Sin soñar un Poema. Sin conocer un lugar. Sin admirar una pintura

Del Poema "Alma venturosa"

“Al promediar la tarde de aquel día,

cuando iba mi habitual adiós a darte,

fue una vaga congoja de dejarte

lo que me hizo saber que te quería.”

De Leopoldo Lugones (1874-1938)

Poeta argentino

Aviso de "Un Cambio"

A partir de 2017, los Microrrelatos o Mini cuentos dejarán de ser una expresión en este Blog y, junto con los poemas brevísimos, también hijos de mi pluma, formarán parte de otro proyecto. Espero poder concretarlo.

Como hojas al viento

Las entradas de este Blog se publican en 2017, cada martes a la medianoche, desde la República Argentina.

Coordenadas 31°4000S 64°2600O

sábado, febrero 28, 2015

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En el fin del mundo hace frío, aunque con el cambio climático y estando en otoño se soporta maravillosamente. Una bahía azul, un cielo casi siempre gris, un canal dónde por suerte se reproducen las centollas, bellas, rosadas, exquisitas. Más al Sur todavía, los hielos eternos de la Antártida, en donde todo luce blanco. Estaba sola en la admiración del fin del Mundo.
Caminando por la larga y céntrica calle San Martín de Ushuaia,  una mixtura de gentes por momentos te trasladan al bullanguero Río do Janeiro, o a la populosa Buenos Aires,  y por otros, ni que estuvieras en un tour por Europa. Entre ellos estabas tú, pero no te percibí. El chocolate es bueno, los bombones, la pastelería, una delicia; la merluza negra, única y, el cordero patagónico, un deleite. En el Bar Ideal  se escriben historias de amor al conjuro de una espumosa cerveza. Allí nos miramos desde mesa a mesa.
¡Cómo iba a adivinar Yo, que dónde el planeta dice basta, te encontraría!


Versión 2015


miércoles, febrero 25, 2015

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La apretó muy cerca de él, como el tango dulzón y nostálgico lo indicaba. En el pasional encuentro de sus piernas y brazos, las palabras se esfumaron y la cadencia del dos por cuatro, encendió la llama del percal arremolinado en una cama de Lugano. La radio de la mañana sonaba y sonaba, alardeando noticias de toda índole. La botella que rodó en el viejo piso entablonado, lo trajo a la realidad. La noche anterior se había llevado su último tango.


2012


sábado, febrero 21, 2015

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Estaba ahí. Lo sentía. Sentía su aguda y tierna mirada sobre mi espalda. El salón, como siempre, estaba en penumbras, especialmente producido para encuentros de amor. Por esa razón había concurrido tantas noches en su busca, y lo seguiría haciendo de no ser porque la ausencia, aquí o allá, duele lo mismo.
Luego de beber una copa, seguía la misma rutina: me daba vueltas, husmeando hacia atrás, y  la densa soledad del lugar a pesar de la gente que pululaba en él, terminaba por abrumarme y me marchaba. Ofrecían acompañarme, pero yo no aceptaba.
Al otro día regresaba enfundada en el deseo de sentirlo tras de mí, mirándome, cuidándome, como si con eso pudiera resucitarlo.
Hoy lo pensé mejor,  el recuerdo y el sentimiento, se llevan acurrucados en lo profundo del alma.
No regresaré al Bar de nuestros encuentros.

2011

Corregido 2014


miércoles, febrero 18, 2015

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Cuando “Los Iracundos”, ese conjunto uruguayo de música pop de los años sesenta, cantaba su tema, Puerto Montt, yo me propuse conocer ese lugar. Primero tuve que aprender que se trataba de una ciudad chilena, ubicada en el extremo continental de Chile. Luego, de muchos andares, llegué hasta ese lugar: Hermosa y colorida ciudad con su movido puerto en aguas del Océano Pacífico, sus casitas de madera, pintadas de distintos colores y sin muchos edificios modernos. Recostada sobre la bahía azul del mar  chileno y ostensiblemente semejante con algunos sectores de Valparaíso, por sus cerros edificados y sus calles en ascenso tras cerradas curvas o, el  interminable descenso de las mismas hacia el mar; pero con una “magia” diferente, se me presentaba la ciudad de mis anhelos juveniles. A la vuelta de los años, pensé que en ella podría encontrarme con algunos ojos seductores y quién sabe, hasta lograr un romance. Al fin de cuentas, no había ligazones en mi vida y no perdía la esperanza de encontrar un amor maduro y tranquilo para compartir los últimos años de mi vida. Sin embargo, Puerto Montt no había reservado a nadie para mí. Eso sí, disfruté de su costanera, de su exquisita repostería con antecedentes alemanes,  y saturé mi apetito de salmón rosado, ése que vive en las costas de la isla de Chiloé, cuya carne es casi roja y muy sabrosa.
No me animé al curanto de mariscos y longanizas, y casi pruebo la cazuela de luche, luego de haberme entregado, sin arrepentimiento alguno, al cancato de pescado. También, disfruté de sus magníficas vistas panorámicas desde sus miradores en lo alto de los cerros. Caminé por sus calles con nombre de Almirantes y Capitanes y leí una novela de la escritora chilena Isabel Allende en mis descansos en el hotelito donde me alojé, irremediablemente sola.  Sin embargo, cuando me marchaba de ese acogedor lugar para emprender mi regreso, con mis maletas a cuestas, tropecé con un hombrecito, más bajo que yo, pero apuesto, con un agradable aspecto y unos bonitos ojos claros indefinidos, que asomaron con asombro tras sus gafas. La embestida provocó la caída y consecuente desparramo de las carpetas de archivo que llevaba bajo su brazo, más todo aquello que uno puede suponer se lleva en la cartera o bolsa mal cerrada de una mujer. Apurada, recogiendo todo de prisa, terminé pidiéndole mil disculpas y ascendí al taxi que habría de llevarme al aeropuerto.  El hombre se me quedó mirando con una sonrisa afable dibujada en su rostro y hasta alzó su mano en señal de saludo. Avergonzada, le respondí de igual forma.
Ya de regreso, refugiada en mi confortable departamento, comencé la tarea de acomodar todo el contenido de las maletas y cartera. Junto con los cosméticos apareció una tarjeta minúscula con el nombre, cargo y profesión de una persona. Llevaba doble apellido. “Deber ser chileno”, pensé, porque ellos usan los dos apellidos, el paterno y el materno. En la tarea organizativa de pequeños objetos, descubrí que me faltaba una ovejita blanca, la que a manera de souvenir, me había regalado el conserje del hotel, en mi despedida.

Pasó algún tiempo y, cuando el recuerdo de Puerto Montt aún me arrancaba una débil sonrisa, grande fue mi estupor al recibir una desacostumbrada llamada de larga distancia. Era de un señor con doble apellido que ofrecía devolverme una ovejita de lana.


2014



sábado, febrero 14, 2015

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Aquel sendero de arena conducía hasta la gruesa fila de eucaliptos para dar paso a los  pinos, bajo cuyo follaje, la frescura reinaba. Antes de llegar a la playa había que recorrer unos quinientos metros de bosque en línea recta. Entonces, podía verse el mar azul hacia el cual, la joven marchaba apurada, esa tarde sin la compañía de sus hermanas y primos a quienes iba a alcanzar para darles una sorpresa.
Se habían despedido en la casa. Jennifer iba a un pueblo cercano donde estaba vacacionando una ex compañera de estudio para pasar unos días con ella. Luego de la decisión, cambió de improviso, el día de partida.
En el trayecto buscó acortar camino tomando un sendero hecho por el paso de caballos, seguramente los que se alquilaban en la playa. Acalorada por el ritmo de su andar, buscó quitarse la camisa con la que se protegía del calor de la siesta y en un instante se vio sobre el suelo, de bruces. Había trastabillado al llevarse por delante la raíz saliente de una enredadera que trepaba por el tronco de un árbol. No pudo levantarse, el dolor la unía con la tierra húmeda. Tampoco supo cuánto tiempo pasó. La luz del sol cada vez más tenue se colaba entre las hojas. Sus pensamientos de esperanza se desvanecían y cobraban presencia los más oscuros.
  
Rompió en llanto. Esa queja llorosa lanzada sin tapujos al aire, que delataba desesperación alertó a alguien que pasaba no muy lejos de allí.
El joven no era un conocedor de la zona, peor aún, ostentaba desde su forma de vestir y accesorios portados, la categoría de turista.
La noche en ciernes no permitió a Jennifer descubrir la barba colorada, del muchacho con aspecto de extranjero, quien a pasos largos surgió desde los esbeltos y verdes ejemplares.

Cuando quiso auxiliarla tratando de erguirla, el grito de dolor de la joven lo asustó. Su pie continuaba enredado en la raíz. Con delicadeza, luego de cortar la traba de dura corteza, logró liberarla e incorporarla apoyándola en su mochila. Era evidente que Jennifer no podría caminar. Sin palabras, le dio un analgésico que sacó del bolsillo de su camisa y la cobijó con una manta, ésa que llevan los mochileros, enrollada y sujeta a su equipaje.
La luna, curiosa se asomaba entre los árboles. Era imposible marchar de noche. El último analgésico de Fran había cumplido su ciclo y el dolor volvía. Atinó a darle un trago de la poca bebida alcohólica que llevaba y la acurrucó contra él. La muchacha se durmió. Al cabo de un buen rato, él también.
  
La mañana los descubrió  con sus primeros brillos. Todo fue más fácil a la luz del sol. Tuvo que alzarla y llevarla entre sus brazos hasta la ruta, abandonando sus pertenencias.  Mientras caminaba sin hablar, ella, con la débil conciencia de que disponía, pudo sentir el palpitar apurado del corazón del muchacho. A su compás, fue cerrando sus ojos. Cuando volvió a abrirlos, el techo blanco de la sala del hospital la desorientó. Sentado a su lado, el pelirrojo de Fran, la miraba enternecido. El encuentro de ambos, en tan inesperadas circunstancias, había signado sus destinos. Sin siquiera sospecharlo, ambos habían resultado presos de la magia del bosque y el amor dejaría caer su semilla en sus corazones. De ahora en más, no habrían de separarse nunca.


2015


miércoles, febrero 11, 2015

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Dirigía la orquesta con inusual maestría. Verlo de espaldas, semejaba a un ave en posición de remontar vuelo. Supuse alas en sus brazos, mientras su batuta mágica despertaba la novena sinfonía de Beethoven.
Escuchar esa música arrancaba emociones latentes en el auditorio. Mi alma danzaba liberada y trepaba hasta el escenario, vibrando junto con las notas musicales que inundaban, luminosas, el entorno de los instrumentos formando un arco iris musical, al que veía sin ver. Mi rango en la familia me había hecho partícipe de los beneficios que otorgaba esa pertenencia y desde la primera fila seguí el espectáculo tal como si me desplazara en una nube melodiosa. El último acorde, síntesis perfecta del autor, marcó el final de la actuación y de mi embrujo. Un bullicioso aplauso general estalló en el teatrino. Me acerqué lentamente, apoyada en mis muletas, convertidas en parte de mi pobre cuerpo. Me acerqué lo que más pude al escenario y le entregué la rosa que había llevado para él. Como siempre, se acercó gentilmente para tomarla y agradeció con una mueca, parecida a la sonrisa de los que no sonríen nunca. Una vez más me topaba con esos increíbles ojos celestes. Fue suficiente. Mi ego estaba satisfecho. Ésta, como las veces anteriores y seguramente las que sucederían me contarían la misma historia.

2011 


sábado, febrero 07, 2015

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Si no fueras tan esquivo, te encontrarías con mis ojos y entonces recordarías que de niños jugábamos juntos, en la placita de la estación del ferrocarril.
Si sólo me miraras, revivirías el primer beso infantil y ya te quedarías tranquilo con tu mujer y tus hijos, que yo no quiero nada de ti, sólo saber que te acuerdas.

Si me recordaras, yo estaría también tranquila y marcharía al lado de mi esposo y de mis pequeñas con una sonrisa en los labios. Solamente, eso.

2011


No te duermas sin un cuento. . .by Zuni Moreno. Con la tecnología de Blogger.

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Mi Propósito


La vida nos reúne en cualquier lugar y nos cuenta historias cotidianas.

Yo las he interpretado a través de los cuentos breves y los microrrelatos.

Y, a los sentimientos que fluyen de aquéllas, los he expresado en simples poemas.

Aquí, mi trabajo, para ustedes.

Zuni Moreno

Reconocimiento II


Todas las pinturas que acompañarán las entradas de "No te duermas sin un cuento", durante 2017 pertenecen a uno de los pintores argentinos más reconocido a nivel nacional e internacional, no sólo por la calidad de sus obras sino además por su particular temática: Benito Quinquela Martín (1890-1977)

Barcos de Quinquela Martín

Barcos de Quinquela Martín

De QM

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Reconocimiento I


Todas las pinturas que acompañan las entradas de "No te duermas sin un cuento" pertenecen a uno de los artistas rusos contemporáneos más admirado: Vladimir Volegov.

Este pintor nos acompañará durante el año 2016.

Mujeres de Volegov

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No te duermas. . .

Candela por la Paz

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Quien escribe

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Las fotografías que ilustran este Blog, son de mi cámara.

Los cuentos y poemas, de mi pluma.


Capturando la vida

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"He mirado las rosas y me he acordado de ti"

Juan Ramón Jiménez,

escritor y poeta español, (1881-1958)


Rosas, rosas

Rosas, rosas
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Poemas en flor


Este Blog trae al lector también poemas y, como un árbol en flor, supone la siembra y anuncia la cosecha, mientras se deshoja la vida.

Escribiendo con el pensamiento desde el alma

Pintando la vida

Antigua como la humanidad misma, la Pintura, responde a un impulso innato en el hombre de comunicación.

Recogiendo los frutos

Recogiendo los frutos
Tres de mis poemas y un cuento obtuvieron el 17-11-2012, el 3er. Premio en el Concurso Internacional,"Elegidos 2012" organizado por El Instituto Cultural Latinoamericano, de Junín, Provincia de Buenos Aires, Argentina.

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