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Mostrando entradas de mayo, 2012

Otras horas

Homenaje al día del Nacimiento de nuestra Patria 25 de Mayo de 1810
Las tertulias en casa de los Del Pino eran monótonas. Rafael tocaba la misma melodía en el destartalado clavicordio y su hermana Magdalena, el arpa, por cuyos sonidos su madre sentía devoción. Los más jóvenes se divertían jugando a los naipes y haciéndose alguna broma. A las seis de la tarde, más en invierno, era norma, regresar cada uno a su casa. A veces se servía el chocolate caliente con bollos de anís que la esclava Clementina preparaba con dedicado esmero y que la dueña de casa ofrecía gentilmente, pero con cierta mezquindad. María Elena siempre bordaba su ajuar en espera del ansiado novio que algún día  llegaría de Londres.   Manuela Cuenca y Trillo se aburría. Tendría unos dieciséis años y si bien ya estaba en edad de merecer, se oponía a los “convenientes” pretendientes que su padre le buscaba y conseguía. “Vas a tener que decidirte hijita, si no el que va a elegir seré yo” le rumiaba en sus oídos, cuando ella …

Leonor

Con el suave y rítmico vaivén del “reformer”*, adelante y atrás, adelante y atrás, adelante, flexiono, atrás, extiendo, el joven profesor iniciaba la sesión de Pilates, destinada a un grupo disímil en sexo y edad. Leonor se dejó llevar con los ojos cerrados. Iba y venía en su camilla y la voz del instructor se apagaba. De pronto, recordó, sin saber por qué, a aquél  compañero con el que compartió años de Universidad: Juan Miguel Montero, a quien ella llamaba Miguel a secas, y una emoción antigua y sutil corrió por su cuerpo al que flexionaba y extendía. Leonor había sido siempre poco decidida para afrontar cambios. Cuando aquel joven compañero de estudios recién recibido, de su misma promoción, la invitó a compartir sueños y aventuras, a descubrir mundos invisibles, a pensar en ellos, con la mochila por ropero y un “hostel” por morada, no se animó. Su vida había sido demasiado cómoda y aunque su Ser interior lo deseaba profundamente, no se decidía, tenía miedos. Recién obtenido su tít…

El Premio

Aquella mañana, Sara estaba feliz. Acababa de comprar los pasajes de avión para hacer realidad su tan soñado viaje a Cancún. Había ahorrado desde la debacle del país en el 2002 y de su padre recibiría el premio a la buena hija que era y a la constancia que le permitió recibirse, después de tantos años de estudio. El premio eran dos mil dólares. En abril, en Córdoba, hay muchos días grises. Ése era uno de ellos. Un aleteo de manos, quedó atrás cuando el avión comenzó a carretear por la pista. A Sara, casi le faltaba el aire y el nudo de su estómago se apretaba cada vez más, mientras el Boeing apuntaba hacia un cielo plomizo, rumbo a Santiago de Chile. Las nubes bajas le impidieron disfrutar el impresionante cruce de los Andes, que tanto le hubieron recomendado sus compañeros de trabajo. El viaje fue breve. Casi no advirtió al apuesto joven de traje azul que ocupaba el asiento contiguo. A las 9 y 30 del día siguiente partiría hacia Cancún, en el Estado de Quintana Roo, México. Abrió lentame…

Dos destinos

Sobre el escenario, tenuemente iluminado de aquel club nocturno, un hombre alto, pelirrojo y de encantador porte se contorneaba al compás de los acordes de jazz arrancados a su saxofón. Era un artista del instrumento, además de compositor. Desde hacía algunos años llevaba una vida bohemia. Un pequeño apartamento en el último piso de un edificio de seis, antiguo, propio de la arquitectura romántica de comienzos del siglo XX era su accogliente refugio. Los primeros veinticinco años de su vida los había pasado en Italia, cerca de Firenze, trabajando junto a su padre en el cultivo de olivares El artista era fruto de una unión casi inexplicable entre una inglesa de Newcastle, acostumbrada a deleitarse por las tardes con la bruma azul-grisácea del Canal de la Mancha y un alto, moreno y fuerte italiano de la región de Toscana, propietario de una fértil campiña donde los olivos crecían con placidez. Un deseo propio de la edad habría de trasladar a Robert Rossetti hasta un mundo ignoto para él…