Sin soñar un Poema. Sin conocer un lugar. Sin admirar una pintura

Del Poema "Alma venturosa"

“Al promediar la tarde de aquel día,

cuando iba mi habitual adiós a darte,

fue una vaga congoja de dejarte

lo que me hizo saber que te quería.”

De Leopoldo Lugones (1874-1938)

Poeta argentino

Aviso de "Un Cambio"

A partir de 2017, los Microrrelatos o Mini cuentos dejarán de ser una expresión en este Blog y, junto con los poemas brevísimos, también hijos de mi pluma, formarán parte de otro proyecto. Espero poder concretarlo.

Como hojas al viento

Las entradas de este Blog se publican en 2017, cada martes a la medianoche, desde la República Argentina.

Coordenadas 31°4000S 64°2600O

sábado, mayo 26, 2012

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Homenaje al día del Nacimiento de nuestra Patria
25 de Mayo de 1810

Las tertulias en casa de los Del Pino eran monótonas. Rafael tocaba la misma melodía en el destartalado clavicordio y su hermana Magdalena, el arpa, por cuyos sonidos su madre sentía devoción. Los más jóvenes se divertían jugando a los naipes y haciéndose alguna broma. A las seis de la tarde, más en invierno, era norma, regresar cada uno a su casa. A veces se servía el chocolate caliente con bollos de anís que la esclava Clementina preparaba con dedicado esmero y que la dueña de casa ofrecía gentilmente, pero con cierta mezquindad. María Elena siempre bordaba su ajuar en espera del ansiado novio que algún día  llegaría de Londres.   Manuela Cuenca y Trillo se aburría. Tendría unos dieciséis años y si bien ya estaba en edad de merecer, se oponía a los “convenientes” pretendientes que su padre le buscaba y conseguía. “Vas a tener que decidirte hijita, si no el que va a elegir seré yo” le rumiaba en sus oídos, cuando ella se retiraba a sus aposentos despreciando a comerciantes, militares o hacendados que su progenitor invitaba a cenar con el directo fin de casar a su hija. A Manuela no le gustaban las tertulias en casa de sus primos y con Magdalena tenían un roce especial e innato: ambas no se soportaban. Sin embargo, en aquellos años de comienzos de 1800, en el Virreinato del Río de la Plata, ésas eran las costumbres y había que respetarlas en la vanguardista ciudad de Buenos Aires. Buscando un interesado equilibrio, Manuela cumplía con ahínco otra de las costumbres de la época: asistir a misa. Marchaba diariamente a la misa de 11 de la mañana que Fray Cecilio Loyola daba en un latín sonoro e incomprensible. Llevaba flores blancas del huerto de su casa, para la Virgen del Carmen y no faltaba nunca, aunque lloviese. Su madre, una criolla de estirpe, le rezongaba antes de salir en uno de esos días de llovizna porteña: “Después no te quejes si con el barro se te ensucia el vestido” y de paso comentaba con su esposo: “Me parece que esta hija nuestra va a terminar haciéndose monja” comentario que el Gral. Cuenca no aceptaba con agrado. Él tenía otros planes para Manuela. Sin embargo, ella había elaborado los suyos, muy distantes de ingresar a una orden religiosa. Bernardo, un mulato, hijo de un negro esclavo traído del Brasil y de una española arrojada de su hogar y abandonada en el campo, la acompañaba todos los días hasta la iglesia de Nuestra señora del Carmen, por estricta disposición del General. Porque no era bien visto que una señorita anduviera sola. Debía llegar a la casa de Dios custodiada o acompañada de su madre y hermanas si las tenía. Para entonces, Manuela había trabado amistad con una prima de la esposa del joven y apuesto abogado, Mariano Moreno, llegados unos meses antes de Chuquisaca, ciudad del Alto Perú, hoy Sucre (Bolivia). Con Consuelo Arteaga, se encontraban en los bancos parroquiales y entre sonrisas y murmullos, se encomendaban a la virgen y aprovechaban el rito religioso para hablar de sus amores imposibles. Para el caso que se presentara algún problema, ambas serían testigo de cargo recíprocamente. Picardías de la juventud que, antes que las ideas revolucionarias indicaban el comienzo de una rebelión en el corazón mismo de la sociedad. Desde pequeña, cuando en el polvoriento patio de atrás de la casa jugaba con sus primos y algún invitado al “gallito ciego”, Manuela, había puesto sus ojos en un morenito que los espiaba desde arriba de un tupido ciruelo.
La historia de sus padres, habría de repetirse en la vida de Bernardo. Tuvo la desgracia de enamorarse de Manuela sin sospechar siquiera que ella ya lo estaba de él, desde niños. Sus idas y venidas a misa eran los momentos en que estaban juntos. También en el huerto, pero el lugar era más peligroso, a pesar de que ambos habían experimentado allí, su primer beso. Cuando Manuela descendía del carruaje, se apretaban fuertemente las manos en señal de amor recíproco. Ella le había regalado un pañuelo suyo y él unas semillas rojas, brasileras que la joven guardaba celosamente. La rebeldía, fue simiente en la sociedad porteña, no sólo de  importantes movimientos que hicieron trastabillar el orden institucional impuesto por España, sino también, de grandes amores. Ésa era la razón por la que Manuela Cuenca y Trillo no gustaba de las tertulias ni de la actividad social. Para ella, escuchar la pianola o los recitados eran horas perdidas. Su difícil Mundo tenía un nombre: Bernardo, el que bien sabía, no podría pronunciar jamás en el seno de su familia. Eran, otros tiempos, otras horas. 


2011

sábado, mayo 19, 2012

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Con el suave y rítmico vaivén del “reformer”*, adelante y atrás, adelante y atrás, adelante, flexiono, atrás, extiendo, el joven profesor iniciaba la sesión de Pilates, destinada a un grupo disímil en sexo y edad. Leonor se dejó llevar con los ojos cerrados. Iba y venía en su camilla y la voz del instructor se apagaba. De pronto, recordó, sin saber por qué, a aquél  compañero con el que compartió años de Universidad: Juan Miguel Montero, a quien ella llamaba Miguel a secas, y una emoción antigua y sutil corrió por su cuerpo al que flexionaba y extendía. Leonor había sido siempre poco decidida para afrontar cambios. Cuando aquel joven compañero de estudios recién recibido, de su misma promoción, la invitó a compartir sueños y aventuras, a descubrir mundos invisibles, a pensar en ellos, con la mochila por ropero y un “hostel” por morada, no se animó. Su vida había sido demasiado cómoda y aunque su Ser interior lo deseaba profundamente, no se decidía, tenía miedos. Recién obtenido su título, sin mayor experiencia, le pareció impensada la propuesta de Miguel. Por ese entonces se dejaba cortejar por su actual marido sin cortar la ambigua relación que la unía a su compañero.
Había bajado los brazos y depositado su verde mirada en el piso del salón de actos. No  pudo decirle: ¡Sí!


Familiarmente era estimulada por su madre para concretar un noviazgo formal con Alejandro, su primo lejano, también compañero de estudios, pero no habitual ya que asistía a otra Cátedra. Esa situación, terminaría por retenerla.


Su corazón estalló cuando se despidieron en el aeropuerto con un abrazo largo y silencioso. Más tarde, con su vida prolijamente armada, se casó con Alejandro y guardó, envuelto en brumas turquesas, según había aprendido de su Maestro Shambhala, en el chakra secundario del mismo color, el recuerdo de Juan Miguel. Sin embargo, quedó en su memoria como un secreto del corazón.


Ahora, sorpresivamente había aparecido en el salón del gimnasio y desde el arco de la entrada, la llamaba con un gesto amable. Leonor se levantó del “reformer” y avanzó hacia él, un poco menos esbelto y con incipiente calvicie, notó. En el recodo de un pasillo desierto y silencioso se abrazaron y  unieron sus sentimientos en el beso eterno que nunca se habían dado. El abrazo no cesaba, cuando él la separó lentamente y la miró con ternura, secando una lágrima furtiva que escapó de sus ojos verdes. Entonces, ella le imploró:


_ ¡Llévame contigo!


_ No puedo Leonor, ni yo puedo llevarte, ni tú puedes venir. Recuerda, ambos estamos casados, le respondió casi sin voz. Esa descripción de la realidad tan breve pero dolorosa, la había sobrecogido. Cuando intentó suplicarle otra vez, una voz conocida, la detuvo.


_ Leonor, Leonor, vamos. . .


_ ¿Si?, murmuró mirando a su alrededor con los ojos entornados y la mirada confusa.


_ Vamos, vamos, que ya estamos en el calentamiento Leonor, ordenó rítmicamente el  Profesor. La mujer, sorprendida, admitió para sí, que volvía de un sueño de escasos segundos, sin embargo, todo le había resultado tan real, tan vivo, que se dio el lujo de dudar. Ya la clase no sería como las habituales. Mientras tomaba las manoplas para extender y contraer sus brazos y su tórax, el sueño volvía a su mente Terminó los ejercicios con desgano y volvió a su casa. Compró “comida hecha”  y esperó a su esposo.


Sentados a la mesa comentaron sobre la jornada y ante un gesto de desagrado, levemente insinuado de Alejandro, ella se  justificó:


_ No me sentía bien, querido, así que no cociné.


_ No hay problema, sólo, que tus platos son deliciosos, la halagó.


Continuaron conversando como cotidianamente lo hacían después de cenar,  sobre asuntos laborales y otros temas banales. Próximos a retirarse a su dormitorio, el esposo le dio la noticia.


_ Leonor, casi me olvidaba, me comentaron en la Empresa que la sucursal del interior ya tiene jefe.


_ Bueno, mejor así, no te trasladan entonces, contestó ella con desgano ya que sus pensamientos  aún rondaban el fugaz sueño.


_Sí, en buena hora, pero ¿A que no te imaginas quién tomará el mando de la Central y hará capacitar a los operarios en una serie de técnicas modernas para asegurar el uso de las máquinas que se trajeron de Alemania?


_ No, no me imagino, si no me lo dices,  acotó Leonor.
_ ¿Te acuerdas de ese compañero tuyo que se fue a Europa cuando nos recibimos?


Un poco nerviosa, negó el recuerdo.


 Alejandro, reiteró con inocencia:


_ Sí, Juan Miguel Montero, fue compañero tuyo  ¿recuerdas ahora?


Leonor asintió la pregunta con displicencia, mientras su corazón galopaba al punto de estallar por la emoción escondida.


_ ¿Se casó ese muchacho?  Preguntó, para parecer interesada en la novedad que comentaba su esposo.


_ Sí,  y  viene a radicarse con su familia, respondió. No pudo más y pidiendo disculpas a su interlocutor, se refugió en el baño. Lejos de la presencia de su esposo, parada frente al espejo,  tomó su cabeza con sus dos manos y  miró la imagen que aquél le devolvía. Sus pensamientos se hicieron emoción y unas desacostumbradas lágrimas brotaron de sus ojos, producto de una ansiosa  alegría y de un insinuante miedo.


“Entonces lo presentí” se dijo, sentada sobre la el borde redondeado de la bañera azul.


Los pensamientos, que viajan distancias inimaginables en tiempos inexistentes como ondas iluminadas por la luz de las energías espirituales, anticiparon el regreso de Juan Miguel.


Leonor, fue la mente en blanco que encontraron en su marcha eterna por  el Universo infinito, donde pudieron concretarse. De ahora en más el desafío estaba planteado en su vida.
2011

*reformer: camilla para hacer pilates

sábado, mayo 12, 2012

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Aquella mañana, Sara estaba feliz. Acababa de comprar los pasajes de avión para hacer realidad su tan soñado viaje a Cancún. Había ahorrado desde la debacle del país en el 2002 y de su padre recibiría el premio a la buena hija que era y a la constancia que le permitió recibirse, después de tantos años de estudio. El premio eran dos mil dólares.
En abril, en Córdoba, hay muchos días grises. Ése era uno de ellos.
Un aleteo de manos, quedó atrás cuando el avión comenzó a carretear por la pista.
A Sara, casi le faltaba el aire y el nudo de su estómago se apretaba cada vez más, mientras el Boeing apuntaba hacia un cielo plomizo, rumbo a Santiago de Chile. Las nubes bajas le impidieron disfrutar el impresionante cruce de los Andes, que tanto le hubieron recomendado sus compañeros de trabajo. El viaje fue breve. Casi no advirtió al apuesto joven de traje azul que ocupaba el asiento contiguo. A las 9 y 30 del día siguiente partiría hacia Cancún, en el Estado de Quintana Roo, México.
Abrió lentamente los ojos, cuando el avión se enderezó. Se estiró la falda, se acomodó el pelo y se sobresaltó ante una voz que le preguntaba:
-¿Es la primera vez que viaja en avión?
Miró a su izquierda y se sonrojó al encontrarse con una cara bronceada, de sonrisa amplia que la miraba con simpatía, desde el marco azul de su perfecto traje.
Poco a poco se fue desligando de esa timidez absurda a sus años.
La agradable compañía del joven, unas buenas películas y la calidad del servicio hicieron que a Sara se le volaran las horas del vuelo. Se sobresaltó con la voz del Capitán que aconsejaba al pasaje no dejar de ver la hermosa Isla de Cozumel a sus pies. Un manchón verde oscuro en el azul claro e inmenso del mar.
Los ojos se le llenaron de verde en el trayecto desde el aeropuerto de Cancún hasta el lujoso hotel. Más tarde, no pudo disimular su emoción cuando un camarero, rigurosamente vestido de blanco, recibió su equipaje.
Deslumbrada por un lobby con pisos de mármol y sorprendida por la majestuosidad del mar infinito de aguas turquesa que no terminaba de abarcar desde su habitación, cayó rendida.
Hacía unas horas que había amanecido y ella quería disfrutar al máximo esta oportunidad, quizás irrepetible, por eso desayunó un colorido plato de frutas acompañado por yogur y un claro café de agradable sabor.
Salió, con el sol pegándole fuerte en su rostro. La Avenida Kukulcán, limitada por una inmensa laguna marina de un costado y por un collar de suntuosos hoteles, del otro, se extendía como columna vertebral de la estrecha isla.
Perdida su mirada en el boulevard perfectamente parquizado, bajo un cielo sin nubes, Sara se sintió en el paraíso. Caminó bastante hasta Plaza Caracol, un deslumbrante shopping, donde una multitud de turistas se agolpaba en los negocios de artesanías y de ropas finas. Cuando Sara alzó la cabeza, luego de haber elegido una entre mil pulseras de plata, no pudo contener su sorpresa. Escaparate de por medio, la misma cara bronceada del avión le sonreía. Después del saludo se perdió en el gentío. Le agradó el fugaz encuentro, pero apartó rápidamente el tropel de alocadas ideas que le vinieron a la mente. No…ella no… pero, ¿por qué no?
Las excursiones eran todas prometedoras: Playa del Carmen y Cozumel, Tulum, Xcaret, Xe-lá, Isla Mujeres, Chichen-itsa. Tenía que elegir algunas porque además de ellas, Sara deseaba fervientemente disfrutar de las playas caribeñas. Esas angostas pero largas playas de arena tan fina y blanca como el talco. Y esnorkear, ¿cuando? Los días volarían. Volaron.
En una atrapante carrera contra el tiempo y las fuerzas, Sara pasó de una experiencia multicolor bajo el mar a la indescriptible sensación de encontrarse frente a un vivo pasado maya, en Chichen-itsa.
Fue justamente allí, casi llegando a la cima de la gran pirámide, cuando el joven bronceado del avión le tendió la mano para sortear el último escalón. Sara abandonó rápidamente la respiración yoga que le permitiera el ascenso y se sintió otra vez en el paraíso. Apenas podía respirar y eso que había dejado el cigarrillo hacía diez años. Se sentaron juntos. La coincidencia no dejaba de sorprenderla. Él le habló entonces de su trabajo para un operador turístico argentino y de sus frecuentes viajes a México. Se despidieron sin haber intercambiado mayor información personal.
Sara no podía creerlo. Había dejado para el viernes la excursión a Xcaret y había elegido permanecer todo el día en esa maravilla natural hábilmente explotada para el turismo. Escuchó los sonoros clarinetes mariachis de la entrada. Recorrió la plaza del juego de la pelota donde los antepasados mayas jugaban a la vida o a la muerte. Se sumergió en los ríos subterráneos a 17º de temperatura, sintiéndose la heroína de Indiana Jones. Almorzó acompañada de papagayos y aves del paraíso en un romántico restaurante al son de un xilofón folklórico… Y cuando en el magnífico espectáculo musical de la noche, las luces se apagaron y el público se iluminó sólo con la tenue luz de una vela, el movimiento de cuerpos dejando pasar a alguien que pretendía sentarse a su lado, la dejó boquiabierta. Era acaso, ¿una señal del destino? Esta vez, intercambiaron información toda la noche.
De nuevo el color esmeralda hacia el aeropuerto. Aquél joven que aparecía y desparecía no estaba en la sala de espera. Voló con los ojos cerrados y el pensamiento perturbado hasta el Distrito Federal.
La escala fue de una hora. Mientras los pasajeros ascendían y la azafata verificaba sus asientos con afable disposición, Sara apretó los ojos y se ovilló en el asiento, bajo el amparo del cinturón de seguridad. El boeing despegó.
Era de noche. La tibieza de una mano varonil sobre la suya le arreboló las mejillas. Sus ojos se encontraron con los de él que hablaban de muchos viajes por delante. Abajo ya casi no se veían las luces de la ciudad más grande del mundo.
2010


Posted by Z Millz Moreno in 

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sábado, mayo 05, 2012

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Sobre el escenario, tenuemente iluminado de aquel club nocturno, un hombre alto, pelirrojo y de encantador porte se contorneaba al compás de los acordes de jazz arrancados a su saxofón. Era un artista del instrumento, además de compositor. Desde hacía algunos años llevaba una vida bohemia. Un pequeño apartamento en el último piso de un edificio de seis, antiguo, propio de la arquitectura romántica de comienzos del siglo XX era su accogliente refugio. Los primeros veinticinco años de su vida los había pasado en Italia, cerca de Firenze, trabajando junto a su padre en el cultivo de olivares El artista era fruto de una unión casi inexplicable entre una inglesa de Newcastle, acostumbrada a deleitarse por las tardes con la bruma azul-grisácea del Canal de la Mancha y un alto, moreno y fuerte italiano de la región de Toscana, propietario de una fértil campiña donde los olivos crecían con placidez. Un deseo propio de la edad habría de trasladar a Robert Rossetti hasta un mundo ignoto para él.
Lá, donde vivía un primo que reclamaba su compañía, en medio de tan cosmopolita ciudad, una de las más densamente pobladas del mundo: San Pablo, en Brasil, el gigante verde, habría de recalar el joven. El contraste de ambientes fue casi brutal para Robert, pero se adaptó. Aprendió un portugués brasilero rudimentario y al poco tiempo de su llegada se casó con una uruguaya de Tacuarembó quien le enseño el español. Sus expresiones verbales eran prácticamente desconcertantes ya que fluían musicalmente en  una agradable nueva lengua, mixtura de tres, provenientes del mismo tronco latino. Con su esposa no pudieron darse el lujo de tener hijos, ya que vivían en casa de Luca, el primo, quien les pagaba unos pocos reales por la ayuda de ambos en la fábrica de pastas que regenteaba y que a gatas rendía para sobrevivir. Sin embargo Robert y la uruguaya, algo ahorraban contra viento y marea. La primera y última discusión que mantuvo el matrimonio fue a los siete años de la unión, cuando una tarde, Robert, rebosante de alegría llegó a casa con un saxofón dorado y brillante en el que acababa de invertir todos los ahorros de la pareja. Con un drástico “Le has quitado el techo a tus hijos” la mujer se marchó acompañada de sus pocos bártulos, sintiéndose estafada e incomprendida. Robert no pudo detenerla. “Tal vez no debió salir nunca de Tacuarembó”, pensó, sintiéndose también incomprendido y abandonado. Ese día Robert Rossetti le dijo adiós al amor formal con proyección de futuro. Después de tomar clases con un norteamericano de raza negra que vivía en Vila Leopoldina, bastante lejos del barrio Santa Cecilia, donde lo hacía el anglo-italiano, éste logró descubrir y explorar su veta musical artística. Terminados sus primeros estudios, comenzó a dar sus primeros pasos con el instrumento, pero debería continuar aprendiendo si quería progresar. Así, en el poco tiempo que restaba de su trabajo, lenta y concienzudamente fue avanzando: aprendió escalas mayores y menores, las doce, arpegios, paterns,  escalas de blues, temas y estándar de jazz, adquiriendo de esta forma el estilo que prefería. Años con el maestro de saxo, quien decía haber conocido personalmente a B.B King, le infundieron el gusto por el Blues, aunque él prefería el jazz. “El aprendizaje será veloz y dinámico si sigues los consejos de tu profesor de saxo. Tienes que dedicarle al menos una hora diaria a la práctica de los ejercicios. . .”  eran las palabras del anciano que quedaban flotando en su cabeza, cuando terminaba la clase.

Comenzó a tocar jazz y blues en la pizzería que Luca terminaba de inaugurar, pero luego tuvo que ejecutar alguna balada y algo de bossa nova hasta llegaron a pedirle un mambo y corrió hasta su maestro para obtener la partitura.
Más tarde el pelirrojo saxofonista de la nariz perfecta, como alguna admiradora lo había definido, comenzó a viajar a distintos puntos del país, especialmente por las playas, en verano. El lugar que lo hubo de atrapar fue Florianópolis, una inmensa isla al sur de Brasil, próxima a Uruguay y a Argentina.
Por entonces “Floripa” como la  llaman los brasileros, era el boom del turismo extranjero. El Club  nocturno donde tocaba Robert siempre contaba con visitantes de distintas partes del mundo. En los meses estivales pululaban los argentinos.
Terminada la demanda fuerte de la temporada, Robert regresaba a Sao Paulo para darle un respiro a su primo que, de esta forma podía tomarse unos días de vacaciones con su familia. Como buen “tano” desconfiado, no le dejaba el negocio a nadie que no fuera Robert. Uno que otro sábado tocaba el saxo en la Pizzería hasta que regresara Luca.

Robert Rossetti había sobrepasado en siete años la barrera de los cuarenta, sin mujer ni descendencia, pero con varios amoríos en su haber.
Su cansado corazón palpitaba y sus apasionados sentimientos asomaban al mundo exterior, sólo cuando su saxo se hacía escuchar.

Ese verano de 2002 tocaba todas las noches en un elegante Pub floripense. Era parte de su presentación, alternar con los asistentes en sus mesas durante el tiempo del intermedio. Una joven del lugar, sensualmente ataviada repartía papelitos y bolígrafos para que cada quien, si lo deseaba, escribiese el tema que el artista interpretaría en la segunda parte del espectáculo, aclarando el número de mesa. De la cantidad total de papelitos, Robert extraía solamente tres y complacía al público con su pedido, ejecutandándolos como broche de oro de la función. Cuando iba a interpretar el último tema escogido, el saxofonista miraba siempre hacia la mesa que lo solicitara y en ademán de dedicatoria, lo iniciaba.

Esta vez, fue distinta. Fue un momento crucial en la vida de Robert Rossetti. A pesar de la penumbra del salón, la tenue luz que iluminaba la mesa 38, le permitió divisar los ojos más hermosos y más tristes que jamás hubiese visto y con una sensibilidad especial tocó aquella noche “Con su blanca palidez” Terminado el espectáculo, el saxofonista se dirigió hacia la mesa, donde dos mujeres bebían el último sorbo de sus copas.

Consuelo y María Luisa habían iniciado, veinte días atrás, un tour por el sur de Brasil y les restaban tres días en la isla, aún. María Luisa era una dulce mujer, soltera, amiga de verdad y buena compañera de viaje, con una historia de amores contrariados a su espaldas, por lo que su soltería terminaba protegiéndola.
Acompañaba a Consuelo en sus primeras vacaciones después de tres años de separación.
Nadie hubiese dicho que su matrimonio no era feliz. Ciertamente lo fue en sus comienzos, pero después de siete años de abordar distintos tratamientos para poder quedar embarazada, la convivencia comenzó a deteriorarse a pasos agigantados, especialmente después de su negativa a la propuesta de su esposo: alquilar un vientre en EE.UU. El divorcio sobrevino casi naturalmente, porque si por algo se habían casado Consuelo y Eugenio,  era para fundar una familia y según él, para tener muchos hijos los que  ya llevaban siete años de retraso.
En el tiempo de separación, Eugenio tuvo la dicha de tener dos hermosos varones con su nueva mujer.
La depresión cundió en la vida de Consuelo, pero afortunadamente logró deshacerse de ella al cabo de cierto tiempo de tratamiento psiquiátrico y psicológico. Ahora quería vivir, sin apuro, disfrutando cada momento en el afán de compensar todo lo que había sufrido en su frustrado matrimonio y qué mejor que la compañía de una incondicional amiga como  María Luisa.

Consuelo siempre se había sentido atraída por el saxofón. Amaba a Fausto Papetti. De adolescente planteó aprender a tocarlo por lo cual fue tildada de extraña por sus padres, quienes consideraban que dicho instrumento no era propio de señoritas. Estudiaría, piano, pues.

“Buenas noches”, dijo el saxofonista pelirrojo, vestido de negro y las mujeres contestaron al unísono. Consuelo había bajado la mirada cuando se encontró con los ojos color de miel de Robert. Se sintió incómoda, temerosa, como una jovencita inexperta. La garganta se le secó y no pudo articular palabra. Ese hombre peculiar y su actitud, la había perturbado. María Luisa, que bien la conocía, tomó la delantera e inició una amigable charla con el artista, sin embargo éste sólo tenía ojos para su amiga.

Después de una agradable conversación, en la que Consuelo hizo algunos escasos aportes, al despedirse, Robert, las invitó a una excursión marítima para ver  os golfinhos  (delfines) y luego almorzar en el moderno Restaurante emplazado en un viejo fuerte portugués.
María Luisa tenía planes personales los que, anteriormente, hubo de comunicar a su amiga, por lo que gentilmente declinó la invitación e insistió para que Consuelo aceptara.

Como el destino lo había diseñado, hicieron la excursión, conversaron, tomaron fotografías e intentaron conocerse. En algunas facetas de sus personalidades se sintieron el uno para el otro. Los encastres de sus vidas coincidieron y lograron ensamblarse en apenas horas del tiempo convencional. Para cuando llegó la tarde ya se había establecido entre ellos una unidad de pensamiento. Las emociones que nacieron en ambos fueron pasionales y la sorpresa de Consuelo la abrasaba como el sol del mediodía de un cálido Janeiro. No lograba reconocerse en ese cúmulo de sentimientos al que había ingresado  a través de los ojos del saxofonista.
Una fuerte atracción se apoderó de ellos y los acompañó.
La capelina que llevaba Consuelo casi resulta arrebatada por el viento del mar, de no ser por el gesto rápido de Robert que la alcanzó con su mano, forzando un acercamiento impensado que lo arrastró hasta el pecho palpitante de  la mujer. La tentación de unir sus bocas fue más fuerte que sus normas y se besaron largamente.  Continuaron el paseo en silencio y con la mirada hundida en el mar azul de la bahía.

Esa noche mientras tocaba sus saxo no dejó de mirarla. Consuelo se sonrojaba con un rubor maduro rescatado de un mundo hasta entonces perdido.
Después de su actuación, Robert la invitó a bailar. Bailaron muy juntos, pegados.
María Luisa, bendecida celestina, avisó a Consuelo que debería quedarse dos días más sola, ya que visitaría a unos parientes lejanos que vivían en Sao Francisco do Sul.
No podía desaprovechar esa oportunidad de repetir los momentos vividos con el pelirrojo saxofonista, pensó.  En pocos días más cumpliría sus cuarenta y dos años, edad mágica en la mujer, según leyó en algún texto alguna vez. También pensaba que esta aventura sería pasajera, no tendría futuro, por lo que siguiendo los consejos de su amiga debería vivirla en toda su intensidad. Después “¿Quién le quitaría lo bailado?”

La noche siguiente igualmente que la anterior, estaría sola y las miradas del saxofonista la seguirían ruborizando. También volverían a bailar apretados.
A Robert le subyugaba la música suave de la bossa nova y alguna española romántica que seguían a su actuación, casi en los albores del otro día.

Suavemente la fue guiando en medio de otras parejas hasta el fondo del salón en un inteligente desplazamiento. Trasponiendo el cortinado bordeaux había un pasillo corto que terminaba en una especie de camerino al que entraron sin separarse. Sobre una mesa pequeña descansaba el saxofón, ya enfundado. Al tiempo que la besaba, tiernamente, la apoyó contra la pared de madera y en un certero movimiento levantó su falda. Una mistura de emociones, olores, palabras entrecortadas,  y mil sensaciones más, los envolvió. Fue suficiente.

No habían dejado de comunicarse en los cuatro meses que sucedieron a aquella noche. Cada cual debería organizar su vida para volver a  estar juntos.

El llamado telefónico que precedió a la noticia lo puso nervioso. María Luisa no había llamado nunca. Tomó el tubo del viejo teléfono instalado años atrás en su departamento y escuchó las novedades. Se quedó con las últimas palabras de la amiga: “Te necesita”.

Dejó el teléfono descolgado, con la cabeza gacha y sus pensamientos girando a su alrededor, se desplomó en la poltrona roja y lloró.

Fue el momento más impactante de su vida. Hubiese querido tenerla cerca, abrazarla, besarla. La necesitaba. Lo necesitaban. Presto, se dirigió al aeropuerto y buscó el primer vuelo hacia Argentina.

Luego de cumplir con los trámites aeroportuarios de rigor, entró en el free-shop y compró
el más bonito peluche  y el perfume preferido de Consuelo.
Sumergido  en las nubes sonrosadas del atardecer que rodeaban la aeronave, con una sonrisa en los labios, se durmió.

Una villa serena y austera, próxima al Océano Atlántico, con extensas playas que recordaban las de Saint Exupéry, sería el lugar elegido para que vivieran los tres.
2011

Posted by Millz M in 

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No te duermas sin un cuento. . .by Zuni Moreno. Con la tecnología de Blogger.

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La vida nos reúne en cualquier lugar y nos cuenta historias cotidianas.

Yo las he interpretado a través de los cuentos breves y los microrrelatos.

Y, a los sentimientos que fluyen de aquéllas, los he expresado en simples poemas.

Aquí, mi trabajo, para ustedes.

Zuni Moreno

Reconocimiento II


Todas las pinturas que acompañarán las entradas de "No te duermas sin un cuento", durante 2017 pertenecen a uno de los pintores argentinos más reconocido a nivel nacional e internacional, no sólo por la calidad de sus obras sino además por su particular temática: Benito Quinquela Martín (1890-1977)

Barcos de Quinquela Martín

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Todas las pinturas que acompañan las entradas de "No te duermas sin un cuento" pertenecen a uno de los artistas rusos contemporáneos más admirado: Vladimir Volegov.

Este pintor nos acompañará durante el año 2016.

Mujeres de Volegov

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Capturando la vida

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Rosas, rosas

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Tres de mis poemas y un cuento obtuvieron el 17-11-2012, el 3er. Premio en el Concurso Internacional,"Elegidos 2012" organizado por El Instituto Cultural Latinoamericano, de Junín, Provincia de Buenos Aires, Argentina.

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