Sin soñar un Poema. Sin conocer un lugar. Sin admirar una pintura

Del Poema "Alma venturosa"

“Al promediar la tarde de aquel día,

cuando iba mi habitual adiós a darte,

fue una vaga congoja de dejarte

lo que me hizo saber que te quería.”

De Leopoldo Lugones (1874-1938)

Poeta argentino

Aviso de "Un Cambio"

A partir de 2017, los Microrrelatos o Mini cuentos dejarán de ser una expresión en este Blog y, junto con los poemas brevísimos, también hijos de mi pluma, formarán parte de otro proyecto. Espero poder concretarlo.

Como hojas al viento

Las entradas de este Blog se publican en 2017, cada martes a la medianoche, desde la República Argentina.

Coordenadas 31°4000S 64°2600O

sábado, marzo 31, 2012

/


IV
Silvia Lainez, estaba realmente sorprendida cuando vio llegar a Lisandro, su esposo portandolivianos maniquíes bajo sus brazos. En ese momento no quiso revelar los temores que le producían esos extraños seres que cobraban vida ante ella.
_ Los dejo sólo por hoy, en el altillo, querida, mañana los cargo en el auto y los llevo. Tengo prisa en entregarlos.
_ Sí, Lisandro, pero sólo quedan dos estantes vacíos. Necesitarás escaleras, sentenció Silvia, tratando  de disuadir a su esposo de alguna forma. Sin embargo, el podría acomodarlos, su talla se lo permitiría. La mujer, se resignó y sólo atinó a asentir amablemente, casi sin poder respirar. No iba a plantearle ninguna cuestión a su esposo, debido a esa confusión de su mente que,  la había hecho padecer en ocasiones pasadas. Pero indiscutiblemente sabía que la guerra entre los maniquíes  y ella estaba declarada, pues ahora, ya no se trataba de una batalla fuera de su casa. Ahora, habían tomado posición en su propio terreno. Un cruel presentimiento la abrazó.
Después de cenar, el matrimonio pasó a la sala para beber un té de tilo que preparó el hombre, “Para conciliar el sueño” ya que deberían descansar para emprender otro viaje de negocios, a la mañana siguiente.  Casi dormidos, marcharon a su dormitorio, luego de haberse abrumado con noticieros y burdos programas televisivos. La noche se presentó tranquila. Pero, llegando el amanecer, un sacudón despertó a Silvia. “Es un movimiento de Lisandro” pensó. Sin embargo, al abrir lentamente los ojos, apesadumbrados por el sueño, dramáticamente vio la realidad que se le presentaba. Los cuatro maniquíes rodeaban la cama, mirándola fijamente. Su esposo no estaba en ella. Lo llamó con un hilo de voz pero nadie respondió, sólo la risa de los seres de plástico que la escrutaban con sorna. Otra vez estaban desnudos, sin embargo, su sexo no estaba marcado.
Sorpresivamente, uno de ellos hizo el intento de acercarse a ella. Silvia saltó de la cama y corrió a la cocina, tomo el cuchillo de la carne que era el más afilado y descargó cuchillazos a diestra y siniestra. En esta ocasión, Silvia estaba enloquecida, una fuerza inusual la dominaba y sus contrincantes no lograban sujetarla. Poco a poco fueron cayendo, uno a uno hasta que el último, el más alto de los maniquíes se abalanzó sobre ella, tomándola del cuello. Luego, logró arrastrarla de los cabellos hasta su cama donde bruscamente la depositó, aplicándole, de inmediato, una de las almohadas sobre su rostro. Los brazos de Silvia se agitaron como alas luchando por su vida hasta que despaciosamente se aquietaron.
Esa noche, no pudo escapar de la tragedia, había sido claramente vencida.
A la mañana siguiente el médico de la familia firmó el certificado de defunción de Silvia Lainez justificando su muerte a raíz de un paro cardio-respiratorio.
_ No te quedes solo en la casa, Lisandro, puede hacerte mal, recomendó el profesional amigo. Si quieres, puedes venir a mi departamento después del velatorio, agregó.
_ Gracias, amigo, lo pensaré. Ahora, he de  acomodar un desorden que hay en la cocina y  me daré una ducha. Luego, voy para la casa mortuoria.
_ Allí te espero, respondió el médico.
Lisandro juntó los restos de sus maniquíes cortajeados y con lágrimas contenidas, que al fin rodaron sobre su rostro, murmuró: “pobrecitos, pobrecitos. . .”
Fin
2012




Posted by Millz M in 

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sábado, marzo 24, 2012

/



III
Silvia Lainez, a pesar de sus temores no revelados, a pesar de la confusión de sus pensamientos, había decidido acompañar una vez más a su esposo en su nuevo viaje de negocios. Ninguno de ambos había hablado acerca de los últimos acontecimientos, pero cada quien, tenía su estrategia planteada y pensaba ponerla en práctica, en cuanto hubieran de separarse. La mujer, no entendía cómo su esposo parecía no advertir su sufrimiento. Se sintió sola. Había pensado en ir a la peluquería más cercana de los comercios que visitaría su esposo y lo más próximo, casualmente, era un shopping. Afortunadamente, Lisandro se proponía visitar a dos clientes allí, así que, contentos ambos, por la coincidencia y el alivio no expresado de sus propios temores, se separaron, frente a un moderno y confortable local de peluquería. Lisandro tenía para un largo rato, ya que las vicisitudes financieras que se vivían, requerían de un mayor esfuerzo en su propósito de convencer y vender. Silvia entró al Salón y pronto supo que debería esperar su turno un largo rato. Decidió recorrer algunas casas de moda, pero se detuvo justo enfrente de la peluquería, ante una amplia vidriera, donde dos jóvenes estaban decorándola para presentar la nueva temporada. Dispersos en su interior, hojitas de otoño de cartulina, alfileteros, ropas y una botella de gaseosa con dos vasos, era lo primero que podía apreciarse. Más allá, en el otro frente un cartel que rezaba: “Vidriera en preparación” y atrás, los maniquíes desnudos, esperando para ser vestidos con los últimos designios de la Moda. Silvia miró absorta ese escenario y regresó al salón. Su baño de crema para el cabello estaba presto junto a una adorable empleada, aprendiz de peluquera, que sonrientemente hizo el tratamiento en la cabeza de Silvia. Luego, le colocó una gorra de plástico, color aluminio y la llevó a un moderno secador de pie, bajo el cual, la sentó.
_ Ahora son quince minutitos Señora, avisó. Si quiere leer algo, me dice, le ofreció.
_ Por ahora está bien, gracias, respondió Silvia.
La mujer quería estar tranquila y observar a las otras mujeres. No aceptó el ofrecimiento y pensó en la compra que realizaría más tarde, si había tiempo.
Al calorcito del secador de pelo, se quedó tranquila, cuando de repente, un ejército de maniquíes desnudos, caminando como robot, invadió el salón, para comenzar a girar alrededor de las mujeres sentadas, en una danza insospechada, tocándolas, tomándolas del cabello, sentándose en sus faldas. A ella no la habían descubierto. Sorpresivamente, el más alto de los maniquíes dio una señal y todos sus subordinados se reunieron junto a él para recibir la orden.
_ ¡Dios mío! ¿Qué harán ahora?, pensó Silvia, mientras, ante sus atónitos ojos, los blancos y pelados seres, tomaron las tijeras que encontraron y comenzaron a cortar, tajeando pelos y ropas de las sometidas señoras que no atinaban a hacer nada de nada. Silvia se preguntaba porqué no pedían auxilio. Prontamente habría de tocarle el turno a ella. Uno de los maniquíes la descubrió y avisó al jefe. Los dos se abalanzaron sobre la mujer y suavemente la retiraron del secador de pie. La llevaron al centro del Salón y le arrancaron su gorra de tela aluminizada. Su pelo ya seco pero empastado por la crema quedó al descubierto como una seca cascada. Silvia cerró sus ojos y rezó. Sentía el dolor en su cabeza, los tijeretazos llegaban, algunos a la raíz de su cabello. Algo se sangre brotaba de su cuero cabelludo.
_ Es ella la que nos perturba, la que nos espía en las vidrieras, comentó el Líder a sus inferiores. Aterrorizada, Silvia no podía hablar y permanecía inmóvil en el lugar en que la habían dejado, mientras los maniquíes danzaban a su alrededor ante la mirada estupefacta de las otras mujeres. Logró mirarse en un espejo cercano y descubrir su desfigurada cabeza con un hilo de sangre corriendo por su frente y bajando como manantial carmesí por su mejilla izquierda. El bailar de los maniquíes armados de tijeras se detuvo ante la orden del jefe que indicó: Hacer en el rostro de Silvia un tajo a la altura de su mandíbula derecha, como gesto de benevolencia.
_Podría cortarte la garganta, le susurró al oído con voz ronca. Pero esta vez te perdono, sentenció el líder y tras esas palabras se marchó con sus vasallos por donde entraron. Silvia quedó tiritando, parada, sola, sin que nadie la auxiliase y sintió el calor de la orina bajando por sus piernas. Rompió en llanto y al instante, una voz joven y dulce la desdibujó del centro de la sala. Se redescubrió en el cómodo sillón bajo el secador de pie.
_Señora ya pasaron más de quince minutos, lo siento, pero tuve que despertarla. Las señoras siempre dormitan en este secador. ¿Lavamos?, preguntó, arrastrando por la cintura a Silvia hasta el lava-cabezas.
La empleada inició su trabajo de lavar el cabello y retirar todo el exceso de crema, cuando notó manchas de sangre en la cabeza de la mujer.
_La dejo cinco minutitos Señora y enjuagamos. ¿Le parece?
_Sí respondió, débilmente Silvia.
La aprendiz, rápidamente se dirigió donde estaba la dueña de la peluquería y le explicó lo que pasaba.
_ No digas nada, aconsejó su Superior, fíjate que no sangre. No creo que haya sido la crema, la verdad, no sé, pero si ella no siente nada, lávale con cuidado.
La empleada cumplió la orden “al dedillo” y completó su trabajo. Cuando Lisandro la vino a buscar, Silvia, estaba pálida y temblorosa.
_ ¿Qué pasa, querida? Preguntó su esposo.
_ Nada, respondió ella, se me debe haber bajado un poco la tensión con el calor del secador de pelo. Eso, nomás.
Esta vez, Silvia no dijo nada a su esposo. Debería pensar. Sí, pensaría en algo. Mientras viajaban de regreso al hogar, luego de una jornada habitual, Silvia puso en marcha el CD del auto y escuchó música celta.
Por su parte, Lisandro con el rabillo del ojo, observaba discretamente cómo su mujer, llevaba las manos a su cabeza, cada tanto. . . 

2010

sábado, marzo 17, 2012

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II
Silvia Lainez había viajado nuevamente con su esposo, esta vez y a su pedido, con un plan bien acordado: Lisandro haría las entrevistas a sus clientes más temprano y no regresarían de noche. Bajo esas condiciones propuestas por la esposa, iniciaron el recorrido. Ya casi estaba terminado el trabajo de la jornada y el mediodía sugería un descanso reparador, para lo cual, nada mejor que un fresco y liviano almuerzo en un paquete restaurante vegetariano.  Sólo restaba un cliente y Lisandro habría de visitarlo a la siesta, como era costumbre hacerlo con él, ya que a esa hora el trabajo menguaba. Llegaron al lugar y el ruido atronador de una tormenta de verano acuciaba sobre los árboles. El desplome de un rayo a lo lejos y luego la lluvia refrescante, motivó a Silvia a apoltronarse, como era su costumbre, en el asiento del acompañante. Miraba correr la lluvia por el parabrisas y recorría desde abajo hacia arriba, los árboles que se bamboleaban con el viento. El cielo se oscureció aún más, por gruesas nubes grises.
Cuando giró su cabeza hacia la vereda de enfrente descubrió una inmensa vidriera, esta vez con maniquíes sin brazos.
_ ¡Qué mal gusto!, pensó Silvia Lainez. Su marido había prometido regresar pronto, pero la mujer sabía que ésa, era una promesa siempre incumplida. Contaba con tiempo a favor, decidió entonces, disfrutar del momento bajo la lluvia. Sus ojos se fueron cerrando lentamente en un revoleo hacia las gotas que golpeaban las ventanillas, cada vez más frecuentes. De pronto, un ruido estruendoso, parecido a una explosión la hizo sobresaltar:
_ ¿Y eso qué fue? se preguntó. Agazapada en el asiento, se incorporó despacito. Vio todo, calle y lluvia por medio: un hombre de apariencia joven se retorcía en el suelo. Una mujer rubia de espaldas, lo miraba indiferente, sin prestarle ayuda alguna. Silvia hubiese jurado que su aspecto se parecía mucho al de los maniquíes de la primera vez. Sin embargo, su cabellera mojada y blonda la disuadió en ese momento. En su mano, aún humeante, un pequeño revólver. La vereda estaba desierta, no había movimiento ni de personas ni de automóviles, sólo los maniquíes sin brazos miraban horrorizados el charco que se iba agrandando con el fluir de la sangre, debajo de la cabeza del hombre. La mujer rubia se retiró, se fue caminando, perdiéndose en la cortina gris de la lluvia de verano, arrojando al pavimento la peluca gris que la cubría. Silvia no vio ese gesto y preocupada, pensó rápidamente en pedir ayuda. Sigilosa, se bajó del coche. Corrió hasta dónde estaba el hombre, lo tomó con cautela por sus hombros, manchándose las manos con sangre y lo habló: Nada, le cerró los ojos claros desorbitados y gritó:
_ ¡Ayuda, ayuda, por favor!, sollozando y con el corazón acelerado. Golpeó varias veces la vidriera fuertemente.
_ ¡Qué alguien me escuche, por favor, que alguien me escuche: han matado a un hombre!
 Los maniquíes sin brazos la miraban compasivos, pero con una mueca burlona. Desesperada, Silvia seguía golpeando.
 _Silvia, Silvia ¿No quieres bajarte y tomar un refresco? ¡Hace tanto calor! Le llegó la voz de su marido, con tono susurrante y abriendo de golpe los ojos se abrazó a Él.
_ ¿Escuchaste, Lisandro? ¿Escucharon? Preguntó aferrada y temerosa.
_ ¿Qué cosa? contestó el hombre.
_ Mi pedido de auxilio, una explosión. . .
_ No querida, no escuchamos nada, es hora de siesta y lluvia, habrá sido un rayo a lo lejos, completó Lisandro, sin darle mucha importancia.
_ ¡No, No!, mataron a un hombre recién, una mujer rubia lo hizo y se murió, pobrecito, nadie vino a ayudarlo, enfrente, enfrente. . . ya casi sin voz, explicaba Silvia, ante la mirada indolente de su esposo.
_ No, querida has soñado otra vez, no hay nada en la vereda.
_ Pero yo lo vi, me había dormido y me desperté, estaba ahí en medio de un charco de sangre ¡Por Dios! Son esos malditos maniquíes.
_ ¡Lisandro!, exclamó, ¡Lisandro gritó! ¿Qué han hecho? El hombre con gesto de resignación le propuso:
_Vamos,  Silvia, vamos a ver, repitió.
Se pararon en la acera todavía mojada por el agua de lluvia, limpia, a pesar del revuelo de hojas caídas. Desde la vidriera los maniquíes parecían sonreír.
_ ¿Ves, querida? no hay nada, nada, tuviste una pesadilla por dormirte en el auto. Otra vez te bajas conmigo, le reprochó.
Lisandro observó sobre el cristal de la vidriera restos de sangre. No dijo nada y volvieron al automóvil. Estaban por irse, empujados por el intenso calor que sobrevino a la lluvia de la siesta. Casi suben al vehículo, cuando de la nada emergió, raudo, un patrullero. Un agente policial se bajó y preguntó:
_ Recibimos una llamada de auxilio, pero no pudieron precisar la altura de la calle, sólo que había una gran vidriera. ¿Saben algo Uds.?
_ No, nada agente, no somos de este barrio y ya nos íbamos.
Lisandro condujo en silencio. Silvia lo acompaño con los ojos bien abiertos, mientras se miraba y restregaba las manos, una y otra vez. . .

2010

sábado, marzo 10, 2012

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I
Silvia Lainez había viajado con su esposo sin mucha ilusión en ese derrotero de clientes a convencer, pero igualmente, conociendo que se cansaría, decidió acompañarlo. Llegaron al lugar de la última visita y se apoltronó en el asiento finamente tapizado del coche nuevo, imprescindible para el trabajo de su marido.
 _Me demoraré un rato, Silvia, ¿No quieres bajarte y tomar un café?  Preguntó él, con tono cansado, presuponiendo que su esposa no lo haría.


_No, no te preocupes, yo estoy bien en el auto y si me aburro sigo leyendo el Libro que traje, contestó Silvia, tranquilizándolo.
Primero atinó a quedarse en silencio, con los ojos cerrados, pero pronto los abrió y contempló la calle casi desierta, los pocos transeúntes que quedaban y se detuvo en la vidriera de una casa de Modas, frente a la cual habían estacionado. El escaparate ostentaba una colección de maniquíes luciendo ropas magníficas, pero no llevaban pelucas como la generalidad. Silvia sintió como si las estatuas flexibles dirigieran su mirada, todas juntas, hacia ella. Se estremeció. De pronto, le pareció que los maniquíes salían de la vidriera y enfilaban hacia el auto, donde ella se ovillaba cada vez más en el asiento. La llamaban, sus rostros parecían amables pero fríos, sus cabezas sin pelos la impresionaban. Silvia sonrió y bajó del coche, como flotando. Se tocó la nuca y un remolino ensortijado de rulos azabaches la calmó. Ahora era una más. Se sentía delgada, estilizada, alta, elegante, sus piernas eran largas y esbeltas y lo mejor de todo, tenía pelo. La noche ya había llegado. Todo era oscuridad, salvo por las luces encendidas de la vidriera adonde la llevaban. De allí, bajaron por una corta escalera al salón de ventas y comenzaron a danzar. Silvia los acompañó hasta marearse y caer al piso. Quiso levantarse pero no pudo. Sus compañeros de baile se abalanzaron sobre ella y observándola fríamente, danzaron a su alrededor. Algunos, la pisaron, pero eran tan livianos que Silvia, casi no sentía los pasos sobre su cuerpo, cuando de repente, todo se detuvo, todo quedó en silencio y tumbada en el piso helado, sin poder moverse, observó todo. Un maniquí hermoso hizo su arrogante entrada en el salón. Vestido de mujer, de a ratos y de a ratos de hombre, parecía no tener sexo. Como por arte de magia su atuendo pasaba del femenino al masculino, bajo la tenue luz que llegaba de la vidriera, iluminando al grupo quieto y a la invitada. Como respuesta vertiginosa al ademán de este armazón casi humano que parecía ser el jefe del grupo, todos los demás rodearon el cuerpo tendido de Silvia y con una saña feroz comenzaron a arrancarle uno a uno los pelos de su frondosa cabellera negra.
_ No, no, ¿Qué hacen? gritaba la mujer convertida en maniquí con pelo. El dolor era penetrante. Silvia sintió que unos hilos de sangre le corrían por el rostro y gritó repetidas veces, gritó casi sin voz. Estaba como adherida al suelo. El dolor del arranque de los pelos la superaba. Forcejeaba en vano. Se desmayó.
 De repente, los maniquíes dejaron de torturarla y comenzaron nuevamente a bailar a su alrededor. La jefa tomó los cabellos de Silvia y se marchó por donde vino.
Los súbditos alzaron por los brazos a la invitada y la enfrentaron con un espejo de buena calidad, agitándola para que despertara. La imagen devuelta fue horripilante. Silvia se vio pelada y su cabeza ensangrentada e hinchada. Exclamó su dolor y desesperación en dos palabras:
_ ¡Déjenme ir! El dolor parecía no importarle.
_ ¡Déjenme ir! Clamaba, mientras los que la sujetaban se acercaban con extrañas muecas muy cerca de su rostro. En un momento se sintió volar por el aire. La habían subido al escaparate por donde habían salido y en un abrir y cerrar de ojos, la arrojaron tras el vidrio que, con el impacto, no se rompió. Una, dos, tres veces, hasta que al fin lo lograron, ensangrentada cayó Silvia en la vereda y sobre ella un garrotillo de vidrios.
Entumecida por el frío, el dolor y las heridas borbotoneantes de sangre, en la oscuridad de la noche, le pareció escuchar la voz de su esposo: Silvia, Silvia, le llegaba un susurro distante, como de otro mundo.
A duras penas y ante los zamarreos del hombre, Silvia logró entreabrir los ojos.
_ ¡Lisandro, exclamó, Lisandro gritó! ¿Qué me han hecho?
El marido aparentemente sorprendido, miró su revuelta cabellera enrulada.
_Querida, querida, te has dormido profundamente y no podías despertar.     Seguro haz tenido una pesadilla. ¿No te parece? Ésta, es la última vez que termino de noche, aseguró el esposo, encendiendo el motor, ante el silencio de Silvia que seguía como en trance mirando hacia adelante, tocándose la cara y la cabeza.
Al sacar el auto del lugar, Lisandro le comentó.
_ Mira, Silvia, éste es un lugar peligroso, mira esa vidriera. No estaba rota cuando llegamos. Parece que han intentado robar y como el vidrio es templado, sólo la rajaron. . .

2010




sábado, marzo 03, 2012

/



Desde el filo de un cerro, en el cordón de las Sierras Chicas de Córdoba de la Nueva Andalucía, la que fundara en 1573 aquel andaluz nacido en Sevilla, generoso y pacífico llamado Don Jerónimo Luis de Cabrera, un aborigen* moreno, alto y espigado, vistiendo una especie de rústica camiseta larga, la había divisado lavando unas ropas en el estrecho arroyo. Ella no lo advirtió esa vez. La vegetación enmarañada, propia de los valles cordobeses fue testigo de una de tantas historias que comenzaron a repetirse entre los pobladores naturales de estas tierras y los colonizadores, algunos y conquistadores otros, que llegaron desde Europa. Todos los días a la misma hora, él la contemplaba con su ojo avezado sin ser visto y ella canturreaba en español, pero el hombre de barba oscura, rasgo típico de esta etnia, no alcanzaba a escucharla. Ese día él decidió bajar abriéndose paso entre los arbustos como un puma silencioso. Llegó hasta muy cerca sin ser oído ni visto desde la otra orilla del cauce angosto pero cristalino.
Arriba, un cielo azul-celeste límpido donde brillaba el sol.
Abajo, una historia por iniciarse.

Una semana solamente había transcurrido desde el avistaje y cada vez era mayor la osadía del aborigen, basada en la calma de esa mujer distinta, de ojos negros y cabello también negro y ensortijado. Su piel, sus caderas redondeadas y sus pechos blancos apareciendo en el profundo escote, el que admiraba aún más, cuando ella se agachaba a meter y sacar la ropa  varias veces en el agua enardecían su sexo. Estaba decidido, se presentaría arrastrándose como iguana entre las piedras. 

Otra semana tardó el comechingón* en pisar la ansiada orilla más por indecisión que por distancia. Hacía días que rodeaba el cerro y venía por la quebrada, asegurándose estar antes que la mujer blanca. Parado,  al descubierto, seguro, esperó casi todo el día y terminó marchándose al anochecer loco de furia. Ella no llegó.
La vigilancia desde el llano continuó a pesar de la ausencia y al tercer día desde la misma, el guerrero cruzó a la otra orilla del arroyo y se quedó agazapado tras un cúmulo de arbustos bajos que no superaban el metro de altura, una mistura de carquejilla, peperina y algún piquillín joven. 
 Ese día, la mujer blanca volvió con su cesta desbordante de  ropa para lavar y, conocedora del lugar palmo a palmo lo distinguió. Siguió su camino hasta el cauce de agua como si nada pasara y se dispuso a cumplir con su misión. No la había terminado aún, cuando un movimiento brusco que agitó su alrededor la sobresaltó. De repente, se sintió elevada por los aires en brazos de un ágil corredor que la condujo a la orilla de enfrente para internarse en la quebrada hasta una especie de gruta cavada en la sierra. Micaela no podía articular palabra ya que una mano fuerte le tapaba la boca. Bien sabía que los indios* de la zona no cabalgaban aún y que el caballo no era conocido en estas nuevas tierras sino que había sido traído por los españoles con fines de colonización y sólo ellos los usaban.
Sus ojos negros parpadeaban incesantemente viendo traspasar matorrales, espinillos y plantas desconocidas, que parecían esfumarse en la carrera pedestre.
En la cueva, el comechingón agitado y sudoroso la acostó sobre la tierra limpia de piedras y yuyos*, arrodillado a su frente se quedó mirándola. Ella no se resistió,  pero sin embargo se incorporó y valientemente le clavó sus ojos en los de él, los que para su sorpresa no inspiraban miedo. Por el contrario, parecían tiernos en ese momento. Observó su vincha* tejida en lana de colores vivos y sus adornos en brazos y cuello hechos con tiras de cuero de guanaco. Una sensación agradable la recorrió. Él,  le rozó la cara y le tocó el pelo, luego la olió. Micaela siempre había escuchado a su padre defender a los pobladores de estas lejanías australes por lo que había ganado la confianza de muchos aborígenes enseñándole a no temerles, por cuya razón, hizo lo mismo: Deslizó su mano sobre la cara cubierta por la barba negra que le recordaba a su primo Miguel,  quien vivía lejos de Córdoba, en la pampa húmeda, allá en Santa Fe de la Veracruz*, si bien la tez de su raptor era muy  oscura, luego tocó su cabeza. . . y lo olió. Fue suficiente. Él la empujó hacia la tierra oscura y la poseyó sin resistencia.
Aprendieron algunas palabras de sus respectivas lenguas* y poco a poco comenzaron a comunicarse.  La gruta en el cerro, se convirtió en el hogar* que no tenían. Don Ismael Alcántara Sorallo, el padre de Micaela, fue el único que conoció el romance. Una tarde, su hija volvió del cerro vistiendo  una falda larga tejida y una camiseta corta adornada con laminillas de caracol de tierra. Salvador, como habían bautizado en secreto al comechingón, le había regalado el atuendo. Otro día, la joven llegó adornada con pulseras y un medallón de cobre y plata.   Su peinado partía el pelo al medio y se recogía con una trenza. El viejo sevillano meneó su cabeza sin que su hija lo viera y supo que desde ese día la había perdido para siempre. Se consoló pensando que prefería la nobleza de Salvador a la avaricia de Miguel, ese pariente que pretendía a Micaela.
Meses más tarde, nacía Encarnación, mestiza, fruto del amor de dos razas, dos lenguas, dos mundos.
2011


Nota de la autora:

Posted by Z Millz Moreno in 

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La vida nos reúne en cualquier lugar y nos cuenta historias cotidianas.

Yo las he interpretado a través de los cuentos breves y los microrrelatos.

Y, a los sentimientos que fluyen de aquéllas, los he expresado en simples poemas.

Aquí, mi trabajo, para ustedes.

Zuni Moreno

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Todas las pinturas que acompañarán las entradas de "No te duermas sin un cuento", durante 2017 pertenecen a uno de los pintores argentinos más reconocido a nivel nacional e internacional, no sólo por la calidad de sus obras sino además por su particular temática: Benito Quinquela Martín (1890-1977)

Barcos de Quinquela Martín

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Todas las pinturas que acompañan las entradas de "No te duermas sin un cuento" pertenecen a uno de los artistas rusos contemporáneos más admirado: Vladimir Volegov.

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