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Mostrando entradas de octubre, 2012

Mujer

Pasaba por la calle de la tristeza enfundado en el recuerdo de otras horas, caminaba despacio, meditabundo, extraño, perdido en el objetivo que no lograba perfilar. De pronto, vio la belleza en sus ojos; la dulzura arreboló sus mejillas y la simpleza dibujó su sonrisa, exactamente cuando sus miradas se encontraron. Sintió una débil alegría circulando sin prisa por sus venas y arterias en un suave entrar y salir de su palpitante corazón. Se detuvo. La brisa vespertina alzó su bufanda a rayas y tapó su rostro. La vida pasó a su lado y no pudo verla, menos detenerla. Apretó bajo su brazo el bastidor de madera que contenía el óleo con el retrato de una mujer y continuó su marcha implacable. Luego, cayó la noche.

2012


Mujercita

Desde mi ventana podía ver el cúmulo de nubes grises que avanzaban desde el sur. No soplaba ninguna brisa, menos viento. Una tranquilidad pasmosa me ponía nerviosa. La cama era un nido acogedor en medio de una habitación de paredes altas, pintadas de rosa. Él tal vez no vendría, menos pasaría a mi habitación, pero yo siempre le imaginaba en el marco de la puerta. Sumida en mis cavilaciones tempraneras, me sobresalté cuando Rosa abrió bruscamente la puerta de mi habitación para alertarme que el médico acababa de llegar. El Dr. Quesada ya estaba viejito y casi no podía conducir. Su pierna lo mortificaba y tenía que pedirle a su único hijo varón que condujeran el viejo Ford por las rutas arenosas del campo. A solas, el médico me revisó de pies a cabeza, sin encontrar rastros de ninguna enfermedad. Para colmo, en ese momento no tenía síntoma alguno. Luego, llamó a mamá y,  habló largo rato con ella en la salita en la que terminaba el pasillo de distribución de las habitaciones.  Al cabo d…

Seguro. . .

Pasó rápido, casi como una estela en la noche clara, por eso la vi. Me sentí bien y me ovillé en la puerta del zaguán, aferrado a mi botella de tinto, que en ese entonces era mi única compañera. Hoy, en este cubículo blanco en el que estoy, advertí que quizás, más vertiginosamente que la primera vez, pasó muy cerca de mí, esa bruma luminosa; sin embargo, la enfermera me respondió cuando le pregunté si ella la había visto: "No, pero no se preocupe Señor, es el efecto de los medicamentos". No le creí, sigo pensando que fue un ángel.


2012



Omar

Fedra estaba sola otra vez, sentada a la mesa de siempre junto al escaparate de los dulces. De su lustroso bolso de cuero ecológico, entiéndase plástico fino, sacó su carpeta roja y su lapicera Parker,  mientras Omar, el mozo que le servía todas las mañanas su desayuno, le acercaba una humeante taza de café con leche y las facturas de su gusto. Junto a una de sus habituales sonrisas mañaneras, en la que a pesar de sus años, podía aún lucir una hilera completa de piezas blancas, brillantes, a puro cepillado con bicarbonato de sodio, según le confesara a Fedra hacía algunos meses atrás, la acostumbrada pregunta: “ ¿Escribiendo a su hijo otra vez, Fedra?” Interrogó Omar con cierta confianza adquirida entre cafés y horas de bar. Ella levantó su mirada sobre la taza asintiendo sin definir nada. Para Omar el secreto se había develado. En señal de respeto, el empleado se retiró no sin antes consultarle: ¿Quiere que ponga a Piazzola, hoy? Fedra volvió a asentir con su cabeza mientras saboreab…

Novedad

Llovía y él estaba solo, estudiando. Un suave golpe en la puerta lo alarmó. Era ella que regresaba a hora inesperada. En su mano traía un papel. Se lo entregó casi llorando. Después de leerlo, el joven preparó dos copas de buen Merlot (era el varietal preferido de ambos). Brindaron y se abrazaron. Nacería en marzo. La felicidad los embargó.
Este micro participó en el “IV Concurso de Micro-relatos y Reflexiones Felices Martín Berdugo” (mayo de 2011)


Volver

“Sol errabundo, que te asomas en un lugar y te pierdes por otro, dónde estás. . .” se preguntaba la pasajera que acababa de alojarse en uno de los hoteles más recomendados de la ciudad. Había abandonado sobre la cama, su cartera y sus bolsos de equipaje.  Luego de tomar un baño reconfortante, se acomodó en el casi balcón orientado al SO  desde, con congoja por tantos años de ausencia, contempló sus orígenes.
“¿Dónde están Sol, los que te adoraron en el Cuzco* y más allá aún, centinelas de la Cordillera?, insistió con sus mudas preguntas. “¿Dónde están, los que recorrieron el camino derramando su sangre en la montaña, para construir fuertes y regadíos?”, continuó, con nostalgia. “¿Y la voz de la Madre Tierra clamando en las piedras que se llevó el viento, dónde se habrá refugiado? En su viaje había reconocido los montículos en forma de pila piramidal hechos con piedras, generalmente cantos rodados de los ríos y arroyos que bajan de la Sierra de Ancasti,* mirando al cielo, por doquier, pidi…

Caminos

Amelita

Amelita estaba compungida. No era propio de ella no hablar y menos dejar comida en el plato.  Los sábados siempre contaba con el permiso para ir a jugar con sus amigas, o salir a tomar un helado o para dar unas vueltas en la calesita instalada desde décadas en la plaza de la ciudad. A la pregunta con tono de preocupación de su madre, la niña le contestó que “no pasaba nada”.
_Hum. . .,expresó la madre, insistiendo ¿Tal vez estás enojada con tus amiguitas? _ No, mami, no. Lo pasamos muy lindo en la calesita, repuso la niña y se marchó a dormir para madrugar al día siguiente y llegar temprano a la misa de 9. Así le habían enseñado sus padres. La madre, esperó un rato mientras acomodaba con sigilo, tratando de no hacer ruido, la cocina y con la excusa de las “Buenas Noches” pasó por el cuarto de Amelita, portando un vaso de leche caliente con canela y miel, augurando que si lo bebía, tendría dulces sueños. La niña estaba aún despierta y sentada en la cama con su largo camisón de franela y …

El Jardín azul

Ilusionada con visitar a su tía Manuela, en Pontejos,  debería llegar antes del 27 de julio, porque en esa fecha se celebra el día de San Pantaleón, patrono de la ciudad y de quien, su única pariente, era devota. Hizo todos los arreglos posibles, organizando trabajo, esposo e hijos, y partió sola, rumbo a la Cantabria. En San Sebastián, última escala del bus, el corazón le recordó su obsesión juvenil por aprender el euskera, y la “sardinada” pública, gratuita y deliciosa que se celebraba en aquel pueblito pescador cuyo nombre no recordaba, pero al cual, de niña, su padre la había llevado. Ahora, el destino la ponía a prueba. El pasajero que subió allí,  se sentó en el asiento vacío a su lado y luego de intercambiar un saludo cordial, inexplicablemente, se generó entre ellos un feed-back abrumador. La charla fue amena y el viaje, corto. Quedaron en encontrarse. El compañero de asiento resultó ser un apasionado de la fotografía, con la misión de tomar muestras de los famosos Jardines Se…