Sin soñar un Poema. Sin conocer un lugar. Sin admirar una pintura

Del Poema "Alma venturosa"

“Al promediar la tarde de aquel día,

cuando iba mi habitual adiós a darte,

fue una vaga congoja de dejarte

lo que me hizo saber que te quería.”

De Leopoldo Lugones (1874-1938)

Poeta argentino

Aviso de "Un Cambio"

A partir de 2017, los Microrrelatos o Mini cuentos dejarán de ser una expresión en este Blog y, junto con los poemas brevísimos, también hijos de mi pluma, formarán parte de otro proyecto. Espero poder concretarlo.

Como hojas al viento

Las entradas de este Blog se publican en 2017, cada martes a la medianoche, desde la República Argentina.

Coordenadas 31°4000S 64°2600O

sábado, agosto 24, 2013

/

La mujer estaba realmente sorprendida cuando vio llegar a su esposo portando cuatro livianos maniquíes bajo sus brazos. En ese momento no quiso revelarle los temores que le producían esos extraños seres que cobraban vida ante ella. Era una sensación de pánico que la ahogaba, la misma que sentía cuando Lisandro le planteaba un cambio de vida, más tiempo separados en virtud de viajes comerciales más largos. Él, nunca los había llevado a su casa, si bien eran parte de su trabajo.


_ Los dejo sólo por hoy en el altillo, querida, mañana los cargo en el auto y los llevo. Tengo prisa en entregarlos.


_ Sí, claro Lisandro, atinó a decir amablemente Silvia casi sin poder respirar. No iba a plantearle ninguna cuestión a su esposo debido a esa confusión de su mente que  la hacía padecer en ocasiones. Pero, irremediablemente, sabía que la guerra entre los maniquíes  y ella se había anticipado, pues ahora ya no se trataría de una batalla fuera de su casa. Ahora, habían tomado posición en su propio terreno. Un cruel presentimiento la abrasó. Enseguida, bebió un poco de agua fresca y logró calmarse momentáneamente.


Cenaron en silencio y, casi dormidos, marcharon a su dormitorio luego de haberse abrumado con noticieros y burdos programas televisivos. La noche se presentó tranquila. 


El amanecer entre brumas pugnaba por llegar, y en ese preciso momento del descanso, un sacudón despertó a Silvia. “Es un movimiento de Lisandro” pensó. Sin embargo, al abrir lentamente sus ojos apesadumbrados por el sueño, dramáticamente vio la realidad que se le presentaba. Los cuatro maniquíes rodeaban la cama mirándola fijamente. Su esposo no estaba en ella. Lo llamó con un hilo de voz pero nadie respondió, sólo resonaba la risa de los seres de plástico que la escrutaban con sorna. Sorpresivamente, uno de ellos hizo el intento de acercarse a ella. Silvia saltó de la cama y corrió a la cocina, tomo el cuchillo de la carne que era el más afilado y descargó cuchillazos a diestra y siniestra. En esta ocasión, la mujer estaba enloquecida, una fuerza inusual la dominaba haciendo imposible que sus contrincantes la sujetaran. Poco a poco fueron cayendo, uno a uno, hasta el último. Casi arrastrándose, Silvia alcanzó la cama. Se quedó quieta mirando fijamente el cielorraso de la habitación al compás acelerado de su corazón. El sol ya despuntaba y se filtraba por las rendijas de la ventana.




Pronto la oscuridad cubrió su rostro. Los brazos de Silvia se agitaron como alas luchando por su vida hasta que despaciosamente se aquietaron. El pedido de auxilio se ahogó en el poliéster de una almohada.




Esta vez, no pudo escapar de la tragedia, no estaba Lisandro para que la despertase. . .


Cuando el hombre, enfundado en su bata de baño contempló el cuadro, rápidamente se comunicó con su médico amigo.


Hora más tarde, éste acabaría constatando la muerte de Silvia Lainez producida como habitualmente rezan los certificados de defunción, por un paro cardio-respiratorio.


_ No te quedes solo en la casa Lisandro, puede hacerte mal, recomendó el profesional amigo. Si quieres, ven a mi departamento después del velatorio, agregó.


_ Gracias, lo pensaré. Ahora he de  acomodar un desorden que hay en la cocina y luego voy para la casa mortuoria.


_ Allí te espero, respondió el médico.



Lisandro, acuclillado,  juntó los restos de sus maniquíes y dejando fluir su congoja, murmuró: “Pobrecitos, pobrecitos. . .”

2012
versión 2013

sábado, agosto 17, 2013

/

Silvia Lainez, a pesar de sus temores no revelados, a pesar de la confusión de sus pensamientos, había decidido acompañar una vez más a su esposo en su nuevo viaje de negocios. Ninguno de ambos había hablado acerca de los últimos acontecimientos, pero cada quien tenía su estrategia planteada y pensaba ponerla en práctica en cuanto hubieren de separarse. La mujer, no entendía cómo su esposo parecía no advertir su sufrimiento. Se sintió sola. Había pensado en ir a la peluquería más cercana de los comercios que visitaría su esposo y lo más próximo, era un mall shopping. Afortunadamente Lisandro se proponía visitar a dos clientes allí, así que contentos ambos por la coincidencia y el alivio no expresado de sus propios temores, se separaron frente a un moderno y confortable local de peluquería. Lisandro tenía para un largo rato ya que las vicisitudes financieras que se vivían requerían de un mayor esfuerzo en su propósito de convencer y vender. Silvia entró al Salón y pronto supo que debería esperar su turno un largo rato. Decidió entonces recorrer las galerías con casas de moda.
Relajada y apenas iniciado su recorrido se detuvo ante una amplia vidriera donde dos jóvenes hacían concienzudamente su trabajo, preparándola para la exposición de la nueva temporada. Dispersas en su interior, hojitas de otoño de cartulina, alfileres, ropas y una botella de gaseosa con dos vasos, era lo primero que podía apreciarse. Más allá, en el otro frente un cartel que rezaba: “Vidriera en preparación” y atrás, los maniquíes desnudos, esperando para ser vestidos con los últimos designios de la Moda. Silvia miró absorta ese escenario y regresó al salón. No quiso continuar.
Su baño de crema para el cabello estaba presto junto a una adorable empleada, quien sonriente y esmerada le hizo el tratamiento en su cabeza. Luego, le colocó una gorra de plástico, color aluminio y la llevó a un moderno secador de pie, bajo el cual, la sentó.
_ Ahora son quince minutitos Señora, avisó. Si quiere leer algo, me dice, le ofreció.
_ Por ahora está bien, gracias, respondió Silvia.
La mujer quería estar tranquila y observar a las otras mujeres. No aceptó el ofrecimiento y pensó en la compra que realizaría más tarde si le restaba tiempo.
Al calorcito del secador de pelo, se quedó tranquila, divagando en pensamientos que se oscurecían cada vez más, tornándose en nebulosa mental.
Un ejército de maniquíes desnudos, caminando con aires militares irrumpió en el salón de la peluquería, para comenzar a girar alrededor de las mujeres sentadas, en una danza insospechada, tocándolas, tomándolas del cabello, refugiándose en sus faldas. A ella no la habían descubierto. Sorpresivamente, el más alto de los maniquíes dio una señal y todos sus subordinados se reunieron junto a él para recibir la orden.
“¡Dios mío! ¿Qué harán ahora?”, pensó Silvia, mientras ante sus atónitos ojos, los blancos y pelados seres tomaron las tijeras que encontraron y comenzaron a cortar, tajeando pelos y ropas de las sometidas señoras que no atinaban a hacer nada. Silvia se preguntaba porqué no pedían auxilio. Prontamente habría de tocarle el turno a ella. Uno de los maniquíes la descubrió y avisó al jefe. Los dos se abalanzaron sobre ella y suavemente la retiraron del secador de pie. La llevaron al centro del Salón y le arrancaron su gorra de tela aluminizada. Su pelo ya seco pero empastado por la crema quedó al descubierto como una seca cascada. Cerró sus ojos y rezó. Sentía el dolor en su cabeza, algunos tijeretazos llegaban a la raíz de su cabello. Algo se sangre brotaba de su cuero cabelludo.
Es ella la que nos perturba, la que nos espía en las vidrieras, comentó el Líder a sus inferiores”.
Aterrorizada, Silvia no podía hablar y permanecía inmóvil en el lugar en que la habían dejado, observando a los maniquíes danzar a su alrededor. Logró mirarse en una pared cercana donde el espejo llegaba hasta el suelo alfombrado y descubrir en él, su desfigurada cabeza con un hilo de sangre corriendo por su frente y bajando como manantial carmesí por su mejilla izquierda.
El bailar de los maniquíes armados de tijeras se detuvo ante la orden del jefe. Acercándose hasta Silvia, le susurró al oído con voz ronca:
Podría cortarte también la garganta, pero esta vez te perdono”, sentenció el líder” y tras tales palabras se marchó con sus vasallos por donde entraron. Silvia quedó tiritando, parada, sola, sin que nadie la auxiliase y sintió el calor de la orina bajando por sus piernas. Rompió en llanto y al instante, una voz joven y dulce la desdibujó del centro de la sala. Se redescubrió en el cómodo sillón bajo el secador de pie.
Señora, ya pasaron más de quince minutos, lo siento, pero tuve que despertarla. Las señoras siempre dormitan en este secador. ¿Lavamos?”, preguntó, arrastrando por la cintura a Silvia hasta el lava-cabezas.
La empleada inició su trabajo de lavar el cabello y retirar todo el exceso de crema, cuando notó manchas de sangre en la cabeza de la mujer.
_La dejo cinco minutitos Señora y enjuagamos. ¿Le parece?
_Sí respondió, débilmente Silvia.
Rápidamente se dirigió hasta la dueña de la peluquería y le explicó lo que pasaba.
No digas nada, aconsejó su superior, fíjate que no sangre. No creo que haya sido la crema, la verdad no sé, pero si ella no siente nada, lávale con cuidado.” indicó
La empleada cumplió la orden “al dedillo” y completó su trabajo. Cuando Lisandro la vino a buscar, Silvia estaba pálida y temblorosa.
_ ¿Qué pasa, querida? Preguntó su esposo.
_ Nada, respondió ella, se me debe haber bajado un poco la tensión con el calor del secador de pelo. Eso, nomás.
Esta vez, Silvia no dijo nada a su esposo. Debería pensar. Sí, pensaría en algo.
Mientras viajaban de regreso al hogar, luego de una jornada habitual, Silvia puso en marcha el CD del auto y escuchó música celta.
Por su parte, Lisandro, con el rabillo del ojo, observaba discretamente cómo su mujer, llevaba las manos a su cabeza, cada tanto. . .
 2010
Versión corregida 2013

sábado, agosto 10, 2013

/

Silvia Lainez había viajado nuevamente con su esposo, esta vez y a su pedido, con un plan bien acordado: Lisandro haría las entrevistas a sus clientes más temprano y no regresarían de noche. Bajo esas condiciones propuestas por la esposa iniciaron el recorrido. Ya casi estaba cumplido el trabajo de la jornada y el mediodía sugería un descanso reparador, para lo cual nada mejor que un fresco y liviano almuerzo en un restaurante vegetariano.  Sólo restaba un cliente y Lisandro habría de visitarlo a la siesta, ya que a esa hora la actividad menguaba. Llegaron al lugar y el ruido atronador de una tormenta de verano acuciaba sobre los árboles. El desplome de un rayo a lo lejos y luego la lluvia refrescante, motivó a Silvia a apoltronarse en el asiento del acompañante, contemplando la lluvia que corría por el parabrisas desde abajo hacia arriba mientras las ramas cubiertas de hojas se bamboleaban con el viento. Con este escenario, aguardaría a su esposo. El cielo se oscureció aún más. Gruesas nubes grises lo cubrieron.
Cuando giró su cabeza hacia la vereda de enfrente descubrió una casa de modas con una inmensa vidriera que hacía gala de prendas femeninas de fin de temporada, lucidas por maniquíes sin brazos.
“¡Qué mal gusto!”, pensó Silvia Lainez. Su marido había prometido regresar pronto, pero la mujer sabía de antemano que ésa sería una promesa incumplida. Contaba con tiempo a su favor y, decidió entonces disfrutar del momento bajo la lluvia. Sus ojos se fueron cerrando lentamente en un revoleo hacia las gotas que golpeaban las ventanillas, cada vez más frecuentes. Duró poco su letargo: Un ruido estruendoso, parecido a una explosión la hizo sobresaltar.
“¿Y eso qué fue?” se preguntó. Agazapada en el asiento, se incorporó despacito. Vio todo, calle y lluvia de por medio. Aquel hombre de apariencia joven se retorcía en el suelo. Una mujer vestida con impermeable negro, de espaldas parecía observarlo con indiferencia sin prestarle ayuda alguna. Silvia hubiese jurado que su aspecto se parecía mucho al de los maniquíes. No pudo ver sus brazos, sin embargo, junto a los pies de la observadora alcanzó a distinguir aún humeante, un pequeño revólver. La vereda estaba desierta, no había movimiento ni de personas ni de automóviles, sólo los maniquíes sin brazos miraban horrorizados el charco que se iba agrandando con el fluir de la sangre debajo de la cabeza del hombre. La mujer de paraguas azul se retiró, se fue caminando perdiéndose en la cortina gris de la lluvia de verano. Silvia, desolada, pensó en pedir ayuda. Sigilosa, se bajó del coche. Corrió hasta dónde estaba el hombre, lo tomó con cautela por sus hombros manchándose las manos con sangre y lo habló. El joven no respondió, le cerró los ojos claros desorbitados y gritó:
“¡Ayuda, ayuda, por favor!”. Sollozando y con el corazón acelerado, golpeó varias veces la vidriera en señal de auxilio.
“¡Qué alguien me escuche, por favor, que alguien me escuche, han matado a un hombre!”
 Los maniquíes sin brazos la miraban inmutables, si bien Silvia descubrió en sus rostros una mueca burlona. Desesperada, continuaba golpeando la vidriera de la tienda cerrada.
 “Silvia, Silvia ¿No quieres bajarte y tomar un refresco? ¡Hace tanto calor!” La voz de su marido le llegó como un susurro. Fue el momento en que la mujer abriendo de golpe los ojos se abrazó a él.
_ ¿Escuchaste, Lisandro? ¿Escucharon? Preguntó aferrada y temerosa.
_ ¿Qué cosa? contestó el hombre.
_ Mi pedido de auxilio, una explosión. . .
_ No querida, no escuchamos nada es hora de siesta y lluvia, habrá sido un rayo a lo lejos, completó Lisandro sin darle mucha importancia.
_ ¡No, No!, mataron a un hombre hace un momento, yo lo vi, una mujer de impermeable negro lo hizo y se murió, pobrecito, nadie vino a ayudarlo, enfrente, enfrente. . . ya casi sin voz explicaba Silvia, ante la mirada indolente de su esposo.
_ Querida has soñado, no hay nada en la vereda.
_ Pero yo lo vi, me había dormido y me desperté, estaba ahí en medio de un charco de sangre ¡Por Dios! Son esos malditos maniquíes.
El hombre con gesto de resignación le propuso:
_Vamos  Silvia, vamos a ver, repitió.
Se pararon en la acera todavía mojada por el agua de lluvia, limpia a pesar del revuelo de hojas y ramas caídas.
Desde la vidriera los maniquíes parecían sonreír. Era su gesto habitual.
“¿Ves, querida? no hay nada, tuviste una pesadilla, seguro el calor en el auto y la tormenta son los responsables. . .”
Silvia observó sobre una esquina de la vidriera restos de sangre. No dijo nada y volvieron al automóvil. Apenas Lisandro había colocado la llave para encender el motor, escapando del intenso calor que sobrevino a la lluvia de la siesta, cuando a su lado se estacionó un patrullero. Un agente policial se bajó y preguntó:
_ Recibimos una llamada anónima de auxilio, denunciando a un hombre ensangrentado en la acera, justo frente de un negocio de modas. . . ¿Saben algo Uds.?
_ No, nada agente,  estamos aquí por razones de trabajo visitando a un cliente y ya nos marchábamos...

Lisandro condujo en silencio. Silvia lo acompañó con los ojos bien abiertos mientras miraba y restregaba sus manos, una y otra vez.
2010
Versión 2013


sábado, agosto 03, 2013

/



Silvia Lainez había viajado con su esposo sin mucha ilusión en ese derrotero de clientes a convencer, pero igualmente conociendo que se cansaría, decidió acompañarlo. Llegaron al lugar de la última visita y se apoltronó en el asiento finamente tapizado del coche nuevo, imprescindible para el trabajo de su marido.
 _Me demoraré un rato, Silvia, ¿No quieres bajar y tomar un café?  Preguntó él, con tono cansado, presuponiendo que su esposa no lo haría.
_No gracias, no te preocupes, yo estoy bien en el auto y si me aburro sigo leyendo el libro que traje, contestó Silvia tranquilizándolo.

Primero atinó a quedarse en silencio con los ojos cerrados. Contrariando el intento, pronto los abrió y contempló la calle casi desierta transitada sólo por unas pocas personas. Se detuvo en la vidriera de una Casa de Modas frente a la cual habían estacionado.
El escaparate ostentaba una colección de maniquíes luciendo ropas magníficas. La sorprendió que no llevaran pelucas como la generalidad.
En un fugaz recorrer la vidriera, Silvia sintió como si las estatuas flexibles dirigieran su mirada, todas juntas, hacia ella. Se estremeció. Le pareció también que los maniquíes salían de la vidriera y enfilaban hacia el auto, donde ella se ovillaba cada vez más en el asiento. La llamaban, gesticulando con sus manos de largos dedos; sus rostros parecían amables pero sonaban gélidos, sus cabezas sin pelos la impresionaban. Silvia sonrió y bajó del coche, como flotando. Se tocó la nuca y un remolino ensortijado de rulos azabaches la calmó. Ahora era una más. Se sentía delgada, estilizada, alta, elegante, sus piernas eran esbeltas y lo mejor de todo, tenía pelo. La noche ya había llegado. Todo era oscuridad, salvo por las luces encendidas de la vidriera donde la llevaban. De allí, bajaron por una corta escalera al salón de ventas y comenzaron a danzar. Silvia acompañó a los maniquíes hasta marearse y caer al piso. Quiso levantarse pero no pudo. Sus compañeros de baile se abalanzaron sobre ella y observándola fríamente, danzaron a su alrededor. Algunos la pisaron pero eran tan livianos que Silvia casi no sentía los pasos sobre su cuerpo. En un segundo, todo se detuvo, todo quedó en silencio y tumbada en el piso helado sin poder moverse, observó. Un maniquí hermoso hizo su arrogante entrada en el salón. Vestido de mujer, parecía no tener sexo. Como por arte de magia su atuendo pasaba del femenino al masculino, bajo la tenue luz que llegaba de la vidriera iluminando al grupo quieto y a la invitada. Como respuesta vertiginosa al ademán de ese armazón casi humano que parecía ser el jefe del grupo, sus iguales rodearon el cuerpo tendido de Silvia y con una saña feroz comenzaron a arrancarle uno a uno los pelos de su frondosa cabellera negra.
“¿Qué hacen?” preguntaba con desesperación la mujer convertida en maniquí con pelo. El dolor era penetrante. Sintió que unos hilos de sangre le corrían por el rostro y gritó repetidas veces, gritó casi sin voz. Estaba como adherida al suelo. El dolor del arranque de los pelos la superaba. Forcejeaba en vano. Se desmayó.
Los maniquíes dejaron de torturarla y comenzaron nuevamente a bailar a su alrededor. La jefa tomó los cabellos de Silvia y se marchó por donde vino.
Los súbditos alzaron por los brazos a la invitada y la enfrentaron con un espejo de buena calidad, agitándola para que despertara. La imagen devuelta fue escalofriante. Silvia se vio pelada y su cabeza ensangrentada e hinchada. Exclamó su miedo y dolor en dos palabras:
“¡Déjenme ir!” Clamaba por su liberación, mientras los que la sujetaban se acercaban con extrañas muecas muy cerca de su rostro. En un momento se sintió volar por el aire. La habían subido al escaparate por donde salieron y en un abrir y cerrar de ojos la arrojaron contra el vidrio que a pesar del impacto no se rompió. Una, dos, tres veces, hasta que al fin lo lograron. Ensangrentada, Silvia cayó en la vereda y sobre ella un garrotillo de vidrios.
Entumecida por el frío, dolorida por las heridas borbotoneantes de sangre de su cabeza, en medio de  la oscuridad de la noche, le pareció escuchar la voz de su esposo llamándola en un susurro distante: Silvia, Silvia. . .
A duras penas y a fuerza de los zamarreos del hombre, Silvia logró entreabrir los ojos.
“¡Lisandro!” exclamó. “¿Qué me han hecho?” preguntó.
El marido sorprendido, miró su revuelta cabellera enrulada.
Querida, te has dormido profundamente, seguro haz tenido una pesadilla. ¿No te parece? Ésta, es la última vez que termino de noche” aseguró el esposo encendiendo el motor del automóvil ante el silencio de Silvia que continuaba como en trance, tocándose la cara y la cabeza.
Al arrancar, Lisandro le comentó.
Mira Silvia, éste es un lugar peligroso, mira esa vidriera. No estaba rota cuando llegamos. Parece que han intentado robar y como el vidrio es templado, sólo la rajaron. . .”

2010
Versión 2013

No te duermas sin un cuento. . .by Zuni Moreno. Con la tecnología de Blogger.

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La vida nos reúne en cualquier lugar y nos cuenta historias cotidianas.

Yo las he interpretado a través de los cuentos breves y los microrrelatos.

Y, a los sentimientos que fluyen de aquéllas, los he expresado en simples poemas.

Aquí, mi trabajo, para ustedes.

Zuni Moreno

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Todas las pinturas que acompañarán las entradas de "No te duermas sin un cuento", durante 2017 pertenecen a uno de los pintores argentinos más reconocido a nivel nacional e internacional, no sólo por la calidad de sus obras sino además por su particular temática: Benito Quinquela Martín (1890-1977)

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