Sin soñar un Poema. Sin conocer un lugar. Sin admirar una pintura

Del Poema "Alma venturosa"

“Al promediar la tarde de aquel día,

cuando iba mi habitual adiós a darte,

fue una vaga congoja de dejarte

lo que me hizo saber que te quería.”

De Leopoldo Lugones (1874-1938)

Poeta argentino

Aviso de "Un Cambio"

A partir de 2017, los Microrrelatos o Mini cuentos dejarán de ser una expresión en este Blog y, junto con los poemas brevísimos, también hijos de mi pluma, formarán parte de otro proyecto. Espero poder concretarlo.

Como hojas al viento

Las entradas de este Blog se publican en 2017, cada martes a la medianoche, desde la República Argentina.

Coordenadas 31°4000S 64°2600O

viernes, mayo 30, 2014

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Hoy 30 de mayo, asistí a una despedida, la más dolorosa en la vida. Ésa, en que la persona que parte, se lleva algo de uno, pero al mismo tiempo te deja mucho. La ley que nos gobierna desde que nacemos es inexorable. Nuestra mente lo reconoce y acepta, pero el corazón llora. 



Rogier van der Weyden, (1400-1464-Bélgica), fue el pintor más célebre e influyente de la escuela flamenca en el período gótico. También se le conoce como Roger de la Pasture o Rogier du Pasture.
A su obra, "Descendimiento de la cruz", de 1436, que se conserva actualmente en el Museo del Prado, Madrid, España, pertenece está lágrima. 

Zunilda Moreno

sábado, mayo 24, 2014

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25 de Mayo y San Martín: Esquina estratégica con aires históricos, en cualquier pueblo o ciudad de mi país. Las esquinas son románticas, misteriosas, puntuales. En ellas, se  conjuran amores, irrumpen señuelos, se pactan citas, se lloran olvidos, se desandan caminos. Hoy, estoy en un Bar fueguino de altas vidrieras y mesas oscuras con aroma a chocolate caliente. Su nombre, evoca el cordón montañoso que nos separa y nos une como al cóndor del valle. Y, mientras de fondo suena alguna música, miro tras los vidrios congelados y se me rompe el corazón porque sé que Tú, no llegarás.

2013

sábado, mayo 17, 2014

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En un minúsculo baño de un restaurante de medio pelo, en Valparaíso, cuyo muro no dividía totalmente entre el destinado a las damas y el propio de los caballeros, ya que no llegaba hasta el techo, pude escuchar una voz varonil que canturreaba: “Dame fuego, dame, dame, fuego, dame el fuego de tu amor”. Inmediatamente mi corazón se aceleró y reconocí el tema: Era de Sandro, Sandro de América, como se lo llamaba al afamado cantante argentino, recientemente fallecido por una larga dolencia que tenía mucho que ver con su obstinado vicio de fumar. Terminé de arreglarme, apurada, poniéndome un poco de brillo en los labios y salí presurosa en busca de mi mesa. Durante el almuerzo traté de reconocer a la persona que cantaba, pero muchos estaban de espaldas a mí, asimismo el lugar estaba repleto de gente, hombre solos, mujeres solas, parejas, turistas jóvenes y maduros, todos tras el precio económico que ofertaba el bodegón y la deliciosa comida que se publicaba en una pizarra expuesta en la vereda: Una entrada de jaiba con palta o guacamole, un caldillo de mariscos y un congrio frito con “agregado” como dicen los chilenos y que casi siempre es arroz blanco. También había gente vestida de oficinista que aprovechaba la hora del refrigerio para venir a comer y distenderse un rato. Comí poco, me puse indescriptiblemente nerviosa. Mis pensamientos retrocedieron años, a velocidad de la luz, depositando mi mente en etapas del pasado, ya casi olvidadas. Pero, recordé: Aquél año, (1972) después de mucho esfuerzo había logrado juntar la cantidad necesaria para costearme el viaje a Buenos Aires y la entrada al primer Recital de Sandro en el Luna Park, el famoso Stadium de espectáculos ubicado en el micro-centro porteño, donde nunca antes había cantado un artista argentino. Había ido con dos amigas, a pesar que eran más rockeras que melódicas. Mientras esperábamos el inicio de la función, escuchamos y observamos un grupo de jóvenes que hablaban con tonada parecida a la mendocina, pero sin ser el mismo acento. Eran cuatro muchachos, todos bullangueros y con largas patillas, como la moda de la época imponía; sus camisas eran de cuello en punta, algunas sobrias, otras estridentes y sus pantalones bastante ajustados al estilo del Divo que veríamos esa noche. El espectáculo estaba por comenzar. Junto a mi butaca se sentó uno, ya calificado como el más guapo de los turistas. Noté, de reojo que me miraba, también de reojo. Era tal la expectativa que no podía distinguir si la emoción caliente que me apretaba la garganta, provenía del extraño fan de Sandro o de la presentación de éste mismo. Él inició la conversación a la que no pude resistirme. Resultamos ser ambos, fanáticos del artista. Una de mis amigas nos llamo a la reflexión porque la ovación del auditorio, anunciaba la llegada al escenario del sensual cantante, calzando unos pantalones de cuero negro extremadamente ajustados, una chaqueta corta también de cuero, luciendo sus largas patillas, su nariz perfecta y sus terriblemente atrapadores ojos negros.

***                                      
Mientras pagaba la cuenta de la comida, apurada, recordé: En aquél momento, el ambiente se embriagó de romanticismo y los espíritus se unieron, no hubo una mente en cada uno, sino que podía sentir, sin ver, una enorme nube transparente que presentía, soberana, sobre todos los espectadores, conteniendo nuestras sensaciones y emociones. Una psiquis única, grupal, dominante, que nos cobijaba a todos. Mi compañero chileno, del que para entonces, ya conocía parte de su vida, sabía la letra de todas las canciones y las cantaba, mirándome con tal ternura que parecía dedicármelas. Así nació una atracción fulminante, que se transformó, luego, en una necesidad de no separarnos. A la salida del espectáculo que fue un suceso total, los siete, mis dos amigas y yo, junto con los turistas chilenos, salimos a comer algo, buscando un lugar acogedor por esas callecitas de Buenos Aires. Amanecimos en la costanera mirando brillar las oscuras aguas del Río de la Plata con la salida del sol en su horizonte.

 ***                                     
Mientras caminaba hasta la pintoresca calle Condell para tomar el minibús que me llevaría de regreso al apartamento de una habitación, me preguntaba:
“¿Cómo puede cambiar la historia de las personas en un segundo?” A partir del momento en que crucé la primera mirada con ese chileno arrollador no hice otra cosa que pensar en él.  Me quedé un día más en la gran Capital, sólo para estar con él.  Ya cada uno en su lugar, si escuchaba los discos de Sandro, todos sus temas me lo recordaban a él.  Lisa y llanamente: Nos enamoramos. No podíamos separarnos y tuvimos que hacerlo, en la mejor edad.
Nos escribimos durante dos años. Eran tiempos en los que no cualquiera viajaba al exterior a menos que el Gobierno de entonces, de uno u otro lado de la Cordillera, nos exiliaran. Así, el tiempo que todo lo puede, fue debilitando una relación esencialmente epistolar. Aquél amor de juventud quedó guardado en un rincón del corazón para siempre. Las cartas se espaciaron. Aníbal tuvo que cambiar de residencia por su trabajo.
Yo encaminé mi vida hacia el estudio. Sandro, siguió su camino y sus canciones no dejaron de recordarme el embrujo de aquélla noche de verano del 72.
                                            
 ***
Ahora, mientras esperaba en la parada de la sinuosa calle comercial de Valparaíso, sentía una opresión en mi pecho. No era para menos. Al recordar aquel fugaz pero verdadero romance, no pude dejar de pensar en mi matrimonio que expirara desafortunadamente después de 15 años, sin sospechar que ello ocurriría a petición de mi gentil esposo. Tampoco ignoré los dos hijos que tuve, hoy ya casados y con su vida propia. Y al mismo tiempo desfilaron en la sinopsis del recuerdo, los cinco novios, parejas, amantes o como se les llame, que no lograron anclarme en un nuevo hogar. Mi mundo fue siempre el de mis hijos y el de mi profesión. Pero después de treinta años, me había animado a crecer.
Uno crece cuando se impone desafíos, da ejemplos, cumple con su labor, concreta sus sueños. Imposible atravesar la vida sin que algo salga mal, sin sufrir una decepción, sin cometer un error, sin que duela un amor que se va, que nos deja.
Uno crece cuando acepta la realidad y tiene aplomo para vivirla, cuando acepta su destino y tiene voluntad para cambiarlo.
Uno crece asimilando lo que tiene por detrás y construyendo lo que tiene por delante. Crece cuando abre caminos y puertas cerradas. El estar en Chile a más de treinta años de aquel significativo episodio, era todo un desafío que me había impuesto sin ninguna esperanza. Hoy era capaz de abrir una puerta.

***
El minibús se demoraba y el sol era abrasador a la hora de la siesta de este nuevo febrero.  Cuando ya estaba por tomar un taxi, apareció el colorido mini-colectivo y con él me fui soñando con mis ideas alocadas hasta Con-Con, donde el Resort, me esperaba.
El canturreo de aquél hombre en el baño del restaurante, me había llenado la cabeza de interrogantes. Todos concluían en una sola pregunta: ¿y si era él?
Pero, las probabilidades eran remotas y no quería hacerme ninguna ilusión. Esa noche comenzaba el festival de Viña y era mi penúltima de vacaciones.
Mi entrada estaba reservada desde largo tiempo atrás e iba a darme un gusto muy ansiado desde largos años. Mientras, enfrascada en mis pensamientos aguardaba el inicio del espectáculo en la hermosa Quinta Vergara, un susurro de voz varonil con la letra y melodía que ese día había escuchado me volvió a la realidad, sólo para matar mis ilusiones, sólo para sentir que no había esperanza. Atrás de mi asiento un joven de no más de 25 años, abrazaba a su novia y le cantaba bajito: “Dame fuego, dame, dame fuego, dame el fuego de tu amor...” 
Tan poco disimulado fue el giro de mi cabeza y de mi cuerpo hacia la pareja, que ambos se quedaron expectantes, esperando que yo les dijera algo. Por supuesto, la canción había cesado intempestivamente.
“Disculpen”,   atiné a decir vergonzosamente y volví hacia delante, sin saber qué hacer.

 ***
El último día de mis vacaciones estuve nerviosa y sólo me dediqué a comprar unos recuerdos en los puestos de artesanías del Ascensor Artillería. Sólo me calmó la vista hacia la inmensa bahía que podía apreciar en el Mirador del Paseo 21 de mayo, desde donde se veían hasta las costas de Concón, pasando por las de Reñaca.
Pero, obstinada, volví al mismo restaurante de Valparaíso, con un menú parecido en su pizarra. Fui al baño automáticamente a lavarme las manos, pero esta vez no escuché nada. Ningún caballero se encontraba en el baño contiguo y menos cantando. Comí apesadumbrada y casi sin terminar, me marché rápidamente a preparar mis valijas. Pasaba por el estacionamiento rumbo a mi minibús, cuando mis oídos estallaron de emoción, el viento cercano al mar que ese día soplaba con más fuerza, me trajo las letras simples de la canción: “Dame fuego,...
Como enloquecida, retrocedí hasta escuchar de dónde llegaba el murmullo musical. La localicé en una camioneta Nissan y vi que provenía del conductor que maniobraba para salir. Corrí hasta él. Lo detuve con una vergüenza adolescente, pero firme.
Después de la sorpresa del joven, todo se aclaró. Era la misma persona que estuvo sentada con su novia la noche anterior en el Festival de Viña. Comencé a contarle mi historia y bajándose del vehículo, me invitó a un Bar de mejor nivel, próximo a la Plaza Victoria para escuchar lo que yo tenía que decir y para él preguntar, tal vez. Evidentemente me había ubicado como una mujer mayor, que podría ser su madre y seguramente le di lástima, a tal punto que propuso la conversación y reiteró la invitación.

***
Una de mis preguntas, fue:
_ ¿Por qué cantas esa canción, si no está de moda? ¿Quién te la enseñó?
_ No la canto siempre. Lo que ocurre es que he estado para las fiestas de fin de año con mi padre y se me pegó, porque él sí la canta como una “muletilla”. La aprendí de pequeño, escuchándolo cuando vivíamos en familia.
Otra, que me apretó el corazón, pero la dije:
_ ¿Pasó algo con tu madre?
_ No, afortunadamente, no señora. Mis padres se separaron cuando yo terminé la secundaria. Ella se quedó conmigo y él vive en Uruguay.
_ Bueno, disculpa la pregunta, son cosas de familia que yo no tengo porque saber.
_ No, señora, yo le quise contar.
Entre el joven y yo se había establecido un vínculo que parecía existir desde largo tiempo. Así, pude suponer sin saber, que aquel hombre que yo no había olvidado nunca, cuyo recuerdo guardaba, dulcemente asociado a las “cosas” de la juventud, podría ser el padre de este amable joven. Ilusión. Audacia. Curiosidad. Resolución. Sinceridad. Son sentimientos que experimenté cuando no me explico aún, cómo, logré preguntarle:
_ ¿Me darías la dirección de tu padre? Con todo respeto, para develar este ingenuo misterio de saber si tu padre es el mismo chileno que conocí en mi país. ¡Ya somos grandes! Podemos darnos estos lujos ¿No te parece, Camilo?
_ ¡Claro! Contestó el muchacho agregando:
_ ¡Al tiro, se lo doy, Señora! Y le doy también mi correo así me cuenta qué pasó y si quiere el de mi novia también. ¡A ella le va a encantar esta historia!
                                          
***
Desde la cima de la Avenida Con-Con-Reñaca, viajando en el minibús rumbo a la Estación Terminal de Viña, en busca del ómnibus que me regresaría a mi país, miré y saludé el mar azul oscuro.                                    

Hoy, dubitativa frente a mi Notebook, no sé cómo comenzar este e-mail en el que se me va la vida.

2010


Versión 2013

sábado, mayo 10, 2014

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Corría el año 2002 y era invierno. Ya en ese tiempo renegaba de mi profesión de abogada. Cada día me costaba más ser amable con los clientes. Las parejas que se insultaban en mi estudio antes de firmar un divorcio por mutuo consentimiento me generaban un estrés casi insuperable. Mis patrones de sueño se habían alterado, una sensación de flotar en una nebulosa se apoderaba de mi mente, algunos lapsus de memoria, falta de concentración cuando redactaba los escritos judiciales y una  incapacidad de organización creciente, terminaron por aturdirme.
Así fue como decidí tomar unas vacaciones para reflexionar sobre mi futuro. Revisé mis ahorros y descubrí que alcanzaban para mi proyecto. Los juicios que tenía a mi cargo, los pasé a manos de mi socio, previo aviso a mis clientes para quienes Rafael no sería un desconocido.
***
Luego de una minuciosa selección, me instalé en un pueblito de las serranías cordobesas conocido por su perfil místico, habitado por gente bohemia, de pensamiento liberal que se mezclaba con el criollo serrano, cuyas creencias lo hacían desconfiar de esa “gente rara”. Dispuesta a relajarme y a leer todo aquello que no fuera técnico-específico, comencé a recorrer las páginas de Siddharta, del autor alemán Hermann Hesse, Premio Nobel de Literatura en 1946. Ese pequeño libro, de edición rústica  de 1982 que durmió años en mi biblioteca jurídica, ése que una tarde de otoño me regalara una anciana a quien le había tramitado el juicio sucesorio y nada le había cobrado ya que nada tenía, sólo su casa donde habitaba, marcó el principio de mi cambio.
Después de Siddharta, mi interés por la filosofía oriental se despertó desesperadamente.
***
En aquel refugio de la Naturaleza, conocí a una podóloga y reikista que me acercó al Reiki. Ella trabajaba con el Método Usui, que recogía las enseñanzas del Maestro japonés, Mikao Usui. Un día,  me invitó a su casa, alejada de su consultorio para el tratamiento de los pies, y allí recibí mi primera sesión de Reiki. Luego me interesé por aprenderlo y tuve la suerte de hacer el primer y segundo nivel con un agradable y anciano maestro, quien viajaba desde la Capital cordobesa para dictarlos. Además, Mabel, la podóloga, me contactó con otra señora que daba charlas sobre terapias alternativas en la sede del salón municipal de cultura y turismo una vez por mes. Fui a cinco charlas. Nunca me había interesado el tema, más, siempre había sido poco generosa con mis visitas al control médico. Salvo que me estuviese muriendo, por supuesto.
Mi vida iba transformándose poco a poco sin que yo lo advirtiese notoriamente.
Fumadora por excelencia, el cigarrillo había sido un fiel compañero en antesalas de audiencias y arreglos extrajudiciales. En aquel lugar mágico naturalmente, con su cielo celeste profundo y su aire puro, comencé a dejarlo sin darme cuenta  por consejo de la podóloga, de Sara que trabajaba una granja orgánica y del propio maestro que me descubrió una vez, mientras esperábamos su llegada en la vereda colonial del pueblo.
Cuando mi socio tenía que redactar una demanda, o fundamentar un recurso, en fin, un escrito importante, ponía de fondo su acostumbrado CD de música New Age. Yo la detestaba. Sin embargo, aprendí a degustarla con la ayuda de  Mabel y del Maestro. Me había convertido en otra persona. No extrañaba mi trabajo, ni los amigos, menos los amores, que  bien pocos fueron. Familia casi no tenía y la que me quedaba vivía en el sur del país.
Cada quince días acudía al pueblo un joven estudiante de Psicología para darnos una Meditación con cuencos. Él era Maestro de Hata Yoga pero no podía darnos clase porque sus estudios ocupaban todo su tiempo. Sólo en enero, si se le insistía, tal vez viniese con ese fin.
Cuando llegué a esa tranquila villa no estaba en absoluto preparada para una expe­riencia mística. La meditación quincenal me había aquietado la mente y aquellas oleadas de emociones inexplicables, momentos de alegría y momentos de depresión sin aparente sentido, prácticamente me habían abandonado y cumplido el año de mis austeras vacaciones, una sabia paz interior comenzaba a refugiarse en mi alma. 
***
Agotados todos los recursos económicos ahorrados en parte en moneda extranjera, y después de dos años, me restaba solamente el alquiler de la casa grande que fuera de mis padres y mi departamento bonito, sobre la populosa avenida de la gran ciudad, el que gracias a varios juicios ganados, un préstamo de mi hermana y las cuotas de financiación, pude comprar después de largos años de trabajo profesional. Mi casa, mi hogar de soltera grandecita, había permanecido en total soledad, salvo cuando Rita, la esposa del portero, lo ventilaba y aseaba una vez por mes si yo se lo pedía por el teléfono de la cabina pública.
“Si lo arriendo”, pensé, con la suma de ambos alquileres podría vivir aceptablemente en aquel paraíso. Cuando redondeé la idea, me sobresalté y me desconocí. Una especie de mareo seguido de una sensación de vértigo se apoderó de mí. El cambio de mi vida ya cobraba forma y solidez. Semanas más tarde tomé la decisión que implicaba quedarme en el lugar por más tiempo hasta que algo que no percibía aún, ocurriera y me ayudara a ordenar mi vida definitivamente.
Con mi resolución,  se alegraron Mabel - la podóloga-reikista y otros amigos que había cosechado en el lugar.
***
En el final del tercer invierno serrano, cuando los ocres dominan la inmensidad del paisaje, el frío comienza a disminuir en las lánguidas tardes y las tertulias pueblerinas se realizan puertas adentro, me fui dando cuenta que mi capacidad perceptiva se había expandido considerablemente. Alejada del bullicio tribunalicio, de las callecitas próximas a los Tribunales atestadas de letrados y de los bares repletos de clientes, sin la premura obstinada de escribir hasta el amanecer y liberada de la ropa formal de abogada a la moda, mis sensaciones en mi relación con la naturaleza se habían desarrollado. El trinar de los horneros, cacholotes y benteveos, me despertaba bien temprano y podía diferenciarlos. Los talas, molles, espinillos y despampanantes algarrobos, personajes conocidos de la Madre Tierra pertenecían a la extensión de mí misma como hermanos. La maestra reikista, el maestro anciano y el joven yogui, a más del carnicero, el apicultor, el Juez de Paz y un pintor retirado, constituían toda mi familia. También tenían cabida en mi entorno, dos muchachotes que interpretaban música folklórica con sus guitarras los domingos a la tarde y cantaban al amor en cada copla.
***
Con el transcurrir de los meses y años en  mi nuevo home,  había reemplazado la lectura del Código Civil por las obras de Brian Weis y del Código de Procedimientos por las enseñanzas de James Redfield quien se había convertido en mi dilecto, desde su primera novela, Las nueve revelaciones, una síntesis de psicología y religiones orientales, considerado un libro clásico dentro de la llamada Literatura de la New-Age.
Mi cambio espiritual avanzaba hasta el punto que, cuando nos visitaba el Maestro de Reiki para formar nuevos discípulos o para ampliar nuestros conocimientos comencé a tener cada vez más charlas individuales con él. Una de ellas, la última antes de Máximo Trotta, me había impresionado sobremanera:
_ ¿Y, querida, sigues con esos estados, por momentos llenos de energía y creatividad y en otros totalmente fatigados y sin motivación? Me preguntó el anciano.
_ Sí Maestro, le respondí y así continuamos por buen tiempo.
_ ¿Estás sufriendo alergias o intolerancias que antes no tenías?
_ Sí Maestro, casualmente y para mi bien ya no fumo, no tolero el cigarrillo.
_ ¿Sientes que tu conexión en la meditación es más calma, más profunda?
_ Sí Maestro.
_ Pues, entonces, bienvenida seas al cambio vibratorio.  No es nada malo lo que te sucede, muy por el contrario, estás en perfecta sincronía con el momento planetario que se avecina, adaptando tu estructura a la aceleración electromagnética de la Tierra.
Desconcertada, no supe que responderle y atiné a decir:
_ Pero, Maestro, ¿qué quiere decir con eso? 
_  Escucha bien, es muy interesante, dijo el anciano:
En 1952, un físico alemán de nombre Schumann, constató que la Tierra está rodeada de un campo electromagnético que se forma entre el suelo y la parte inferior de la ionósfera, a unos 100 Km sobre nuestras cabezas. Para aquella época dicho campo tenía una resonancia de 7,83 hertzios o pulsaciones por segundo. La resonancia Schumann es responsable del equilibrio de la biósfera, la temperatura y las condiciones mundiales del clima, así como también influye directamente a través del hipotálamo a todos los mamíferos, seres humanos, delfines y ballenas.

La resonancia de las Ondas Schumann ha ido en aumento progresivo desde los años 80 y más a partir de los 90, alcanzando valores de hasta 11 hertzios en 2003, y sigue acelerándose, lo que implica grandes cambios electromagnéticos en el equilibrio planetario, en nuestras células, en nuestro sistema nervioso central y hasta en nuestro ADN.
Perpleja, no supe qué comentar. En realidad no sabía si lo que me decía era cierto o no. Mi formación siempre me había alejado de temas de matemática y física. Me asusté. El Maestro continuó con su explicación, al parecer sin notar mi desarticulación y mi temor en aumento.
_ Presta atención, te explico:
La vibración natural de nuestro mundo se acelera, y es en este sentido físico, científico, que el Salto Dimensional tan augurado desde hace tiempo por los metafísicos, llega por igual para todos. Lo creas o no lo creas, nuestro planeta acelera su vibración y el cambio viene y toca también  a tu puerta.
Durante un tiempo, notarás tus funciones mentales como sedadas, adormecidas. Este es un estado necesario para dar el siguiente paso hacia una nueva expansión mental. Mucha más información está queriendo ingresar a ti, y eso abruma la capacidad receptiva de tu cerebro.
No quise escuchar más, era demasiado para mi mente aletargadamente feliz, tranquila, aunque el contenido me asombrara y alimentase mi curiosidad.
***
Luego de despedirme del Maestro a quien, literalmente abandoné, me consolé pensando que el  grupo de discípulos que aguardaban por él, seguramente lo estimularían a reanudar la charla con ellos.
Salí presurosa del Dojo y caminé sin levantar la vista para llegar cuanto antes a mi monoambiente, como llamaba a mi amplia y ventilada habitación, con su baño y pequeña kichenette.  Iba rauda por la calle principal hasta que me topé con una pared humana. El bochorno me sacó de mi ensimismamiento, atinando a  pedir disculpas al hombre moreno, de formidable cuerpo y extrañados ojos marrones que me miraban atónitos tras los cristales de sus lentes.  Esa mole, se llamaba Máximo Trotta, escritor frustrado, cincuenta años, - casi diez menos que yo -turista italiano,  dueño de un español bastante claro y heredero de una mediana fortuna en Milán, datos que amablemente me transmitió, mientras degustábamos una torta de miel acompañada por un té de hierbas en una de las dos confiterías que ostentaba el pueblo, invitación que después del encontronazo no pude evitar.
Se quedó dos meses en la villa y logró borronear unos dibujos e insinuar unos textos líricos muy dulces, como la miel del lugar. Cuando se quejaba de sus condiciones de escritor, me animaba a sugerirle un cambio de actitud frente a la vida, lo que a él le atraía:
“Tu mente, Máximo Trotta, necesita expandirse y no lo logrará focalizándose en las mismas cosas de siempre. Por lo tanto Máximo: Límpiala, vacíala. La nueva frecuencia vibratoria la sumirá en una especie de ensueño, querido”.
No nos separamos un instante.
***
Lo nuestro fue un flechazo. Nuestras almas se encontraron en un pequeño lugar en este mundo, ese mundo que según el Maestro se preparaba para el cambio evolutivo. La diferencia de edades no hizo mella en el ensamble generacional que co-creamos. Ni imaginaba, entonces, tamaña consecuencia en mi vida de mujer libre y sola.
Tres meses más tarde, Alitalia me llevaba a su encuentro, previa escala en Roma para recalar en la Lombardía, casualmente cuna de mis bisabuelos maternos, en el Municipio de Arese, lejos de Milano signada por las connotaciones de una metrópolis moderna, con rascacielos de cristal y metal, una de las capitales mundiales de la moda.
¡Qué más lejos estaba yo de todo eso! Máximo lo había entendido así. Por eso había comprado una casita en las afueras de la Comune di Arese, donde prometía cocinar para mí, sus platos preferidos “cotoletta alla milanese”   su "risotto alla milanese"  y en Navidad el tradicional panettone.

Mi historia terminaría en los jardines de la casa donde viviría  junto a Máximo, en una nueva y armónica vibración de humanidad.
2011


Versión 2013

sábado, mayo 03, 2014

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Antonia estaba sola y cabizbaja con un papel entre sus manos, el que  aparentemente acababa de leer.
Sus ojos oscuros y humedecidos por lágrimas destiladas entre resignación y rabia, lanzaban un mensaje elocuente. El placero la observaba desde un lugar donde el cúmulo de arbustos le aseguraba no ser visto, detrás del seto de “siempreverde”,  mientras regaba con una vieja manguera a rayas, las petunias recién plantadas. Ésa era su Plaza y todo lo que ocurría en ella era de su incumbencia: desde un banco que se rompía, o  las  hortensias que se secaban o el pequeño que quedaba llorando en las sendas embaldosadas, cuando caía de su bicicleta o patineta, hasta la historia de amor más turbulenta o el chisme más sabroso que se gestara bajo sus sombras, al amparo de hermosos ejemplares autóctonos.

Unos niños que jugaban una competencia con sus bicicletas, casi aplastan a la mujer de mediana edad, quien pudo esquivar el encontronazo, gracias a su agitada intervención que los alertó a gritos. Sobresaltada por el superado incidente supervisó el entorno que la rodeaba con una abarcativa mirada sin detectar al Placero.
“¿Por qué Dios, por qué me pasa esto?” preguntaba, “No sabes lo que sufro por esta  indeseada decisión”  afirmaba a su invisible interlocutor.

Estiró su mano y alcanzando su cartera de cuero negro metió dentro de ella el papel arrugado cuyas letras  leyera  momentos antes. Sacó a la luz su celular de avanzada tecnología y palpando su pantalla digital escribió y escribió ante los preocupados ojos de Fermín, el Placero. El estado de angustia en el que se sumía la mujer que escribía y leía, leía y contestaba los innumerables mensajes de texto que como vertiginosos rayos de energía iban y venían por el espacio azul-celeste  en su rol de testigos inmutables de la trama que tejían, casi determinó al Placero a acercarse hasta Antonia para ofrecerle “algo”. No sabía qué, pero “algo” que la ayudase en tal trance. Al fin, su prudencia lo detuvo. Antonia había recibido en respuesta a sus mensajes de texto, otros que sólo contenían dos palabras: ¿Por qué? repetidas, hasta agotar la posibilidad que ofrecía el cupo de caracteres en cada uno de ellos. Su cabeza continuaba gacha y su pelo negro y lacio le cubría el rostro. Con desgano miró su reloj pulsera y dio un brinco, levantándose del acogedor banco de madera y hierro haciendo con sus manos una señal.
Embargada por su confusión interna inició “el camino a casa”, precedida por los niños en bicicleta, rojos, de tanto dar vueltas.
Bajo la sombra cómplice de los ligustros, aromos y palmas que bordeaban las avenidas pavimentadas de la secular plaza, fue sorteando los espacios del sol refulgente y vertical del mediodía. Los niños transpirados y alegres se adelantaban y marcaban la ruta de escape hacia su cotidiano mundo.
_ ¿Cómo está Señora? preguntó el Placero con voz amable, cuando la mujer angustiada pasó a su lado observando casi sin mirar las ahogadas petunias de rojos colores.
_ Bien, bien, gracias, respondió la mujer, bajando los ojos que tanto habían llorado en silencio y siguió con paso apurado.
_ Dele mis saludos al Ingeniero, por favor, agregó el Placero con una sonrisa. Él apreciaba mucho a quien durante muchos años fuera su patrón.
_ Se los daré a mi esposo, agradeció Antonia, perdiéndose en las curvas de la senda que cruzaba de N a S la Plaza.

En el banco que ocupara la mujer quedó  olvidado por el descuido, su celular. Fermín se acercó a él y tomándolo con prisa, impulsado por la avidez de su curiosidad y resguardado en su conquistado “derecho a saber”, trató de hacerlo funcionar. Lo logró. Pudo leer los últimos mensajes de texto no eliminados. Con gesto brusco lo arrojó al piso de lajas casi negras y aplicando sobre el aparato, sus borcegos* de trabajo, lo aplastó bajo su pies hasta reducirlo a una masa informe de elementos electrónicos que se hicieron añicos. Recogió lo que quedaba del celular  y lo arrojó a uno de los tantos cestos de basura que servían en la Plaza.
Volviéndose al cantero de petunias pasó el riego a las hortensias que este año estaban hermosas. Meneando la cabeza de un lado a otro, murmuró con satisfacción: ¡Mejor así!

2011
Versión 2013




*Placero:
1. adj. Perteneciente o relativo a la plaza.
2. adj. Propio de ella.
        RAE
*Borcegos: En mi país, calzado de trabajo tipo bota corta, con    cordones.

No te duermas sin un cuento. . .by Zuni Moreno. Con la tecnología de Blogger.

Este Blog. . .


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Por

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Mi Propósito


La vida nos reúne en cualquier lugar y nos cuenta historias cotidianas.

Yo las he interpretado a través de los cuentos breves y los microrrelatos.

Y, a los sentimientos que fluyen de aquéllas, los he expresado en simples poemas.

Aquí, mi trabajo, para ustedes.

Zuni Moreno

Reconocimiento II


Todas las pinturas que acompañarán las entradas de "No te duermas sin un cuento", durante 2017 pertenecen a uno de los pintores argentinos más reconocido a nivel nacional e internacional, no sólo por la calidad de sus obras sino además por su particular temática: Benito Quinquela Martín (1890-1977)

Barcos de Quinquela Martín

Barcos de Quinquela Martín

De QM

De QM

De QM

De QM

Reconocimiento I


Todas las pinturas que acompañan las entradas de "No te duermas sin un cuento" pertenecen a uno de los artistas rusos contemporáneos más admirado: Vladimir Volegov.

Este pintor nos acompañará durante el año 2016.

Mujeres de Volegov

Mujeres de Volegov

Un regalo

No te duermas. . .

Candela por la Paz

Candela por la Paz

Quien escribe

Quien escribe
Zuni Moreno

Conjunción


Las fotografías que ilustran este Blog, son de mi cámara.

Los cuentos y poemas, de mi pluma.


Capturando la vida

Capturando la vida
Mi cámara y Yo

Pensamiento en rosa


"He mirado las rosas y me he acordado de ti"

Juan Ramón Jiménez,

escritor y poeta español, (1881-1958)


Rosas, rosas

Rosas, rosas
Rosas de Vladimir Volegov

Poemas en flor


Este Blog trae al lector también poemas y, como un árbol en flor, supone la siembra y anuncia la cosecha, mientras se deshoja la vida.

Escribiendo con el pensamiento desde el alma

Pintando la vida

Antigua como la humanidad misma, la Pintura, responde a un impulso innato en el hombre de comunicación.

Recogiendo los frutos

Recogiendo los frutos
Tres de mis poemas y un cuento obtuvieron el 17-11-2012, el 3er. Premio en el Concurso Internacional,"Elegidos 2012" organizado por El Instituto Cultural Latinoamericano, de Junín, Provincia de Buenos Aires, Argentina.

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Un perfume

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