Sin soñar un Poema. Sin conocer un lugar. Sin admirar una pintura

Del Poema "Alma venturosa"

“Al promediar la tarde de aquel día,

cuando iba mi habitual adiós a darte,

fue una vaga congoja de dejarte

lo que me hizo saber que te quería.”

De Leopoldo Lugones (1874-1938)

Poeta argentino

Aviso de "Un Cambio"

A partir de 2017, los Microrrelatos o Mini cuentos dejarán de ser una expresión en este Blog y, junto con los poemas brevísimos, también hijos de mi pluma, formarán parte de otro proyecto. Espero poder concretarlo.

Como hojas al viento

Las entradas de este Blog se publican en 2017, cada martes a la medianoche, desde la República Argentina.

Coordenadas 31°4000S 64°2600O

sábado, junio 30, 2012

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Homenaje al 9 de julio de 1816, día de la declaración de nuestra Independencia Nacional


En tiempos en que corría el año 1816, en las lejanas tierras del sur de la América hispana, el Coronel Bernabé Araoz, hombre entusiasta de la causa de la independencia y dueño de una importante fortuna personal, era gobernador del Tucumán, con asiento en la bonita San Miguel, lugar donde se había instalado, en el mes de marzo de ese año, el  congreso de diputados representantes de las Provincias Unidas del Río de la Plata. Previamente, se había buscado un lugar adecuado para su funcionamiento. La mayoría de las casas de esa época (siglo XVIII y XIX) tenían una sola planta, varios patios, árboles frutales y de sombra, una huerta en el fondo y muchas flores,  que la perfumaban. La de la flia. Bazán estaba bien ubicada a sólo tres cuadras de la iglesia y de la plaza. Su estilo barroco se destacaba en las columnas torsadas que acompañaban a la maciza puerta principal de entrada. A ambos lados, las ventanas que daban sobre la calle de tierra, con rejas “voladas” donde alguna vez, Francisco se había recostado para fumar un cigarro de chala. Techos altos y tejas rojas, paredes blancas y gruesas: Así la había pensado seguramente y mandado, en consecuencia a construir, más de cien años antes, el alcalde Diego Bazán y Figueroa, a cuya muerte, pasaría  a pertenecer en propiedad, a Doña Francisca Bazán, esposa de Miguel Laguna, ya viuda para ese entonces. Así fue como a principios del año 1816, su casa fue elegida por el Gobernador Aráoz para servir a las sesiones del Congreso. Doña Francisca prestó la casa con ese fin, sin sospechar que años más tarde, en 1874, un tucumano que llegó a gobernar la Nación, Don Nicolás Avellaneda, la compraría, con la recomendación de que se conservara el "antiguo salón de la jura de la Independencia".  Pero, para ese tiempo, Francisco y Magdalena ya no estarían para contar su historia.


La casa sufrió una primera transformación para adecuarla a las necesidades del Congreso. Con vista al patio central, se unieron dos habitaciones paralelas ubicadas al frente, para formar la sala de reuniones donde los congresales deberían cumplir con su cometido: declarar la independencia de España y establecer un definitivo régimen de gobierno.


 Pasados largos meses de tratativas y análisis de las distintas posiciones, el 9 de julio de 1816,  los diputados la aprobaron por aclamación. Afuera, y agolpado en patios y pasillos de la señorial casa, el pueblo celebraba. Terminada la sesión, se realizaron diversos festejos públicos y las familias ricas y pobres de San Miguel se mezclaron en gestos de júbilo, en toda su adyacencia. Al día siguiente, y desde temprano, comenzaron los festejos en el templo de San Francisco para principiar, culminando en el gran baile que dio el gobernador Aráoz en su casa, al que asistió mucha gente de la sociedad tucumana: militares, comerciantes, abogados, eclesiásticos y políticos.


Mientras tanto,  esa mañana del 10 de julio de 1816, Magdalena, había acompañado a su tía Asunción de Gramajo, pariente lejana del gobernador y, antigua enamorada del Gral. Belgrano, hasta la Iglesia para escuchar, si la muchedumbre se lo permitía, el sermón que daría el sacerdote y político Pedro Ignacio Castro Barros.


En la plaza, la gente del pueblo iba y venía engalanada lo mejor posible para la ocasión en medio de una notable algarabía.


Magdalena vivía cerca de la casa de Doña Francisca Bazán  y junto con su tía solían pasar por su frente, cuando iban de visitas o a la Iglesia. Precisamente allí, lo había descubierto.


Una tarde de agobiante verano norteño no pudo menos que ruborizarse al encontrar su mirada con la de ese gaucho alto, de tez bronceada y blanca dentadura, apoyado en la reja de la ventana, como esperando algo. Aquellos ojos azabaches la habían penetrado y esa forma de mirar, arrogante y dulce a la vez, la hubo de poseer desde ese momento.


Esa fresca mañana posterior al día de la Declaración de la Independencia, se habían mirado nuevamente, como otras tantas veces en el mismo lugar o en los puestos de venta de maíz, huevos o frutas. Ahora, resguardándose entre la plebe, la música y las salvas, habían rozado sus manos al pasar cerca. Más tarde, cuando su tía se entretuvo hablando, con una antigua conocida, caída en desgracia económica, Francisco pasó muy cerca, apretando, en señal de sentimiento, su mano blanca y sedosa escondida entre los frunces de sus faldones y acercándose mucho le había susurrado: “Esta noche, en el baile”


Con el corazón galopante y el rostro enrojecido, Magdalena, se aferró al brazo de su tía pidiéndole que siguieran viaje. Sorprendida, Asunción, hubo de complacerla. Ambas asistieron al gran baile y rindieron sus saludos al Gobernador Aráoz y a su esposa, dueños de una situación recordada a través de los años. En la mixtura propia del acontecimiento, desfilaban ante los ojos celestes de Magdalena, elegantes caballeros, lucientes uniformados, imberbes niñas enfundadas en magníficos vestidos que imponía la moda de la época. Todo era luz y color, alegría y triunfo, seducción y dominación.


Pasadas algunas horas, se acercó hasta ella su prima segunda, Juana Rosa Ordoñez para reclamarle que no estuviese con “vejestorios” y que se acercara al salón de baile a divertirse un poco. Prometiendo ir enseguida se sacó de encima a la joven y hablándole al oído a su tía, jovialmente  encantadora en medio de un grupo de intelectuales, Magdalena llegó al jardín. La oscuridad de la noche apenas atenuada por los faroles de aceite, fue su cómplice. Marchó hacia la puerta de entrada donde sólo había unos peones pasados en copas que no la conocían. Tapó su cara con la mantilla de  encaje y se aproximó a la calle.


Una ráfaga negra y reluciente se presentó como salida de la noche misma, un brazo fuerte la sujetó por la cintura y la elevó por el aire, acomodándola en el costado delantero del caballo, desapareciendo en la oscuridad. Nadie notó la ausencia hasta pasada la media noche.


El corcel galopó sin cesar hasta la primera posta, dejando atrás una nube de polvo. Jinete y doncella iban en silencio. Cuando acamparon para reponerse y cambiar de animal, recién hablaron: Francisco. . .dijo ella. . . ¿Qué has hecho? Él no le contestó, sólo la abrazó y, retirando un bucle rubio de su rostro, la besó largamente.

Cuando Asunción Gramajo tuvo que enfrentar la situación en el salón de los Aráoz, hábilmente disculpó a Magdalena, argumentando que al otro día debería viajar a Buenos Aires porque sus padres la reclamaban.

Nunca más se supo de Magdalena Balcarse, nadie preguntó nada, menos de Francisco. Todos estaban muy ocupados en la formación de las milicias, en las noticias de la guerra intestina, en fin, en el crecimiento de la Patria.

Años más tarde, de regreso de unas vacaciones en Córdoba, tal vez las últimas para Asunción Gramajo, mandó colgar en la sala de su casa, la pintura que había ordenado hacer de unos sobrinos nietos cordobeses, según ella decía.

Hermosos niños de tez morena y dulces ojos celestes.
2011
Cuento de ficción basado en datos y hechos históricos.



sábado, junio 23, 2012

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“No me dejes ir” gritaban en silencio los ojos verdes del muchacho universitario. Ella, ensimismada con su lectura, no había levantado la vista del grueso volumen. A Pablo se le terminaba el tiempo y tendría que marcharse. En pocos minutos más comenzaría su clase. Era la tercera vez que la encontraba en la biblioteca, en el mismo lugar y desde la primera, le fue difícil quitar de su memoria la imagen de mujer intelectual. La había descubierto en el bar de la Facultad, departiendo con presuntos colegas. Sus ojos, cuyo color no había descubierto aún se escondían tras unas modernas y enormes gafas con marco color Bordeaux que resaltaban su tez blanca. Su pelo castaño claro, brillante, lo llevaba recogido en la nuca. Las connotaciones de esta mujer confluían en el tipo femenino que atraía al joven. Ese día comenzaba el segundo semestre de una de las últimas materias y no llegaría tarde. A pesar de la ostensible diferencia de edades, la mujer de la biblioteca lo subyugaba. Nunca le gustaron las chiquilinas menores o de igual edad a la suya y, sin embargo, construía desde poco más de un mes una relación amorosa con una joven estudiante que le agradaba sobremanera, poseedora de unos hermosos ojos color de miel, a los que sí había divisado, en una noche, al finalizar el primer semestre, cuando tuvo que alcanzarla hasta su casa en su viejo Renault, ya que no pasaba ningún taxi.

Cumplido el plazo sin recompensa alguna, se retiró despaciosamente y encalma. Miró por última vez el brillo de esa larga mesa de nogal, lugar de recogimiento mental y de reflexión y se dirigió de prisa hacia la puerta enorme, con vidrios facetados, que indicaba la salida. No se sentía culpable. No creía hacer nada prohibido con desear a esa mujer que poco más, podría ser su madre. De Arabella todavía no se había enamorado se fue pensando. . . o sí, aún no lo sabía.
Al poco tiempo, la mujer lectora consultó su reloj y rápidamente cerró el libraco recogiendo sus pertenencias, encaminándose hacia el mismo punto por donde había salido Pablo.

Cuando el joven llegó al aula anfiteatro abarcó las filas de asientos con su mirada y sólo divisó un lugar en la cuarta, bastante cerca del piso, que gentilmente le había sido reservado. Un aleteo de manos lo orientó y terminó sentándose junto a Arabella, a quien dirigió una sonrisa tomándole la mano. Miró su reloj pulsera y, preguntó:
_ ¿Están retrasados o me parece a mí?
_ Creo que hay cambio de profesor, así comentaron más temprano en Bedelía, contestó la muchacha. Efectivamente, un cambio fue anunciado por el Bedel en ese instante. Debido a un problema de salud del titular, habría de hacerse cargo un suplente, mientras durase su convalecencia.
En medio del murmullo que desató la noticia, Arabella se le acercó y le comentó:
_ No le digas a nadie todavía, Pablo, pero el que viene es pariente mío.
_ ¡No me digas!, exclamó el joven, y me lo tenías escondido ¿no? ¿Quiénes?  preguntó, queriendo saber, ya que un pensamiento acosador, remotamente probable, le cruzó por su cabeza en ese momento, acelerándole el corazón, producto de una inexplicable culpa. Pero, la comunicación entre ambos se interrumpió.
El aula quedó en silencio de repente. Un elegante caballero de pelo gris ingresó y tomando su lugar frente a la clase, se presentó, dispuesto a iniciarla.
Los ojos verdes del estudiante se entrecerraron recordando a la mujer de la biblioteca fugazmente. Se sintió aliviado. La duda lo intrigó, y volviéndose hacia su compañera, le consultó:
_ ¿Él, es tu pariente?
_ Sí, es mi papá, respondió la joven con una sonrisa enorme, mientras su interlocutor se estremecía con un frío interior desconocido.

Pablo no volvió a ver a aquella mujer de perfil intelectual, a pesar que frecuentó la biblioteca más que nunca, puesto que su vínculo con Arabella le exigía un compromiso de estudio, mayor al acostumbrado. No le diría a nadie lo que había experimentado con la presencia de  Ella. Pero le había gustado. Sería su “secreto” de joven que prontamente pasaría a ser un Licenciado formal en una comunidad formal, en la que tales situaciones no se digerían aún.

En su pequeño escritorio, la mujer intelectual y madura, tomaba café y charlaba con una amiga muy íntima.
_ ¿No viste más al muchacho de la biblioteca, Matilde?
_ No, tampoco volví, porque su mirada insistente llegó a perturbarme. Te lo he dicho antes, creo.
_  Sí, ¿Quién diría, amiga, que eres una conquista corazones a los 58 años?
_ Y, ¿Por qué no? Contestó Matilde, sonriendo. Te juro que el muchacho me atrapó. Me sentí joven otra vez, recordé esas épocas de estudiantes y estudiantinas.
_ Pero, Roberto es apuesto y se conserva muy bien, replicó la amiga.
_ Por supuesto, es mi esposo y lo amo, pero. . . querida, a esta edad, una tiene el derecho de tener estos “secretitos del corazón”.


2011

sábado, junio 09, 2012

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I
El escritor había dejado caer su cabeza sobre la destartalada mesa, lucía dormido y babeante. A su lado, un escrito arrugado que parecía una carta y junto, una botella de ron vacía. Había bebido del  oscuro envase, del pico nomás, tal vez, para acallar de golpe la pena que le corroía el alma. Esa pena tenía un nombre: Ruth

II
Sin palabras de por medio, la joven vestida de rojo lo había inspirado como ninguna otra musa celestial. Aquella casi amanecida noche – siempre escribía de noche – su pluma alumbró los poemas más bellos, al calor de la leña ardiente, en un crepitar de mil estrellitas rojo-amarillentas, mientras un sol tenue, amenazaba con despuntar en el horizonte.
No tuvo frío, menos ése que congela el alma. Una alegría insospechada ganó sus días, precipitando sus visitas, noche a noche, sólo para contemplarla. Una de ellas, embriagado, más por el entorno que por el alcohol, ya que él era bebedor del buen vino, la vio llegar. En ese fugaz momento la comparó con su vino preferido y sintió su calidez, su aroma, notó su cuerpo resplandeciente de rojos que jamás soñó, encontraría en ese lugar. Su preferido era el tinto, rojo, oscuro, como la sangre. Sus ojos entrecerrados por el humo del antro y lo avanzado de una interminable madrugada se llenaron con el carmesí de su boca y con la apretada falda de satén que delineaba sus redondas caderas. Con movimientos ondulantes pasó a su lado y el corazón pareció explotarle. Esa noche, Ruth le regaló su primera sonrisa.



III
Cansada de verlo dormirse sobre la barra, al arrullo de algún tango dulzón, Ruth, terminó por aceptar una copa del escritor. Fue en una madrugada de invierno, mientras la escarcha se apoderaba de los ventanales del  cafetín.
_ No puedo acompañarte más, lindo, tengo que trabajar, le dijo ella, soberbia, envuelta en una estola roja que cubría sus hombros blancos.
_ Trabaja conmigo, Ruth, te pagaré bien, le mintió el escritor.
Esa mirada oscura y tierna de chico bueno, ese pelo ensortijado que en cascada desprolija avanzaba sobre su rostro y la tibieza de su mano, sosteniendo la suya, conmovieron a Ruth.
Ella no podía comprometerse, pero ese tipo la había hecho vibrar, nada más con mirarla fijamente durante una sucesión de inacabables noches. Terminó por aceptar.
Cruzaron el salón entre el humo espeso y gris que ocupaba los muchos espacios vacíos que dejaban los parroquianos, cuando se marchaban resistentes, al amanecer. Caminando y temblando de frío, llegaron en quejosa marcha hasta la puerta azul que indicaba el hábitat del escritor. Paredes de madera, un sillón celeste y amplio, una mesa pequeña, dos sillas, tres o cuatro botellas de vino en un estante, (en el sótano, había muchas más, enviadas especialmente desde San Rafael) en otro, varios CD de música clásica, ópera y tango y en la simulación de cuarto, una cama y dos pinturas, tristes, que a ella poco le agradaron. Un baño pequeño con lo indispensable para mantenerse limpio y una mesita en su interior sobre la cual un calentador a kerosene hablaba de comidas quemadas y sopas derramadas.
Ruth, cerró los ojos y suspiró. Él tenía la costumbre de llamar al monoambiente separado por un biombo con dibujos de geishas amorosas su “atelier” y en el camino había nombrado así, al lugar hacia donde se dirigían.
_ ¿Por qué llamas a esta pocilga, “atelier”? preguntó Ruth, con tono molesto.
_ ¡Ah! Ruth, hermosa Ruth, porque yo soy un pintor, también. La diferencia, contestó el escritor, es que yo pinto la vida con palabras, no con pinceles y óleos. . . . Mientras, mirándola a los ojos, le acercaba una fina copa conteniendo el buen Malbec que tanto disfrutaba.
El saldo ínfimo de la noche se esfumó en sus jóvenes cuerpos. Se durmieron abrazados, muy juntos. Cuando el escritor despertó, ella ya no estaba a su lado entre las sábanas bordadas, heredadas de su madre. Esa mañana escribió otros versos. No comió ni bebió, sólo escribió. El amor había tocado a su puerta.

IV
Noches sin pagos, noches de amor, tal vez sincero, sin destino final, se encadenaron al primer encuentro. Ruth no podía explicarse qué le había pasado con ese mozuelo bohemio, que le recitaba armoniosas poesías dedicadas a ella y que se negaba a vender, entre los intelectuales que frecuentaban los paseos y bares, donde él, orgulloso, las exponía.
Cada vez, el deseo de estar juntos era mayor y el tiempo que Ruth se quedaba en el cafetín era menor. Salían del local, como adolescentes, tomados de la mano, silbando, saltando y riéndose cada cual de cada quien. Una procesión interminable de emociones los embargaba. Los flacos bolsillos de ambos ya se hacían sentir. El vino comenzaba a escasear y los alquileres atrasados se acumulaban como basura arremolinada por la brisa del Riachuelo.  Esta vez, Ruth ya había llegado cuando el escritor entró, con el aura brillante y la sonrisa grabada en su hermoso rostro. Se detuvo y gozó contemplarla. Su perfil se delineaba insinuante entre las medias luces del escenario. Sentada a la barra, se pintaba los labios de rojo carmesí destellante como las luces de los barquitos pesqueros en la noche portuaria. Su boca abierta le recordaba esa otra boca húmeda y profunda como un “cenote”* en la que tantas noches se había hundido la suya. Cuando lo vio parado ahí, guardó en su bolsito de terciopelo negro el rouge, mientras una lágrima que pronto ahogó con su guante de encaje se asomó curiosa a este otro lado de su mundo.
Esa noche,  se amaron como si fuese la última vez. Sus pieles brillaban por la transpiración, las ropas tendidas en el piso de vieja madera, en descuidadas hileras, eran señal de la fogosidad de los tiempos vividos.
Un sol intenso iluminó el trozo de papel retenido por una copa con restos de vino, donde ella le había escrito, simplemente: Esta noche no me busques, no iré. Tuya, Ruth. Sin embargo, el escritor casi enloquecido fue, ella no.

V
_ Pero, vos,  ¿estás loca? Vociferó el hombre robusto, dirigiéndose a Ruth y continuó, ¿Cómo se te ocurre enredarte con el mocoso ese? ¿No te das cuenta que no has rendido nada? ¿Querés que te mate? Tomándola de los cabellos negros y ondulados.
_ Dale, contestó ella, gritándole a la cara, si eso hace que termine todo esto, matame, por favor. . . y rompió en un llanto viejo y contenido, desgarrador, insostenible. . .
_ Bueno, basta Ruth, te vas a ir a trabajar al local que tengo en San Nicolás y decí que lo hago por la educación de nuestra hija. . .comentó, el rufián, luego de dejar  que Ruth llorara un poco, imperceptiblemente sensibilizado por las lágrimas de la mujer.

VI
El escritor divagaba ante la copa oscura y perfumada. No sólo había vendido el óleo firmado por Quinquela Martín*,  en el que el populoso y nostálgico barrio de “La Boca” aparecía más multicolor que en la realidad, sino que había echado mano al “Cerrito”** que tanto quería porque le recordaba, en su acostumbrado paisajismo, el campo de sus vacaciones infantiles, ambos heredados en el testamento de su madre. También hubo de recurrir al remate del accogliente sillón de cuatro cuerpos, tapizado en terciopelo celeste, donde semejando un mar dulce y profundo, su amor por Ruth se había consumado en repetidas noches. Ya no podía comprar el rojo líquido de buena calidad y había jurado no acercarse a esa vieja botella de Ron que su tío Osvaldo le había traído de República Dominicana, más de siete años atrás. Estaba dispuesto a recordarla otra vez y volvería a escribir aunque solo fuera para ganarse el pan del día, vendiendo en el paseo de artesanos sus poemas de amor. Pero nada escribió, se acurrucó en ovillo como un gato y se durmió soñando con la silueta de Ruth, llegando al cafetín, con su roja estola de plumas, sus caderas redondas, su forma de amar y su futuro sin planes.

VII
Pasó el tiempo para bien o para mal. Una dimensión sin parámetros para el escritor. Esa noche, pluma en mano, musas en su entorno, Puccini en el reproductor y una copa de buen Malbec, lo predisponían a ahondar en los profundos misterios del alma humana.
Después de meses o tal vez, años convencionalmente hablando, sentía la misma necesidad de escribir que había experimentado en otras ocasiones, pero, esta vez, su deseo no surgía de una gris melancolía,  su ánimo era otro. Le cantaría al amor. Creía que ese ardor rubí que le quemaba el corazón cuando se acordaba de ella, había sido alcanzado por el fenómeno de la superación, llámese olvido, entierro o indiferencia. Lo creía firmemente. Estaba seguro, por ello, desafiante consigo mismo, en ese momento pensó en Ella, en sus caderas redondas apretadas por el bermellón de la seda. Pensó, y deseó no haberla conocido. Ante tal pensamiento, sus musas se esfumaron en la noche clara como cascada de estrellas. Su pluma se deslizó  de su mano. Se sentó frente a la escuálida mesa y miró el papel en blanco. Bebió la última copa, de la última botella mendocina de Malbec, rojo y espeso, ensimismándose en su aroma a tonel de roble y frutos del bosque. Un sentimiento raro lo invadió y lentamente logró apoderarse de sus pensamientos hasta que afloró al mundo del afuera, en una triste sonrisa, tenuemente dibujada, bajo el bigote casi gris. Las copas del buen vino se repitieron sin ton ni son. Total, era la última botella. Entonces, recordó y con dolor alumbró su nombre: Ruth. Sentado en una vieja y desvencijada poltrona se dispuso a mirar la luna deambulante en la madrugada lenta y a dejarse invadir por la retenida saudade de querer y no querer saber.

VIII
La siesta boquense se derretía en el zinc de los techos. Sólo unos aventureros turistas europeos, caminaban deslumbrados, descubriendo el mundo de colores que “Caminito” les ofrecía. El escritor, un poco encorvado y cargando una pequeña maleta, pasó cerca, con una insinuante sonrisa colgada en su rostro, ya arrugado.  Tomó el bus  que lo llevaría hasta Retiro* la vieja Estación Central de trenes.
El emblemático reloj de los ingleses* marcaría un nuevo tiempo.  San Nicolás no quedaba tan lejos. . .
2010

Información de la autora:

Benito Quinquela Martín (Buenos Aires, 1890 - 1977) Pintor y muralista argentino. Fue uno de los “Pintores de La Boca” (uno de los barrios de su ciudad natal). Con un estilo naturalista, la temática de su obra giró, sobre todo, en torno a los barcos y las labores portuarias en general. Se le consideró el pintor del riachuelo por su tratamiento de los temas portuarios.
*Egidio Cerrito  (1918-1999), conocido como el famoso pintor cordobés, sus obras revelan las bellezas de los paisajes del campo argentino y de Córdoba, ciudad a la que llegó desde su Nápoles natal cuando tenía 3 años.
 *Retiro: es el nombre de tres estaciones de la red ferroviaria argentina, ubicadas en forma contigua, en el barrio porteño de Retiro, Ciudad autónoma de Buenos Aires, a las que se suele hacer referencia como una sola. La que alberga el ramal Mitre llegó a ser en su momento una de las terminales ferroviarias más grandes del mundo. 
*Torre de los ingleses: esta torre, ubicada en Buenos Aires, Argentina, en el barrio porteño de Retiro, fue donada por los residentes ingleses en 1910 con motivo del centenario de la Revolución de Mayo. Fue diseñada por Ambrose Paynter bajo el estilo de renacimiento isabelino. Toda su construcción posee objetos y símbolos ingleses que guardan la armonía con el entorno. Tiene 70 m de altura y está coronada por un típico reloj inglés. Sobre su cara externa se observan distintos símbolos de ornamentación británica: la flor de cardo, la rosa de la casa Tudor, el dragón rojo de Gales y el trébol de Irlanda. Se destacan además los emblemas de Inglaterra y de Escocia como el león rampante y un unicornio.

sábado, junio 02, 2012

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Él



Trinidad Pereyra nunca había entrado a tan suntuoso edificio de pisos de mármol y altas columnas. Con la ayuda de algunos letrados que caminaban por los pasillos tribunalicios y un ordenanza que conducía el ascensor, logró llegar hasta la oficina de la Asesoría que la había citado. Si bien subió por las amplias escaleras, segundos antes estuvo por tomar el ascensor hasta el segundo piso. Pero, la desconfianza le hizo rechazar la idea. “¡Qué iba a andar ella en Ascensor, si ni sabía casi lo que era!”, reflexionó. Varias personas se agolpaban frente a una especie de mostrador de madera oscura, al que llamaban “barandilla”. Por fin, había llegado al lugar indicado.

Siendo de Traslasierra, Trinidad había viajado toda la noche para llegar hasta la gran orbe. ¡Cuánto  tiempo que no bajaba a la Capital!
“Desde aquel invierno en que, como última instancia, internamos a papá”, pensó y recordó lo vivido unos años atrás, en aquel gran Hospital que quedaba cerca de la Terminal de buses. En ese entonces fueron vanos los esfuerzos por retenerlo, su tata se le había escapado rumbo al cielo, nomás. . .

Callada y quieta observaba el panorama, escuchando a hombres y mujeres hablar un lenguaje desconocido. No entendía nada, pero según el párroco de su pueblo, tenía que obedecer la Ley y debía presentarse. Mientras se convencía a si misma de no salir corriendo de aquel recinto, lleno de gente bien vestida, recordaba el consejo de aquel personaje pueblerino a quien le tenía mucho respeto. Replicando a sus propios pensamientos se encontraba, justo cuando una gentil y joven empleada se acercó hasta ella, preguntándole si estaba citada, a lo que Trinidad respondió afirmativamente extendiéndole el documento que apretaba entre sus manos húmedas.
_ ¡Uy! Ya casi es la hora. . . ¿Ud. vio si llegó la otra parte? Demandó la escribiente.
_ ¿Quién, Él? No, no, respondió la mujer. Ambas, con paso ligero se encaminaron hacia la “sala de audiencias” según rezaba una placa de bronce bien pulido que resaltaba,  junto a la puerta de dos hojas. “El corazón se me ha desbocado”, pensó Trinidad. Una ola de calor interno le arrebolaba sus mejillas.
¡Cuánto tiempo hacía que no lo veía a Él!

Casi no tuvo memoria durante todos los años que pasó trabajando en los corrales, vendiendo chivos para el sustento y la inversión que debería afrontar más adelante. Pero ahora, en un lapso sin mensura, con la rapidez de pensamiento que el nerviosismo le provocaba, lo recordó: a él, buen mozo, con el pelo volando al viento, encima de ese caballito bayo que tanto le gustaba a ella, más cuando andaba desensillado, llegando a la humilde casita enclavada propiamente al pie del cerro más alto del cordón montañoso, cuyas elevaciones, se perdían entre las nubes. Se vio tomada del brazo de Él, saliendo de la capilla, con un vestido rosa, corto y sencillo, porque se casaba de apuro. “Si está de encargue m´hija no se vista de blanco” le había dicho su madre.
Y recordó que Él no quería tener a la descendencia que venía, menos casarse; pero, sus padres y los de ella lo habían  obligado. Y no era porque no la quisiese. Para entonces, Él se había enamorado de ella, pero le escapaba al casorio.
Trinidad, presa de su enamoramiento le había entregado su castidad, sin dudarlo. Pensó que Él le respondería bien, como todo un hombre. Pero sin embargo no fue así. A los seis meses de su embarazo tuvo que afrontar una pérdida muy fuerte y su legal esposo no estaba a su lado. Se ausentaba por días, con la excusa de tener que ocuparse del ganado de su padre. Después se enteraba que el jovencito, aunque bien casado, se emborrachaba con sus amigos en el boliche de San Javier. Se portó mal, muy mal, pensó Trinidad, atravesando junto a la Escribiente la gran puerta de madera oscura.

“Perdió el embarazo, no sos bienvenido en esta casa” le dijo su padre cuando, a los quince días del percance, Él se dignó a conocer lo sucedido a su esposa. Esa fue la última vez que Trinidad alcanzó a verlo desde la ventana de su habitación. Lo recordó, claro que lo recordó, en noches de lágrimas y soledad sin más compañía que la de la luna, cuando ovillada en su cama, abrazando su vientre, lo imaginaba jugando con su pelo, regalándole un durazno maduro de las plantas que cultivaba su madre. Luego, fue dejando de llorar.

En el interior de la sala, todo cambió. Se sintió más fuerte que nunca, con firmeza se dirigió hasta el escritorio frente al cual, Él estaba de espaldas. Una idea le había cruzado como un relámpago por su cabeza. La funcionaria, amable, la invitó a sentarse e inició la audiencia acompañada por otra empleada que escribía todo aquello que la Asesora le indicaba. Él quería disolver ese vínculo jurídico que los unía y esperaba hacerlo por el trámite más expeditivo y breve: El Divorcio por presentación conjunta o por mutuo acuerdo según explicó la Asesora, quien habló de sus bondades y lo aconsejó, ya que no habiendo hijos ni bienes, era lo más adecuado. Ella tenía que aceptar y nada más. Él correría con los gastos del juicio. Habría un solo abogado para ambas partes, cuyos honorarios también los soportaría Él, así porque la Ley lo autorizaba.
Todo resultó más simple de lo imaginado. Cuando la audiencia o etapa previa a la iniciación del juicio de Divorcio propiamente dicho terminó, ambos firmaron el acta, se llevaron una copia y tras el saludo de la Asesora de Familia, salieron al pasillo. Trinidad no lo había mirado siquiera y cuando alguna palabra pronunció durante la celebración del acto, siempre la dijo mirando a la funcionaria judicial.
Él, quiso acercarse para decirle algo, presupuso ella, pero sus balbuceos quedaron flotando entre las paredes altas y los pisos brillantes. Casi corriendo salió del Palacio de Justicia y gastándose los pocos pesos que tenía encima, tomó un taxi hasta la Terminal de ómnibus. En ese momento sólo pensaba en llegar a Luyaba para darle un abrazo bien fuerte, a Luciano, su hijo querido. 


2012


No te duermas sin un cuento. . .by Zuni Moreno. Con la tecnología de Blogger.

Este Blog. . .


Un Blog de Cuentos

Un Blog de Poemas

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Un Blog de Pinturas

Por

Zuni Moreno

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Mi Propósito


La vida nos reúne en cualquier lugar y nos cuenta historias cotidianas.

Yo las he interpretado a través de los cuentos breves y los microrrelatos.

Y, a los sentimientos que fluyen de aquéllas, los he expresado en simples poemas.

Aquí, mi trabajo, para ustedes.

Zuni Moreno

Reconocimiento II


Todas las pinturas que acompañarán las entradas de "No te duermas sin un cuento", durante 2017 pertenecen a uno de los pintores argentinos más reconocido a nivel nacional e internacional, no sólo por la calidad de sus obras sino además por su particular temática: Benito Quinquela Martín (1890-1977)

Barcos de Quinquela Martín

Barcos de Quinquela Martín

De QM

De QM

De QM

De QM

Reconocimiento I


Todas las pinturas que acompañan las entradas de "No te duermas sin un cuento" pertenecen a uno de los artistas rusos contemporáneos más admirado: Vladimir Volegov.

Este pintor nos acompañará durante el año 2016.

Mujeres de Volegov

Mujeres de Volegov

Un regalo

No te duermas. . .

Candela por la Paz

Candela por la Paz

Quien escribe

Quien escribe
Zuni Moreno

Conjunción


Las fotografías que ilustran este Blog, son de mi cámara.

Los cuentos y poemas, de mi pluma.


Capturando la vida

Capturando la vida
Mi cámara y Yo

Pensamiento en rosa


"He mirado las rosas y me he acordado de ti"

Juan Ramón Jiménez,

escritor y poeta español, (1881-1958)


Rosas, rosas

Rosas, rosas
Rosas de Vladimir Volegov

Poemas en flor


Este Blog trae al lector también poemas y, como un árbol en flor, supone la siembra y anuncia la cosecha, mientras se deshoja la vida.

Escribiendo con el pensamiento desde el alma

Pintando la vida

Antigua como la humanidad misma, la Pintura, responde a un impulso innato en el hombre de comunicación.

Recogiendo los frutos

Recogiendo los frutos
Tres de mis poemas y un cuento obtuvieron el 17-11-2012, el 3er. Premio en el Concurso Internacional,"Elegidos 2012" organizado por El Instituto Cultural Latinoamericano, de Junín, Provincia de Buenos Aires, Argentina.

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