecho con grasa, recién horneado y allí se enteró de todo. Juan, tras la conversación con sus cuñados se había marchado del barrio y había prometido nunca más volver, asegurando que Elena lo tenía harto. Ella se quedaría un buen tiempo con su familia en el Norte del país.
“Todo terminó resolviéndose de la mejor manera, si no la pobre chica iba a terminar muerta a golpes. . .” pensó la vecina. “ ¡Qué suerte que el desgraciado se fue! Los hermanos lo deben haber asustado”, redondeó la mujer, mientras saludaba a los Torralba que subidos a un taxi emprendían el regreso con su hermana.
La humilde vivienda no se alquiló más. Su propietario decidió venderla y a un precio bien razonable, al punto que el yerno de aquella vecina de Elena Torralba se entusiasmó para comprarla y refaccionarla. Ni más ni menos, así ocurrió. Una tarde de verano, ya casi estaba lista, cuando el yerno estaba picando la tierra seca del patio con una azada y, sintió algo duro. Cavó más y desenterró un hacha.
_ ¡Suegra!, llamó. Venga, mire esto. 
_ ¡Un hacha! Dijo la mujer, balbuceando. ¡Ah, sí!, recuerdo,  a Elena la asustaba y con el loco del marido que tenía, seguro la debe haber enterrado por miedo, agregó la mujer lo más convincente posible.
_ Sí, claro contestó el yerno y continuó picando la tierra.
_Pero yerno, no trabaje más. Esa tierra es muy seca, no le crecerá nada. Mejor hágase un patio de cemento y póngale algunas macetas, total es bastante chico.
_ Sabe que tiene razón, Doñita. ¿Y si le pongo baldosas?, contestó el hombre entusiasmado con la idea.
_ Claro, buena idea, repuso la vecina compasiva y se marchó rápido hacia su casa, con el corazón estrujado, presa de un nerviosismo reprimido, fundado en una tibia sospecha que siempre tuvo y que ahora le quemaba el alma.
2010


Versión 2013



lunes, mayo 04, 2015

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Hoy es lunes de luna llena
¡Buenas noches!
En el Laboratorio

La joven mujer nunca pensó que Darío fuera esa persona a quién fue descubriendo en sucesivas noches de tenebrosa sorpresa.
Se había acostumbrado a su trabajo en el laboratorio, alejado de la casa y a sus pruebas y experimentos, sobre los que no dejaba de hablar en horas de la comida, como si ella lograra entenderlos en su totalidad.
La nueva asistente, morena y de ojos verdes, le había durado más de tres meses, cosa que la tenía sorprendida y preocupada. Aquel día, queriendo resolver su intriga, esperaría hasta la media noche y se daría una vuelta en secreto por el laboratorio. Contaba par ello con un tierno reloj cu-cú, colgado en la pared del comedor de la casa, que le avisaría. Se enfundó en una capa negra, y portando una débil linterna, bajó por el camino que en completa oscuridad, habría de llevarla hasta donde él trabajaba. Acurrucada en una esquina del ventanal, en la soledad oscura y fría de la noche, vio lo que tantas otras veces había visto: La asistente sobre la camilla, completamente desnuda, sujetos sus manos y sus pies, pero a diferencia de las otras, gozosa, después de un coito con Darío, actitud que jamás habría supuesto en él. Ésta no clamaba, no lloraba, no tiritaba de miedo como las otras. Por el contrario, parecía feliz, su rostro destilaba un amor pasional que la hizo estremecer en medio de tamaña escena.
La asistente maniatada le exigía:
_ ¡Dime que me amas, repítelo, repítelo!
_ ¡Te amo, te amo, perdón, perdón…! exclamaba Darío, mientras tomando su rostro con una mano, con la otra, estirándose, bajaba de un golpe la tecla del interruptor. La había electrocutado.
La mujer se fue desandando el camino hasta la casa. El llanto y la tristeza la abatían.
No lograba consolarse: ¡Jamás hubiese imaginado que Darío, dejaría de amarla!

2014
¡Dulces sueños!

sábado, mayo 02, 2015

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Él

Vinculados a la Ley

Trinidad Pereyra nunca había entrado a tan suntuoso edificio de pisos de mármol y altas columnas. Con la ayuda de algunos letrados que caminaban por los pasillos tribunalicios y un joven ordenanza que conducía el ascensor, logró llegar hasta la oficina de la Asesoría que la había citado. Si bien subió por las amplias escaleras, segundos antes estuvo por tomar el ascensor hasta el segundo piso. Pero la desconfianza le hizo rechazar la idea. “¡Qué iba a andar ella en Ascensor, si ni sabía casi lo que era!”, reflexionó. Varias personas se agolpaban frente a una especie de mostrador de madera oscura, al que llamaban “barandilla”. Por fin, había llegado al lugar indicado.

Siendo de Traslasierra, Trinidad había viajado toda la noche para llegar hasta la gran orbe.  “¡Cuánto  tiempo que no bajaba a la Capital!”, pensó.
“Desde aquel invierno en que, como última instancia, internamos a papá”, recordó y revivió lo vivido unos años atrás, en aquel gran Hospital que quedaba cerca de la Terminal de buses. En ese entonces, fueron vanos los esfuerzos por retenerlo, su tata se le había escapado rumbo al cielo nomás. . .

Callada y quieta observaba el panorama, escuchando a hombres y mujeres hablar un lenguaje desconocido. No entendía nada, pero según el párroco de su pueblo, tenía que obedecer la Ley y debía presentarse. Mientras se convencía a si misma de no salir corriendo de aquel recinto, lleno de gente bien vestida, recordaba el consejo de aquel personaje pueblerino a quien le tenía mucho respeto. Replicando a sus propios pensamientos se encontraba, justo cuando una gentil y joven empleada se acercó hasta ella, preguntándole si estaba citada, a lo que Trinidad respondió afirmativamente extendiéndole el documento que apretaba entre sus manos húmedas.
_ ¡Uy! Ya casi es la hora. . . ¿Ud. vio si llegó la otra parte? Demandó la escribiente.
_ ¿Quién, Él? No, no, respondió la mujer. Ambas, con paso ligero se encaminaron hacia la “sala de audiencias” según rezaba una placa de bronce bien pulido que resaltaba,  junto a la puerta de dos hojas. “El corazón se me va a desbocar”, vaticinó Trinidad. Una ola de calor interno le arrebolaba sus mejillas.
¡Cuánto tiempo hacía que no lo veía! (a Él)

Casi no tuvo memoria durante todos los años que pasó trabajando en los corrales, vendiendo chivos para el sustento y la inversión que debería afrontar más adelante. Pero ahora, en un lapso sin mensura, con la rapidez de pensamiento que el nerviosismo le provocaba, lo recordó: Buen mozo, con el pelo volando al viento, encima de ese caballito bayo que tanto le gustaba a ella, más cuando andaba desensillado, llegando a la humilde casita, enclavada propiamente al pie del cerro más alto del cordón montañoso, cuyas elevaciones se perdían entre las nubes. Se vio tomada del brazo de Él, saliendo de la capilla, con un vestido rosa, corto y sencillo, porque se casaba de apuro. “Si está de encargue m´hija no se vista de blanco” le había dicho su madre.
Y recordó que Él no quería tener a la descendencia que venía, menos casarse; pero, sus padres y los de ella lo habían  obligado. Y no era porque no la quisiese. Para entonces, Él se había enamorado de ella, pero le escapaba al casorio.
Trinidad, presa de su enamoramiento le había entregado su castidad, sin dudarlo. Pensó que Él le respondería bien, como todo un hombre. Pero sin embargo no fue así. A los cuatro meses de su embarazo tuvo que afrontar una pérdida muy fuerte y su legal esposo no estaba a su lado. Se ausentaba por días, con la excusa de tener que ocuparse del ganado de su padre. Después se enteraba que el jovencito, aunque bien casado, se emborrachaba con sus amigos en el boliche de San Javier. Se portó mal, muy mal, pensó Trinidad, atravesando junto a la Escribiente la gran puerta de madera oscura.

“Perdió el embarazo, no sos bienvenido en esta casa” le había dicho su padre cuando, a los quince días del percance, Él se dignó a conocer lo sucedido. Esa fue la última vez que Trinidad alcanzó a verlo desde la ventana de su habitación. Lo recordó, claro que lo recordó, en noches de lágrimas y soledad sin más compañía que la de la luna, cuando ovillada en su cama, abrazando su vientre, lo imaginaba jugando con su pelo, regalándole un durazno maduro de las plantas que cultivaba su madre. Luego, a medida que el tiempo transcurría, fue dejando de llorar.

En el interior de la sala, todo cambió. Se sintió más fuerte que nunca, con firmeza se dirigió hasta el escritorio frente al cual, Él estaba de espaldas. Una idea le había cruzado como un relámpago por su cabeza. La funcionaria, amable, la invitó a sentarse e inició la audiencia acompañada por otra empleada que escribía todo aquello que la Asesora le indicaba. Él quería disolver ese vínculo jurídico que los unía y esperaba hacerlo por el trámite más expeditivo y breve: El Divorcio por presentación conjunta o por mutuo acuerdo según explicó la Asesora, quien habló de sus bondades y lo aconsejó, ya que no habiendo hijos ni bienes, era lo más adecuado. Ella tenía que aceptar y nada más. Él correría con los gastos del juicio. Habría un solo abogado para ambas partes, cuyos honorarios también los soportaría Él, así, porque la Ley lo autorizaba.
Todo resultó más simple de lo imaginado. Cuando la audiencia o etapa previa a la iniciación del juicio de Divorcio, (según se tramita en la justicia cordobesa), terminó, ambos firmaron el acta, se llevaron una copia y tras el saludo de la Asesora de Familia, salieron al pasillo.
Trinidad sabía que éste era el comienzo y que más tarde tendría que enfrentarse nuevamente a Él, en la audiencia de Divorcio propiamente dicho ante la Cámara, según les había informado la Funcionaria, sin embargo no lo había mirado siquiera.
Él, quiso acercarse para decirle algo, presupuso ella, pero sus balbuceos quedaron flotando entre las paredes altas y los pisos brillantes. Casi corriendo salió del Palacio de Justicia y gastándose los pocos pesos que tenía encima, tomó un taxi hasta la Terminal de ómnibus. En ese momento sólo pensaba en llegar a Luyaba para darle un abrazo bien fuerte, a Luciano, su hijo querido.


2012
Corregido 2013



No te duermas sin un cuento. . .by Zuni Moreno. Con la tecnología de Blogger.

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La vida nos reúne en cualquier lugar y nos cuenta historias cotidianas.

Yo las he interpretado a través de los cuentos breves y los microrrelatos.

Y, a los sentimientos que fluyen de aquéllas, los he expresado en simples poemas.

Aquí, mi trabajo, para ustedes.

Zuni Moreno

Reconocimiento II


Todas las pinturas que acompañarán las entradas de "No te duermas sin un cuento", durante 2017 pertenecen a uno de los pintores argentinos más reconocido a nivel nacional e internacional, no sólo por la calidad de sus obras sino además por su particular temática: Benito Quinquela Martín (1890-1977)

Barcos de Quinquela Martín

Barcos de Quinquela Martín

De QM

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Reconocimiento I


Todas las pinturas que acompañan las entradas de "No te duermas sin un cuento" pertenecen a uno de los artistas rusos contemporáneos más admirado: Vladimir Volegov.

Este pintor nos acompañará durante el año 2016.

Mujeres de Volegov

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No te duermas. . .

Candela por la Paz

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Las fotografías que ilustran este Blog, son de mi cámara.

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Capturando la vida

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"He mirado las rosas y me he acordado de ti"

Juan Ramón Jiménez,

escritor y poeta español, (1881-1958)


Rosas, rosas

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Este Blog trae al lector también poemas y, como un árbol en flor, supone la siembra y anuncia la cosecha, mientras se deshoja la vida.

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Antigua como la humanidad misma, la Pintura, responde a un impulso innato en el hombre de comunicación.

Recogiendo los frutos

Recogiendo los frutos
Tres de mis poemas y un cuento obtuvieron el 17-11-2012, el 3er. Premio en el Concurso Internacional,"Elegidos 2012" organizado por El Instituto Cultural Latinoamericano, de Junín, Provincia de Buenos Aires, Argentina.

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