Sin soñar un Poema. Sin conocer un lugar. Sin admirar una pintura

Del Poema "Alma venturosa"

“Al promediar la tarde de aquel día,

cuando iba mi habitual adiós a darte,

fue una vaga congoja de dejarte

lo que me hizo saber que te quería.”

De Leopoldo Lugones (1874-1938)

Poeta argentino

Aviso de "Un Cambio"

A partir de 2017, los Microrrelatos o Mini cuentos dejarán de ser una expresión en este Blog y, junto con los poemas brevísimos, también hijos de mi pluma, formarán parte de otro proyecto. Espero poder concretarlo.

Como hojas al viento

Las entradas de este Blog se publican en 2017, cada martes a la medianoche, desde la República Argentina.

Coordenadas 31°4000S 64°2600O

sábado, abril 25, 2015

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Descriptiva del paisaje

La primera barda volcánica se extiende majestuosa en el extenso y perfecto horizonte. La ruta asfáltica parece treparla en el efecto que la distancia provoca y el cielo azul ostenta una claridad propia de una pincelada maestra del mejor pintor. La suave ondulación patagónica distrae la visión tan abarcativa a ambos lados de la ruta. Alguno que otro médano tapizado de una suave paja amarilla resulta agradable en la monotonía del camino. Los caldenes poco a poco desparecen y la carretera, con su interminable señal blanca en el medio, termina ocupando toda la atención. En este lugar, en pleno portal de la Patagonia argentina sin que ningún signo humano pueda desviar la observación por largos períodos, es necesario agudizar los sentidos durante el trayecto.
De vez en cuando un cartel pintado de verde resalta con sus letras claras kilómetros interminables por recorrer. Y cuando la soledad se esfuma tras dos o tres vehículos que viajan en convoy, todo vuelve a la normalidad. Entonces, una inusitada alegría se apodera del viajero de la mano del espejismo de una inmensa laguna blanca que brilla con el sol. El acercamiento del desplazarse demuestra, esta vez, que el agua se ha esfumado y que el blanco de la sal se apodera del paisaje. Es enero y todo tiene otro color aún en esta región reverdecida por una escasa, pero benefactora lluvia.
Una inimaginable curva de la ruta, luego de tanta rectitud, promueve una leve zozobra. Ningún cartel señala una rastrillada, pero seguro la tierra tiene su memoria y sabe que por estos lares, sus amos y señores de antaño, las marcaron cabalgando a pelo, en magníficos malones que el hombre blanco no supo o no pudo comprender.
Los ojos traicionan y se entrecierran, el sobresalto sucede y el río Colorado, turbulento después de la crecida que revuelve su lecho bermejo, está cada vez más cerca.


2015

domingo, abril 19, 2015

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Una realidad latinoamericana*

Natalia Hochea. Se hizo un análisis de ADN que determinó que tiene linaje comechingón por la parte materna. Trabaja para visibilizar y recuperar lo indígena (La Voz).



19 de abril: Día del aborigen americano establecido en Argentina en 1945



Desde el filo de un cerro, - en el cordón de las Sierras Chicas de Córdoba de la Nueva Andalucía, como la llamara al fundarla en 1573, aquel andaluz nacido en Sevilla, generoso y pacífico, Don Jerónimo Luis de Cabrera - un aborigen moreno, de mediana estatura, vistiendo una especie de camiseta larga y rústica había divisado a la mujer lavando unas ropas en el estrecho arroyo. La vegetación enmarañada, propia de los valles cordobeses, sería testigo de una de las tantas historias que comenzaron a repetirse entre los pobladores naturales de estas tierras y los colonizadores, algunos, y conquistadores otros, que llegaron desde Europa.
Todas las mañanas a la misma hora, él la contemplaba con su ojo avezado sin ser visto. Ella canturreaba en español. El nativo de barba oscura, rasgo típico de esta etnia, no alcanzaba a escucharla y de hacerlo no le entendería.
De tanta observación, llegó el día en que decidió bajar del cerro abriéndose paso entre los arbustos como un puma silencioso. Logró acercarse hasta la joven, y tácitamente la acosó desde la otra orilla del cauce angosto y cristalino.
Arriba, un cielo azul-celeste límpido donde brillaba el sol.
Abajo, una historia por iniciarse.
Siete soles habían nacido y otros siete hubieron de morir detrás de los cerros cordobeses, desde el avistaje de la mujer de pelo negro ensortijado. Para entonces, la osadía del comechingón,  apoyada en la calma de esa mujer distinta, iba en aumento.
Su piel, sus caderas redondeadas y sus pechos blancos apareciendo en el profundo escote, el que admiraba aún más, cuando ella se agachaba a meter y sacar la ropa  varias veces del agua, enardecían su sexo.
Otra semana tardó el comechingón en pisar la ansiada orilla más por indecisión que por distancia. Hacía días que rodeaba el cerro y venía por la quebrada, asegurándose de estar antes que la mujer blanca. Parado,  al descubierto, seguro, esperó casi todo el día y terminó marchándose al anochecer loco de furia.  Ella no llegó.
La vigilancia desde el llano continuó a pesar de la ausencia. A la tercera jornada, el hombre cruzó a la otra orilla del arroyo y se quedó agazapado tras un cúmulo de arbustos bajos que no superaban el metro de altura, una mixtura de carquejilla, peperina y algún piquillín joven.

Esa vez, la mujer blanca volvió con su cesta desbordante de  ropa para lavar y, conocedora del lugar palmo a palmo, lo presintió. Siguió su camino hasta el cauce de agua como si nada pasara y se dispuso a cumplir con su misión. No terminaba aún, cuando un movimiento brusco que agitó su alrededor, la sobresaltó. De repente, se sintió elevada por los aires en brazos de un ágil corredor que la condujo a la orilla de enfrente para internarse en la quebrada hasta una especie de gruta cavada en la piedra. Micaela no podía articular palabra ya que una mano fuerte le tapaba la boca. Bien sabía que los indios de la zona no cabalgaban aún y que el caballo no era conocido en estas nuevas tierras sino que había sido traído por los españoles con fines de colonización y sólo ellos los usaban.
Sus ojos negros parpadeaban incesantemente viendo traspasar matorrales, espinillos y plantas desconocidas, que parecían esfumarse en la carrera pedestre.
En la cueva, el comechingón agitado y sudoroso la acostó sobre la tierra limpia de piedras y yuyos, arrodillado a su frente se quedó mirándola. Ella no se resistió,  pero sin embargo se incorporó y valientemente le clavó sus ojos en los de él, los que para su sorpresa no inspiraban miedo. Observó su vincha tejida en lana de colores vivos y sus adornos en brazos y cuello hechos con tiras de cuero de guanaco. Una sensación agradable la recorrió. Él,  le rozó la cara y le tocó el pelo, luego la olió. Micaela siempre había escuchado a su padre defender a los pobladores de estas lejanías australes, por lo que había ganado la confianza de muchos de ellos. Le había enseñado a no temerles.
La barba negra del nativo le recordaba a su primo Miguel,  ése que vivía lejos de Córdoba, en la pampa húmeda, allá en Santa Fe de la Veracruz. Micaela hizo lo mismo que su raptor: le tocó la tez, luego su cabeza y por último, lo olió. Fue suficiente. Él la empujó hacia la tierra oscura y la poseyó sin resistencia.
Mutuamente aprendieron algunas palabras de sus respectivas lenguas y poco a poco comenzaron a comunicarse.  La gruta en el cerro, se convirtió en el hogar que no tenían.
Don Ismael Alcántara Sorallo, el padre de Micaela, fue el único que conoció el romance. Una tarde, su hija volvió del cerro vistiendo  una falda larga tejida y una camiseta corta adornada con laminillas de caracol de tierra. Salvador, como habían bautizado en secreto al comechingón, le había regalado el atuendo. Otro día, la joven llegó adornada con pulseras de semillas.   Su peinado partía el pelo al medio y se recogía con una trenza.
El viejo sevillano meneó su cabeza sin que su hija lo viera y supo que desde ese día la había perdido para siempre. Se consoló pensando que prefería la nobleza de Salvador a la avaricia de Miguel, ese pariente que pretendía a Micaela.


Meses más tarde, nacía Encarnación, mestiza, fruto de la unión de dos razas,  dos mundos, un amor.

2013


*Natalia Hochea, la joven de la fotografía, se hizo un análisis de ADN que determinó que tiene linaje comechingón por la parte materna. Trabaja para visibilizar y recuperar lo indígena (La Voz.com.ar)

http://www.lavoz.com.ar/ciudadanos/los-cordobeses-tenemos-algo-de-indios



sábado, abril 11, 2015

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Ilusionada con visitar a su tía Manuela, en San Miguel de Tucumán,  después de tantos años, recordó los veranos de su adolescencia cuando con su prima Esther iban a pasar unas semanas con la pariente tucumana y no solamente porque hacía las empanadas más exquisitas, sino porque era todo un personaje: las hacía reír con sus chistes, les guitarreaba zambas por las noches, les contaba anécdotas de la Historia tucumana, como ésa, de cuando el Gral. Manuel Belgrano combatió en 1812 contra el ejército realista comandado por el Gral. Pío Tristán en  Campo de Las Carreras y, luego de la victoria de los criollos le adjudicó el triunfo a la Virgen de la Merced, otorgándole el bastón de mando, que actualmente conserva, y el título de Generala del Ejército del Norte; pero por sobre todas las cosas porque les daba permiso para ir a la Confitería próxima a la plaza, cosa que no harían solas en Buenos Aires.
Debería llegar antes del 24 de septiembre, porque en esa fecha se celebra el día de la Virgen de la Merced, patrona de la ciudad, de quien, su anciana tía era devota. Clara hizo todos los arreglos posibles, organizando trabajo, esposo e hijos, casi todos grandecitos, o terminando la secundaria o ya en la Universidad, amén de haber invitado a su prima e insistido para que la acompañase.
Al fin, partió sola, rumbo al Jardín de la República, como llaman a la capital de la provincia norteña.
En Rosario, el pasaje se completó y mientras transcurría el tiempo de espera en esa parada, unos arpegios arrancados a una guitarra criolla hicieron recordar a la mujer, su obsesión juvenil por aprender a tocar el instrumento sin haberlo logrado, pero sí disfrutado, no sólo con la tía Manuela sino en el campo, cuando ella la llevaba a las guitarreadas en casa de unos parientes de su difunto esposo (la tía había enviudado muy joven) en ese pueblito cercano donde se cultivaban naranjas y limones y todo olía a azahares.
Ahora, el destino la ponía a prueba. Uno de los pasajeros que subió en la ciudad de la bandera, porque precisamente allí, en Rosario, provincia de Santa Fe, nuevamente Manuel Belgrano, inspirándose en los colores del cielo, la creó, el 27 de febrero de 1812, y la hizo jurar por sus soldados por primera vez, se sentó a su lado, en la butaca desocupada, portando un estuche de guitarra. Luego de intercambiar un saludo cordial, inexplicablemente, se generó entre ellos un feed-back abrumador, quizás en virtud del común gusto por las cuerdas. La charla fue amena y el viaje, corto, a pesar de la distancia que el bus recorriera. Quedaron en encontrarse. Lo hicieron tres veces, en una visita guiada a la Casa histórica, donde se juró la independencia de nuestro país el 9 de julio de 1816, y en un bar cercano a la casa de la tía Manuela.
El compañero de asiento resultó ser un apasionado de la guitarra y la fotografía, dos temas que a Clara le encantaban.
La tía, ya con pocas fuerzas para caminar y estar parada, no pudo acompañar a su sobrina en su tercera salida al centro de la ciudad, esta vez para comprar unos regalos.
A su regreso, Doña Manuela alertó a Clara sobre su nerviosismo y su mirada triste, adjudicándolos a que ya comenzaba a extrañar a su familia; pero la sobrina, restó importancia al comentario de su tía.
Hubo una cuarta invitación, después del tercer encuentro, ése que nubló de tristeza los ojos negros de Clara. Nada podía reprochar al profesor de guitarra que había conocido, al contrario, a su lado había gozado de la música y de su charla, de la toma de muchas fotografías que hicieron juntos, de plazas y paseos de la ciudad, de la bella casa de gobierno y de las salas de la casa histórica. Sin embargo, no aceptó de lleno asistir al encuentro, dejó abierta la probabilidad de no ir y con el alma oprimida se fue a dormir.
En plena madrugada la despertó su celular. Pensó con desesperación  en sus hijos. Pero no eran ellos, tampoco su esposo, siempre ocupado y con compromisos impostergables. No lo atendió, era Máximo, el amante de la guitarra que a ella tanto le hubiese gustado arrancar unos acordes.
Cuando despertó, después de un sueño confuso y cansador, recién amanecía. Seguramente la tía Manuela ya estaría levantada. Miró su Nokia de reojo y vio el signo de un mensaje. Sabía que si lo leía se le rompería el corazón.
Lo leyó, se quedó abstraída, quieta, mirando la nada. Una lágrima silenciosa rodó por su mejilla.
Olió los tempranos jazmines que su tía le había llevado a su habitación y marchó rumbo a la cocina.
Muy a su pesar, debería regresar a Buenos Aires, ese mismo día.
Él la esperaría en vano en el jardín de lo imposible, y recordaría los inolvidables ojos de esa mujer a quien, nunca volvería a encontrar.

2015


domingo, abril 05, 2015

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Hoy es domingo de luna llena

¡Buenas noches!

Silvestre

Ella hubiese querido no ver lo que vio. Tal vez si no se hubiera quedado hasta tan tarde en la oficina, trabajando extra, no lamentaría ser testigo de tamaña escena. Le gustaban las escaleras para llegar más rápido  a la planta baja y a su favor, siempre estaban bien iluminadas, salvo esa tarde de invierno, en la que el frío acuciaba y el silencio hablaba de gente junto a hogares encendidos. Entre las tinieblas de los últimos peldaños, divisó la mano de un hombre, grande, ancha, la que con fuerza inusitada descargó un machete sobre la cabeza de la desgraciada. La sangre saltó a borbotones y Ella gritó. Su expresión de horror plasmada en el alarido sobresaltó al asesino, quien mirándola desafiante, escondió el arma. La mujer nunca imaginaría que Silvestre, el portero del edificio,  fuera tan cruel y,  menos que matara a las ratas de esa forma. . .

2014

¡Dulces sueños!

sábado, abril 04, 2015

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Descriptiva del paisaje

Llovía en el campo entrerriano.
Lo atravesaba la cinta de asfalto que serpenteaba ufana de tanto tránsito. Camiones, camionetas, automóviles en larga fila, esquivándose en la brumosa carretera.
El gris pintaba el cielo inmenso en la llanura y el aroma a tierra mojada llenaba el aire.
Algunas nubes blancas y gordas se recostaban en el horizonte limítrofe y los postes de energía escoltaban el camino saliendo de Nogoyá, la ciudad de la plaza linda.
De repente, el pavimento parecía terminar en el filo de una lomada, pero pronto retomaba en pendiente hasta la próxima gradiente.
Las luces de los camiones se filtraban tras la lluvia sostenida y en alguna curva se enfrentaban con el monte. Más allá, el campo a la vera de la ruta, se vestía de distintos verdes. Las palmeras, muy altas, coqueteaban con los pinos y algunos sauces en suave ondulación. Algún marrón entrecortado anunciaba la tierra arada esperando la simiente, al amparo del agua bendita que la tormenta le había traído.
La carretera brillaba y sus señales, no podían obviarse. La doble raya amarilla obligaba a mantenerse del lado derecho, y a circular con mucha precaución, mientras, las finas gotas de agua resbalaban sobre el parabrisas. A la izquierda, los gigantes esbeltos enlazaban los tres fuertes cables que conducían la energía y con ella, el progreso.
El aguacero persistente demoraba la llegada a destino. Al fondo, las luces encendidas de los coches formaban un caprichoso collar vespertino en un giro inesperado de la ruta.
Las descargas eléctricas que se desplomaban sobre el campo ya oscuro, y el rugir de los truenos en lógica consecuencia, llevaban zozobra a la gente que, a su merced, avanzaba en sus vehículos para librarse cuanto antes del meteoro y sus efectos.
Las nubes frondosas, semejando monstruos mitológicos, se dejaban ver tímidamente cuando la luz de los rayos las iluminaba por instantes, y, la lluvia tupida parecía interminable.
En un atardecer tormentoso de octubre, la ruta asfáltica entrerriana fue la primera actriz.

2015


No te duermas sin un cuento. . .by Zuni Moreno. Con la tecnología de Blogger.

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La vida nos reúne en cualquier lugar y nos cuenta historias cotidianas.

Yo las he interpretado a través de los cuentos breves y los microrrelatos.

Y, a los sentimientos que fluyen de aquéllas, los he expresado en simples poemas.

Aquí, mi trabajo, para ustedes.

Zuni Moreno

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Todas las pinturas que acompañarán las entradas de "No te duermas sin un cuento", durante 2017 pertenecen a uno de los pintores argentinos más reconocido a nivel nacional e internacional, no sólo por la calidad de sus obras sino además por su particular temática: Benito Quinquela Martín (1890-1977)

Barcos de Quinquela Martín

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Todas las pinturas que acompañan las entradas de "No te duermas sin un cuento" pertenecen a uno de los artistas rusos contemporáneos más admirado: Vladimir Volegov.

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Mujeres de Volegov

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Capturando la vida

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Recogiendo los frutos

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Tres de mis poemas y un cuento obtuvieron el 17-11-2012, el 3er. Premio en el Concurso Internacional,"Elegidos 2012" organizado por El Instituto Cultural Latinoamericano, de Junín, Provincia de Buenos Aires, Argentina.

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