Sin soñar un Poema. Sin conocer un lugar. Sin admirar una pintura

Del Poema "Alma venturosa"

“Al promediar la tarde de aquel día,

cuando iba mi habitual adiós a darte,

fue una vaga congoja de dejarte

lo que me hizo saber que te quería.”

De Leopoldo Lugones (1874-1938)

Poeta argentino

Aviso de "Un Cambio"

A partir de 2017, los Microrrelatos o Mini cuentos dejarán de ser una expresión en este Blog y, junto con los poemas brevísimos, también hijos de mi pluma, formarán parte de otro proyecto. Espero poder concretarlo.

Como hojas al viento

Las entradas de este Blog se publican en 2017, cada martes a la medianoche, desde la República Argentina.

Coordenadas 31°4000S 64°2600O

sábado, abril 26, 2014

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La imponencia de la Sierra de Ancasti, casi rosando el cielo, se desplaza hacia un valle multicolor, extenso, apacible, cuna de “La morenita” como suelen apodar a la Virgen del Valle, patrona de  Catamarca, movilizadora de almas de distintos lugares y dueña de una historia que se pierde en los misterios de la evangelización de los pueblos originarios que habitaron esta zona de la Argentina. Desde la Cuesta del Portezuelo, mirando abajo parece un sueño. . . Y es cierto, como dice la canción*, contemplar desde la Cuesta del Portezuelo, el valle, es realmente un sueño: “Un pueblito aquí, otro más allá, y un camino largo que baja y se pierde. . .”
Subí a la traffic y me llevé en los ojos, los mil verdes del valle. Mi asiento estaba del lado del pasillo del vehículo, así que me dormí en las primeras curvas del descenso.
A la mañana siguiente, ya repuesta decidí visitar los Museos de San Fernando del Valle* y comencé por el Antropológico "Adán Quiroga". Para mi desilusión, se encontraba en refacción. Pensé entonces en dirigirme hasta el Museo de Bellas Artes "Laureano Brizuela" el que, según la información que me habían proporcionado distaba sólo  cien metros desde el anterior. Sin embargo, consultando la guía turística y el plano de la ciudad, opté por el  Museo Arqueológico "Omar Barrionuevo", ubicado en el Predio de la Universidad Nacional de Catamarca, taxi mediante.  Después de almorzar una “humita en chala”* en un pequeño restaurante, atendido por sus propios dueños y familiares, previo un vaso de vino tinto de “la casa” y una empanada frita, regresé al Hotel.

Cuando el sol dorado comenzaba a marcharse de la ciudad rumbo a la Cordillera de los Andes, salí nuevamente. Mi mente y mi corazón buscaban algo que no quería decir en voz alta para que mis recuerdos se quedaran donde estaban.

Recorrí la plaza principal caminando por sus enormes avenidas y veredas y quedé fascinada con la Catedral iluminada, en un ocaso catamarqueño que hacía dura la soledad. Una compañera de excursión me invitó a cenar con ella y su esposo, pero no acepté, excusándome en un cansancio que no era tal. Al día siguiente, me levanté temprano y luego de desayunar no concurrí a la visita del día, la que proponía toda una aventura en desoladas dunas catamarqueñas. Preferí, recorrer bibliotecas y librerías. En una de éstas, de aspecto antiguo o pasado de moda, con vidrieras poco renovadas y anaqueles que llegaban casi hasta el lejano techo, repletos de libros, me detuve. Entré y entre tantos textos, quedé absorta en unos de ellos. Ése era el lugar en que la nostalgia, “mi nostalgia”, se hizo muy patente. Leer el nombre del autor oriundo de esta provincia norteña, Alberto Zorrilla, me descolocó y casi me dejo llevar por un fuerte mareo que, de no detenerlo a tiempo me hubiese transportado a otro lugar en el tiempo. Me apoyé en el mostrador, respiré hondo tres veces y me incorporé lentamente, continuando con la inhalación y exhalación, pausadamente. Una empleada se acercó y ofreció su ayuda. Pero pronto me sentí mejor. De inmediato devorando horas pasadas, le pedí esos tres libros de Zorrilla.
_ ¿Lo conoce? Preguntó la vendedora. Demoré en contestar. ¡Claro que lo conocía! Y volviendo lenta a la realidad, le respondí:
_ Sí, señorita, fui alumna suya en la Universidad de Córdoba.
¿El Doctor vive en Belén*, todavía?  Me arriesgué a preguntar.
_ No Señora, el Dr. Zorrilla falleció hace cinco años, pero sus hijas hicieron publicar sus últimas investigaciones en esta colección de tres volúmenes.
Un dolor agudo me tomó el pecho y la boca del estómago. Sentí la garganta seca, y sin embargo, pude balbucear:
_ No, no sabía nada de su muerte, me apena mucho. Me llevo la colección  con mayor razón, agregué.
Salí espantada de la librería y a paso ligero enfilé hacia el Hotel. Me quedaba poco dinero luego de la compra, pero no me importaba. Ese día no almorcé, en cambio leí,  leí mucho.
Y fue como suponía: allí estaban las últimas investigaciones de Alberto sobre los aborígenes de Shincal*. Recordé el abordaje in-situ con sus alumnos, también mis ideas, las que sin saberlo aparecían en los libros publicados post- mortem. Recordé la callecita larga, muy larga, a la vez ruta de Londres* que nos conducía hasta Belén, tierra de Alberto, y dónde el grupo se hospedaba. Recordé la tristeza de mi querido profesor por la muerte de su esposa, ocurrida por entonces unos meses atrás. Esa tristeza que sonaba ostensible en sus vehementes palabras descriptivas de las ruinas de Shincal y sus hipótesis. Me dormí abrazada al tomo I de la colección.
El desayuno próximo fue reconfortante, el ayuno de casi un día completo no me había venido mal. Ese día terminaba mi viaje. Esperé el aseo de la habitación y volví a sumergirme en los libros de Alberto Zorrilla. Hube de detenerme en la lectura porque los recuerdos de los años en Córdoba me atosigaron.  El romance con encuentros esporádicos que mantuvimos por dos años fue novelesco, hermoso, tierno. No teníamos nada que ocultar pero sin embargo lo hacíamos. Él era muy estructurado. Yo, por supuesto, no tanto y ni me preocupaba por hacer pública nuestra relación, en la docta*. Fue, el hombre de mi vida, a pesar de la diferencia de edades. Luego, la separación: su suegra, de quien se había hecho cargo a la muerte de su esposa, había enfermado de gravedad y él debía tomar medidas al respecto. La ausencia física de casi un año, no obstante la epistolar, me había consumido. Locamente, como ahora no comía, no trabajaba, no salía, si él no estaba. ¿Cómo me pedía que lo olvidara? ¿Cómo quiere que lo olvide? Le contestaba. Así, lentamente, lo perdí. Mucho más tarde me enteré por un investigador del Conicet* donde, para entonces yo trabajaba, que el Dr. Zorrilla no había vuelto a Córdoba porque sus hijas no se lo permitían. Se fue consumiendo y la tristeza sólo relevada por el estímulo de la investigación, de nuevas cartas y textos que aparecieron, lo impulsaron a vivir un poco más.

En ese viaje a Catamarca me había reencontrado con mi viejo y gran amor, mi secreto celosamente guardado. Pero ahora lo tenía muy cerca, él vivía en esos tres tomos de una colección poco conocida.

El bus se desplazaba veloz por la ruta. Yo me adormecía feliz de haber podido cerrar una historia con más de veinte años de antigüedad. Buenos Aires y mi undécimo novio me esperaban.

2014




sábado, abril 19, 2014

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“No me dejes ir” parecían clamar los ojos verdes del muchacho universitario, remedando una canción romántica del argentino-venezolano, Ricardo Montaner. Ella, aparentemente ensimismada con su lectura, no había levantado la vista del grueso volumen. A él se le terminaba el tiempo y tendría que marcharse. En pocos minutos más, comenzaría su clase. Era ya la quinta vez que la encontraba en la Biblioteca Mayor, en el mismo lugar, y desde la primera, le había resultado difícil quitar de su memoria la imagen de aquella mujer con aspecto intelectual. Sus ojos, cuyo color no había descubierto aún, se escondían tras unas modernas y enormes gafas con marco color violeta que resaltaba su tez blanca. Llevaba su pelo castaño claro y brillante, recogido en la nuca. Las connotaciones de la desconocida confluían en el tipo femenino que ejercía inmediata atracción sobre el joven.  Ese día, comenzaba el segundo semestre de una de las últimas materias y no llegaría tarde. A pesar de la ostensible diferencia de edades, aquella mujer lo subyugaba irremediablemente.


Nunca le habían gustado las chiquilinas menores o de igual edad a la suya y, a pesar de ello desde poco más de un mes construía una relación amorosa con una joven estudiante que le agradaba sobremanera. La había conocido una noche de tormenta, al finalizar el primer ciclo del año, cuando tuvo que llevarla hasta su casa en su viejo automóvil, porque no lograron encontrar, a la salida de clases, ningún taxi desocupado.


Cumplido el plazo de permanencia en la Biblioteca, sin recompensa alguna, el  estudiante se levantó con sumo cuidado de no hacer ruido. Observó por última vez el brillo de esa larga mesa de nogal, lugar de recogimiento mental y de reflexión, y se dirigió de prisa hacia la puerta enorme, con vidrios facetados, que indicaba la salida. No se sentía culpable. No creía hacer nada prohibido con desear a esa mujer que poco más, podría ser su madre. “De Arabela todavía no se enamoraba profundamente”, se fue pensando. . .

La mujer lectora cerró rápidamente el libraco que consultaba y, recogiendo sus pertenencias, se encaminó hacia el mismo punto por donde había salido segundos antes, el joven.

Cuando el muchacho llegó al aula-anfiteatro, abarcó las filas de asientos con su mirada y sólo divisó un lugar en la cuarta, bastante cerca del piso, que gentilmente le había sido reservado. Un aleteo de manos lo orientó y terminó sentándose junto a Arabela, a quien dirigió una sonrisa tomándole la mano para observar en su reloj pulsera, la hora.
_ ¿Están retrasados o me parece a mí?
_ Creo que hay cambio de profesor, así comentaron más temprano en Bedelía, contestó la muchacha.
Efectivamente, un cambio de titular fue anunciado por el Bedel en ese instante. Debido a un problema de salud del titular habría de hacerse cargo otro profesor mientras durase su convalecencia.
En medio del murmullo que desató la noticia, Arabela se acercó a su compañero y le comentó:
_ No le digas a nadie, pero el que viene es pariente mío.
_ ¡No me digas!, exclamó el joven y podrías decirme quién es, preguntó casi angustiado, ya que un pensamiento acosador, remotamente probable, le cruzó por su cabeza en ese momento acelerándole el corazón. La comunicación entre ambos se cortó abruptamente.
El aula quedó en silencio de repente. Un elegante caballero de pelo gris ingresó y tomando su lugar frente a la clase, se presentó dispuesto a iniciarla. Arabela escribió en su cuaderno de apuntes: “Es mi papá”
Los ojos verdes del estudiante se abrieron con sorpresa y luego se entrecerraron recordando a la mujer  de la biblioteca fugazmente. Se sintió aliviado.
En los días subsiguientes, no logró verla, a pesar que frecuentó la Biblioteca más que nunca, ya que su vínculo con Arabela le exigía un compromiso de estudio mayor al acostumbrado.

Una tarde, cuando caminaba apurado hacia el aula, casi tropieza al rosar con su hombro a una mujer que marchaba en sentido contrario.
Sus miradas se encontraron por un interminable momento, como si cada quien quisiese hurgar en el alma del otro. Sobrevino la nerviosa disculpa del joven, y la mujer le dedicó la más dulce e inolvidable de las sonrisas.
Retomaron la marcha, cada cual por su lado. Él se fue pensando que “No comentaría con nadie la situación vivida”.
Esa indescifrable emoción que había experimentado ante la cercana presencia de aquella mujer, sería su “secreto” de joven que prontamente pasaría a ser un Licenciado formal, con una novia formal, en una comunidad formal, en la que tales situaciones, no se digerían aún.

En su confortable escritorio la mujer de la Biblioteca, tomaba café y escribía. Recordaba con arrogancia adolescente el encuentro con el joven y el “chispotear” de sus miradas, como reconociendo ambos, una mínima pérdida de control, como sabiendo ambos, que habían hecho algo que no debía ser hecho. Sin embargo, lo había disfrutado ciertamente. Habría de ser un inocente y agradable “secreto”, ése que le recordaría épocas pasadas, de candorosos amores de estudiantes. Sonriente, terminó de escribir la última invitación. El festejo de sus cincuenta y cinco años, se acercaba.

2014


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sábado, abril 12, 2014

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Sólo de lejos, con el lenguaje de la contemplación, la joven vestida de blanco lo había inspirado como ninguna otra. Su figura celestial le acompañaba en sus sueños, desde aquella noche en que la conociera. Era verano, y las fiestas en la Embajada se sucedían cada vez más a menudo. La exposición de óleos bucólicos de María de las Mercedes lo obligaba a asistir otra vez, pero a último momento desistió. En cambio, apenas hubo de quedarse en completa soledad, decidió expresar en rimas su apasionada admiración por la joven nívea. Se recogió en la bohardilla a la que hacía muchos años no recurría y escribió el poema más bello de su creación.
Cuando lo leyó para sí en voz alta, un frío extraño se apoderó de su alma. Claramente sintió palpitar su corazón como un potrillo retozando en la campiña. Bajó con rapidez la escalera caracol que lo separaba del mundo real, y peinó sus alborotados cabellos con maestría. Calzó su levita y presuroso, enfiló hacia la Embajada. Una alegría insospechada ganó a su retraso. Afortunadamente todavía se servía el cóctel  y como para pasar desapercibido alzó una copa de una bandeja de plata y se quedó mirando tras el ventanal la noche en ciernes. Al advertir su presencia, María de las Mercedes se acercó silenciosamente y tomándolo del brazo le invitó: “Vamos querido, voy a presentarte a mi alumna preferida y a su prometido”  Sin resistencia, el poeta se dejó llevar hasta la joven vestida de blanco que sonreía junto al militar que la acompañaba. Mientras caminaba resignadamente llevado del brazo por su esposa, en un acercamiento indeseado, figurativo  y lento, sólo atinó con su mano derecha, a abollar en el interior de su oscuro bolsillo el poema recién escrito.


2013



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sábado, abril 05, 2014

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En el Café de Almagro, ése que tenía un cartel de colores en la puerta anunciando a "Don Braulio y su  sexteto de oro",  en ese universo tanguero, la conocí. Al susurro de una milonga de fondo la vi pasar con la bandeja redonda y dos lisos encima, igual que en Santa Fe, la cerveza conservada en barril de hierro servida en vaso rebosante de espuma en su borde. A mí, me gustaba el chopp porque el jarro de vidrio acanalado o de cerámica siempre me hizo acordar a una taza, aquella en la que tomaba la leche antes de ir a la escuela. Quedé prendado de ella. Era la hija del dueño. ¡Ni qué mirarla!  El viejo, Pater hasta los huesos, la cuidaba más que a su vida misma y no permitía que naides le hablara. "Cuando se case, que la cuide el marido que será quien tendrá la obligación", comentaba en voz alta para que los parroquianos lo escuchasen de su propia boca. Yo, que no acostumbraba a venir pa´la ciudad, era un desconocido. Sin embargo, le simpaticé a Don Jerónimo y aprovechando la volada me lo metí en la bolsa. Durante seis meses, cada quince días pasaba por el Café, hacía un alto en la jornada, tomaba siempre lo mismo, cosa que a ella le causaba una candorosa expresión porque le pedía un Chopp y una botella de naranjada. "Es que ansí tomamos la cerveza en el campo, señorita"  y apenas le hablaba, el viejo paraba la oreja y como gallito de riña se ponía en alerta. Don Jerónimo, petizo, calvo y flaquito, era un buen hombre y un buen padre. Lo aprendí a querer;  cuando partió muchos años más tarde, lo extrañé.
Luciana tenía la costumbre de ponerse de espaldas al mostrador y mientras me servía el pedido me sonreía una y otra vez.

Cuando después de un año de hacerle el filo, me la llevé pa´ el campo, Don Jerónimo se puso pálido y más chiquito, comía poco y estaba triste. Un día, tomé la decisión, cuando bajé a la ciudad me lo llevé a él también. Vendió el Bar con Don Braulio incluido. Ella se puso contenta. Aprendió a cantar vidalitas  y a escuchar otras milongas, las camperas. Siguió el ejemplo paterno y resultó ser una madraza, más vigilante que su propio padre. . .

2012

Aclaración sobre algunas Palabras:

Naides=nadie
Ansí= así
Hacer el filo (jerga argentina)=estar de novio


Vidalita=estilo musical del campo argentino
No te duermas sin un cuento. . .by Zuni Moreno. Con la tecnología de Blogger.

Este Blog. . .


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Por

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Mi Propósito


La vida nos reúne en cualquier lugar y nos cuenta historias cotidianas.

Yo las he interpretado a través de los cuentos breves y los microrrelatos.

Y, a los sentimientos que fluyen de aquéllas, los he expresado en simples poemas.

Aquí, mi trabajo, para ustedes.

Zuni Moreno

Reconocimiento II


Todas las pinturas que acompañarán las entradas de "No te duermas sin un cuento", durante 2017 pertenecen a uno de los pintores argentinos más reconocido a nivel nacional e internacional, no sólo por la calidad de sus obras sino además por su particular temática: Benito Quinquela Martín (1890-1977)

Barcos de Quinquela Martín

Barcos de Quinquela Martín

De QM

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Reconocimiento I


Todas las pinturas que acompañan las entradas de "No te duermas sin un cuento" pertenecen a uno de los artistas rusos contemporáneos más admirado: Vladimir Volegov.

Este pintor nos acompañará durante el año 2016.

Mujeres de Volegov

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Un regalo

No te duermas. . .

Candela por la Paz

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Quien escribe

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Zuni Moreno

Conjunción


Las fotografías que ilustran este Blog, son de mi cámara.

Los cuentos y poemas, de mi pluma.


Capturando la vida

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Pensamiento en rosa


"He mirado las rosas y me he acordado de ti"

Juan Ramón Jiménez,

escritor y poeta español, (1881-1958)


Rosas, rosas

Rosas, rosas
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Poemas en flor


Este Blog trae al lector también poemas y, como un árbol en flor, supone la siembra y anuncia la cosecha, mientras se deshoja la vida.

Escribiendo con el pensamiento desde el alma

Pintando la vida

Antigua como la humanidad misma, la Pintura, responde a un impulso innato en el hombre de comunicación.

Recogiendo los frutos

Recogiendo los frutos
Tres de mis poemas y un cuento obtuvieron el 17-11-2012, el 3er. Premio en el Concurso Internacional,"Elegidos 2012" organizado por El Instituto Cultural Latinoamericano, de Junín, Provincia de Buenos Aires, Argentina.

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