Sin soñar un Poema. Sin conocer un lugar. Sin admirar una pintura

Del Poema "Alma venturosa"

“Al promediar la tarde de aquel día,

cuando iba mi habitual adiós a darte,

fue una vaga congoja de dejarte

lo que me hizo saber que te quería.”

De Leopoldo Lugones (1874-1938)

Poeta argentino

Aviso de "Un Cambio"

A partir de 2017, los Microrrelatos o Mini cuentos dejarán de ser una expresión en este Blog y, junto con los poemas brevísimos, también hijos de mi pluma, formarán parte de otro proyecto. Espero poder concretarlo.

Como hojas al viento

Las entradas de este Blog se publican en 2017, cada martes a la medianoche, desde la República Argentina.

Coordenadas 31°4000S 64°2600O

sábado, febrero 25, 2012

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Corría el año 2002 y era invierno. Ya en ese tiempo renegaba de mi profesión de abogada. Cada día me costaba más ser amable con los clientes. Las parejas que se insultaban en mi estudio antes de firmar un divorcio por mutuo consentimiento - Express como le llaman en España desde 2005 - me generaban un estrés casi insuperable. Mis patrones de sueño se habían alterado, una sensación de nebulosidad de la mente, algunos lapsus  de memoria, falta de concentración cuando redactaba los escritos judiciales y una  incapacidad de organización creciente, terminaron por aturdirme.
Así fue como decidí tomar unas vacaciones para reflexionar sobre mi futuro. Revisé mis ahorros y alcanzaban para mi proyecto. Los juicios que tenía a mi cargo, los pasé a manos de mi socio, previo aviso a mis clientes para quienes Ricardo no sería un desconocido.
Me instalé en un pueblito de las serranías cordobesas, conocido por su perfil místico, habitado por gente bohemia, de pensamiento liberal que se mezclaba con el criollo serrano, cuyas creencias lo hacían desconfiar de esa “gente rara”. Dispuesta a relajarme y a leer todo aquello que no fuera técnico-específico, comencé a recorrer las páginas de Siddharta, del autor alemán Hermann Hesse, Premio Nobel de Literatura en 1946. Ese pequeño libro, de edición rústica  de 1982, que durmió años en mi biblioteca jurídica, el que una tarde de otoño me regalara una anciana a quien le había tramitado el sucesorio y nada le había cobrado, ya que nada tenía, sólo su casa donde habitaba.
Después de Siddharta, mi interés por la filosofía oriental se despertó desesperadamente.
En aquel refugio de la Naturaleza, conocí a una podóloga que me acercó al Reiki. Ella trabajaba con el Método Usui, que recogía las enseñanzas del Maestro japonés, Mikao Usui. Un día,  me invitó a su casa, alejada de su consultorio y allí recibí mi primera sesión de Reiki. Luego me interesé por aprenderlo y tuve la suerte de hacer el primer y segundo nivel con un agradable y anciano Maestro, quien viajaba desde la Capital para dictarlos. Además, Mabel, la podóloga, me contactó con otra señora que daba charlas sobre terapias alternativas en la sede del salón municipal de cultura y turismo, una vez por mes. Fui a cinco charlas. Nunca me había interesado el tema, más, siempre había sido poco generosa con mis visitas al control médico. Salvo que me estuviese muriendo, por supuesto.
Mi vida iba transformándose poco a poco sin que yo lo advirtiese notoriamente.
Fumadora por excelencia, el cigarrillo había sido un fiel compañero en antesalas de audiencias y arreglos extrajudiciales. En aquel lugar, mágico naturalmente, con su cielo celeste profundo y su aire puro, comencé a dejarlo sin darme cuenta,  por consejo de la podóloga, de Sara que trabajaba una granja orgánica y del propio Maestro que me descubrió una vez, mientras esperábamos su llegada en la vereda colonial del pueblo.
Cuando mi socio tenía que redactar una demanda, o fundamentar un recurso, en fin, un escrito importante, ponía de fondo su acostumbrado CD de música New Age. Yo la detestaba. Sin embargo, aprendí a degustarla con la ayuda de  Mabel y del Maestro. Me había convertido en otra persona. No extrañaba mi trabajo, ni los amigos, menos los amores, que  bien pocos fueron. Familia casi no tenía y la que me quedaba vivía en el sur del país.
Cada quince días acudía al pueblo un joven estudiante de Psicología para darnos una Meditación con cuencos. Él era Maestro de Hata Yoga pero no podía darnos clase porque sus estudios ocupaban todo su tiempo. Sólo en enero, si se le insistía, tal vez viniese con ese fin. Cuando llegué a esa tranquila villa, no estaba en absoluto preparada para una expe­riencia mística. La meditación quincenal me había aquietado la mente y aquellas oleadas de emociones inexplicables, momentos de alegría y momentos de depresión sin aparente sentido, prácticamente me habían abandonado y llegado el año de mis austeras vacaciones, una sabia paz interior comenzaba a refugiarse en mi alma. 
Agotados todos los recursos económicos, ahorrados en parte en moneda extranjera, y después de dos años, me restaba solamente el alquiler de la casa grande que fuera de mis padres y mi departamento bonito, sobre la populosa avenida de la gran ciudad, el que gracias a varios juicios ganados, un préstamo de mi hermana y las cuotas de financiación, pude comprar, después de largos años de trabajo profesional. Mi casa, mi hogar de soltera grandecita, había permanecido en total soledad, salvo cuando Rita, la esposa del portero, lo ventilaba y aseaba una vez por mes si yo se lo pedía por teléfono, desde la cabina pública de la villa.
Si lo arrendaba, pensé, con la suma de ambos alquileres, podría vivir aceptablemente en aquel paraíso. Cuando redondeé la idea, me sobresalté y me desconocí. Una especie de mareo seguido de una sensación de vértigo se apoderó de mí. El cambio de mi vida, ya cobraba forma y solidez. Semanas más tarde tomé la decisión que implicaba quedarme en el lugar por más tiempo hasta que algo que no percibía aún, ocurriera y me ayudara a ordenar mi vida, definitivamente.
Con mi resolución,  se alegraron, Mabel y otros amigos que había cosechado.  En el final del tercer invierno serrano, cuando los ocres dominan la inmensidad del paisaje, el frío comienza a disminuir en las lánguidas tardes y las tertulias pueblerinas se realizan puertas adentro, me fui dando cuenta que mi capacidad perceptiva se había expandido considerablemente. Alejada del bullicio tribunalicio, de las callecitas próximas a los Tribunales atestadas de letrados y los bares repletos de clientes, sin la premura obstinada de escribir hasta el amanecer y liberada de la ropa formal de abogada a la moda, mis sensaciones en mi relación con la naturaleza se habían desarrollado. El trinar de los horneros, cacholotes y venteveos, me despertaba bien temprano y podía diferenciarlos. Los talas, molles, espinillos y despampanantes algarrobos, personajes conocidos de la madre Tierra, pertenecían a la extensión de mi ser como hermanos. La maestra Reikista, el Maestro anciano y, el joven yogui, a más del carnicero, el apicultor, el Juez de Paz, y un pintor retirado, constituían toda mi familia. También tenían cabida en mi entorno, dos muchachotes que interpretaban música folklórica en sus guitarras, los domingos a la tarde y cantaban al amor en cada copla. Con el transcurrir de los meses y años en  mi nuevo home,  había reemplazado la lectura del Código Civil por las obras de Brian Weis y del Código de Procedimientos por las enseñanzas de James Redfield quien se había convertido en mi dilecto, desde su primera novela, Las nueve revelaciones, una síntesis de psicología y religiones orientales, considerado un libro clásico dentro de la llamada Literatura de la New-Age.
Mi cambio espiritual avanzaba hasta el punto que, cuando nos visitaba el Maestro de Reiki para formar nuevos discípulos o para ampliar nuestros conocimientos, comencé a tener cada vez más charlas individuales con él. Una de ellas, la última antes de Máximo Trotta, me había impresionado sobre manera:
_ ¿Y, querida, sigues con esos estados, por momentos llenos de energía y creatividad y en otros totalmente fatigados y sin motivación? Me preguntó el anciano.
_ Sí Maestro, le respondí y así continuamos por buen tiempo.
_ ¿Estás sufriendo alergias o intolerancias que antes no tenías?
_ Sí Maestro, casualmente y para mi bien ya no fumo, no tolero el cigarrillo.
_ ¿Sientes que tu conexión en la meditación es más calma, más profunda?
_ Sí Maestro.
_ Pues, entonces, bienvenida seas al cambio vibratorio.  No es nada malo lo que te sucede, muy por el contrario, estás en perfecta sincronía con el momento planetario que se avecina, adaptando tu estructura a la aceleración electromagnética de la Tierra.
Desconcertada, no supe que responderle y atiné a decir:
_ Pero, Maestro, ¿qué quiere decir con eso? 
_  Escucha bien, es muy interesante, dijo el anciano:
En 1952, un físico alemán de nombre Schumann, constató que la Tierra está rodeada de un campo electromagnético que se forma entre el suelo y la parte inferior de la ionósfera, a unos 100 Km sobre nuestras cabezas. Para aquella época dicho campo tenía una resonancia de 7,83 hertzios o pulsaciones por segundo. La resonancia Schumann es responsable del equilibrio de la biósfera, la temperatura y las condiciones mundiales del clima, así como también influye directamente a través del hipotálamo a todos los mamíferos, seres humanos, delfines y ballenas.

La resonancia de las Ondas Schumann ha ido en aumento progresivo desde los años 80 y más a partir de los 90, alcanzando valores de hasta 11 hertzios en 2003, y sigue acelerándose, lo que implica grandes cambios electromagnéticos en el equilibrio planetario, en nuestras células, en nuestro sistema nervioso central y hasta en nuestro ADN.
Perpleja, no supe qué comentar. En realidad no sabía si lo que me decía era cierto o no. Mi formación siempre me había alejado de temas de matemática y física. Me asusté. El Maestro continuó con su explicación, al parecer sin notar mi desarticulación y mi temor en aumento.
_ Presta atención, te explico:
La vibración natural de nuestro mundo se acelera, y es en este sentido físico, científico, que el Salto Dimensional tan augurado desde hace tiempo por los metafísicos, llega por igual para todos. Lo creas o no lo creas, nuestro planeta acelera su vibración y el cambio viene y toca también  a tu puerta.
Durante un tiempo, notarás tus funciones mentales como sedadas, adormecidas. Este es un estado necesario para dar el siguiente paso hacia una nueva expansión mental. Mucha más información está queriendo ingresar a ti, y eso abruma la capacidad receptiva de tu cerebro.
_No quise escuchar más, era demasiado para mi mente aletargadamente feliz, tranquila, aunque el contenido me asombraba y alimentaba mi curiosidad.
Me despedí del Maestro y alegando un compromiso, literalmente lo abandoné. Habían otros discípulos que querían hablar con él.
Salí presurosa del Dojo y caminé sin levantar la vista, para llegar cuanto antes a mi monoambiente, como llamaba a mi amplia y ventilada habitación de la Hostería donde vivía, con su baño y pequeña kichenette.  Iba rauda por la calle principal hasta que me topé con una pared humana. El bochorno me sacó de mi ensimismamiento, atinando a  pedir disculpas al hombre moreno, de formidable cuerpo y extrañados ojos marrones que me miraban atónitos tras los cristales de sus lentes.  Esa mole, se llamaba Máximo Trotta, escritor frustrado, 40 años, diez menor que yo, turista italiano,  dueño de un español bastante claro y heredero de una mediana fortuna en Milán, datos que amablemente me transmitió, mientras degustábamos una torta de miel junto a un té de hierbas, en una de las dos confiterías que ostentaba el pueblo, invitación, que después del encontronazo, no pude evitar.
Se quedó dos meses en la villa y logró borronear unos dibujos e insinuar unos textos líricos muy dulces, como la miel del lugar. Cuando se quejaba de sus condiciones de escritor, me animaba a sugerirle un cambio de actitud frente a la vida, lo que a él lo atraía sobremanera:
_ Tu mente, Máximo Trotta, necesita expandirse, y no lo logrará focalizándose en las mismas cosas de siempre. Por lo tanto, Máximo, límpiala, vacíala. La nueva frecuencia vibratoria la sumirá en una especie de ensueño, querido.
No nos separamos un instante.
Lo nuestro fue un flechazo. Nuestras almas se encontraron en un pequeño lugar, en este mundo, ese mundo que según el Maestro se preparaba para el cambio evolutivo. La diferencia de edades no hizo mella en el ensamble generacional que co-creamos. Ni imaginaba, entonces, tamaña consecuencia en mi vida de mujer libre y sola.
Tres meses más tarde, Alitalia me llevaba a su encuentro, previa escala en Roma para recalar en la Lombardía, casualmente cuna de mis bisabuelos maternos, en el Municipio de Arese, lejos de Milano signada por las connotaciones de una metrópolis moderna, con rascacielos de cristal y metal, una de las capitales mundiales de la moda.
¡Qué más lejos estaba yo de todo eso! Máximo lo había entendido así. Por eso había comprado una casita en las afueras de la Comune di Arese, donde prometía cocinar para mí, sus platos preferidos “cotoletta alla milanese”   su "risotto alla milanese"  y en navidad el tradicional panettone.
Mi historia termina en los jardines de la casa donde viviría  junto a Máximo o mejor dicho comienza, realmente, en una nueva y armónica vibración de humanidad.


2011




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sábado, febrero 18, 2012

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A sus sesenta y ocho años, Doña Florentina era guapa y fuerte. Su tez trigueña descubría sus ancestros y aliviaba sus arrugas. Vivía en el viejo casco de lo que otrora fuese una estancia serrana: Villa Isabel, emplazada en las últimas estribaciones de las Sierras Grandes, en un paraje llamado Cruz de Caña. De ese lugar se decía que en épocas pasadas, hubo una posta a la que un día llegó, moribundo, un soldado del General Bustos dejando allí su osamenta para siempre. En su recuerdo, sus iguales clavaron una cruz sobre su tumba de piedras bola, hecha con cañas que trajeron del río próximo y que ataron con tientos de cuero de cabra.

Luego de la división de la tierra que hicieron los supuestos herederos del propietario, en los últimos años, a Florentina le quedaron algunas vacas, dos toros, unas cuantas ovejas, y gallinas y cabritos por doquier. A ella, le encantaban las flores y las cultivaba en viejos macetones de barro cocido, similares a los españoles de la colonia. Éstos, el pequeño jardín del frente diseñado por un jardinero francés y hermosas farolas de hierro forjado recordaban tiempos de esplendor. Era hija extramatrimonial de quien fuera el propietario de Villa Isabel. Florentina contaba con el papeleo necesario para demostrar su “animus domini” en legal forma, ya que el testamento ológrafo que dejara su padre se abrió por su expresa voluntad ante un afamado Escribano de la ciudad capital. No habría de desampararla y su mejor forma de hacerlo fue la de dejarle la estancia en la que había nacido, por entonces, quince años atrás. A poco de la partida del patrón, Florentina se casó con el capataz de la hacienda pero no tuvieron hijos, por un defecto genético del hombre, dijeron las voces murmurantes del lugar. Su compañero de vida la había acompañado por treinta años y ahora hacía más de veinte que estaba sola. Mucho tiempo.

Una mañana de incipiente verano llegó a la estancia, una camioneta negra 4x4 con varios hombres jóvenes, pertrechados como para escalar la montaña quienes pertenecían, en su calidad de investigadores, al CONICET. Traían el permiso correspondiente para llegar al lugar de abordaje de sus labores, ingresando por Villa Isabel. Apenas llegados, uno de ellos tuvo la mala suerte de deslizar un pie por el hueco de un viejo guardaganado en desuso, quedando su rodilla atascada en él. Fue necesario cortar los barrotes para que el investigador pudiese sacar su pierna. Por consejo del joven médico del Dispensario del lugar no hubo más remedio que dejarlo haciendo reposo en la estancia, al cuidado de Florentina. El proceso de desinflamación de la rodilla, llevó su tiempo. El médico llegaba por la Isabel como abreviaban los paisanos, dos veces por semana. Luego del control, Florentina lo invitaba con unos mates y pan casero y aprovechaba para conversar con el joven. El accidentado mejoró y partió antes que sus compañeros rumbo a la capital. Los demás permanecieron en su tienda de campaña poco más de un mes. Pablo continuó visitando a Florentina en sus días de franco y poco a poco se fueron haciendo amigos hasta contarse buena parte de sus vidas. “Cuando haga cabrito al horno de barro, me manda a avisar, Doña Florentina” era la frase de despedida de Pablo. Tenía 33 años y una vida por delante para hacer todo aquello que aspiraba dentro y fuera de su profesión. Una tarde de fines de febrero, llegó en su desvencijado automóvil y le pidió permiso a la mujer para pasar una semana en su carpa, a orillas del arroyo que, a unos 300 metros de la casa, atravesaba la estancia. Serían dos personas las que vacacionarían.

Grande fue la sorpresa de Florentina quien de antemano había atribuido un sexo diferente al acompañante, cuando, llegado el día vio bajar del coche al médico y otro hombre mayor, con gorra gris y bombacha bataraza: Un gringo bien plantado de cachetes rojos y poco pelo. Era el padre de Pablo. Al conocerlo, tras la presentación, no pudo menos que ofrecerles alojarse en su casa en calidad de huéspedes. “Cómo vas a llevar a tu padre a una carpa, Doctor” expresó la dueña de casa por poco ofendida con el médico. Cabrito al horno de por medio, la carpa y demás bártulos de Pablo fueron a parar al galpón donde se guardan las herramientas de campo, a excepción de la ropa y los libros, claro está. Los tres habrían de pasar una semana inolvidable. Las amenas tertulias, los paseos a caballo, el aire puro de la montaña y el cielo celeste del lugar, configuraban una especie de paraíso en la tierra para Florentina. Su vida había girado 180 grados. Durante el tiempo que amenizaba con Pablo, aprendió a conocerlo y a tratarlo casi como al hijo que no tuvo. “Benedetti” como llamaba a su padre, era un santafesino gentil, con bien llevados setenta años, médico igual que su hijo, pero ya jubilado. Un verdadero amante de las sierras cordobesas en las que había vacacionado en vida de su esposa, siempre variando los destinos, entre Alta Gracia, Ascochinga o Saldán, Cosquín, La Falda, La Cumbre y Cuchi Corral, cerca de Río Cuarto, populosa y rica ciudad del Sur cordobés.
El fin de la licencia de Pablo imponía el retorno a su labor en el Dispensario. Quien lo suplantaba no podía quedarse más días y así ocurrió. Un plácido atardecer de marzo, cargado su automóvil con cosas que no había ni siquiera desembalado, se despidió de Florentina y de su padre. Verlos juntos, tan iguales y tan distintos a la vez, lo emocionó. No se le hubiese cruzado jamás por su mente que regresaría solo. Su padre no lo acompañó. Villa Isabel era un paraíso para dos.



2012

Posted by Z Millz Moreno in 

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sábado, febrero 11, 2012

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En la hermosa ciudad serrana de Alta Gracia, Córdoba, Argentina, todos los días 11 de febrero de cada año se celebra el día de la Virgen de Lourdes y es costumbre salir desde la Catedral de la capital de la Provincia en una larga  peregrinación a pie de más de 37 Km.  hasta un lugar llamado “La Gruta”, donde se venera la imagen de la virgen y hasta donde llegan todos los fieles, muchos arrastrándose, otros de rodillas, otros con los pies llenos de ampollas y llagas portando sus velas, pedidos, agradecimientos y ofrendas a la virgen santa. Algunos quedan en el camino. Pero igual todo el sector se inunda de miles de personas y el paisaje verde oscuro de los cerros próximos y bajos, se pierde en un multicolor gentío que todo lo invade en su marcha de Fe. Una avalancha de peregrinos provoca que en el amontonamiento se den múltiples situaciones, por ejemplo, es fácil perderse entre la muchedumbre. Eso fue lo que ocurrió en un predio próximo a la iglesia, regenteada por curas franciscanos,  al que se tiene que acceder para llegar a la Gruta de Lourdes.


Milagro en Alta Gracia

La desesperación de una madre se trasmitió de persona a persona, como una cadena humana de favor y pedido a la Virgen. No encontraba a su pequeña hija Florencia de 10 años. Los familiares que la acompañaban, prestos, dieron aviso a la autoridad del orden con la descripción de Florencia. Un metro quince de altura, ojos negros, cabello negro lacio, sujeto en la nuca con una cinta blanca, tez morena, con un pequeño lunar en el pómulo izquierdo. Vestía un pantalón blanco y una camisa de mangas cortas, color celeste. La descripción se distribuyó entre los fieles como reguero de pólvora. Azucena, su madre, lloraba arrodillada ante la virgencita, rogando en su rezo que Flor, su única hija apareciera. La virgen no podía fallarle. Pasaron las horas y el drama crecía sin desenlace. No aparecía la niña. Todas las ideas terribles pasaron por las mentes de sus padres, que en su aflicción, sólo rezaban, ya sin sentido. Era la hora en que el sol del verano se escondía tras los cerros azules, cuando un agente de la Policía de la Provincia, encargado de custodiar el evento junto a otros cientos uniformados, apareció con Florencia, ojos negros, tez morena, pelo negro lacio, pero suelto, un metro quince de estatura, y una expresión mezcla de terror y asombro reflejada en su carita. Cuando el agente público la acercó a su desesperada madre, ésta se frenó en el intento de abrazo que extendió hacia la niña.
_Ésta, no es mi hija, vociferó más angustiada aún.
_Pero es igualita, agregó la vecina que la había acompañado en la peregrinación.
El padre se quedó callado, boquiabierto, sin voz y sin palabras. . .
En medio de tanta confusión, de miradas cruzadas, de interrogantes sin respuesta, en el impuesto silencio del anochecer, un hombre rubio y alto con el rostro desencajado irrumpió en el escenario de las dudas, muy cerca de la virgen que desde sus ojos de yeso miraba todo lo que sucedía y, dirigiéndose al agente público a gritos, ordenó:
_ ¡Devuélvame a mi hija! ¡Ésa, es mi hija, Soledad!
La pequeña al ver a su padre se zafó de la mano policial que todavía la sostenía y se abrazó al hombre rubio al son de un “papá” lastimero.
El desconcierto se hizo mayor entre los presentes y el agente auxiliado por otros tres compañeros que llegaron al lugar, tampoco podía explicarse lo sucedido. Mientras intercambiaban opiniones entre ellos y recibían directivas de su superior, una mujer bajita, achicada por los años, agobiada por el trance del peregrinaje del día, casi tambaleante se aproximó a la rueda de personas trayendo a la rastra a Florencia con su pantalón blanco todo embarrado.


_La encontré al borde del arroyito, llorando,  la pobrecita. . .y no quería venir conmigo, relataba la anciana con signos de un cansancio agotador.
Azucena se abalanzó sobre su hija y la abrazó como sólo una madre puede hacerlo, llenándola de besos, mientras entre sollozos, agradecía:
_ ¡Gracias, virgencita, gracias Virgen de Lourdes por el milagro! Pero el “milagro” habría de ser otro.
La historia recién empezaba para dos familias que no se conocieron nunca.
Los agentes del orden llevaron en el móvil policial a los cuatro padres y a las dos niñas inexplicablemente iguales, quienes no dejaban de mirarse y sonreírse.
El caso conmovió al Comisario que rápidamente se comunicó con el Secretario del Juez de Menores y el Fiscal de turno, tomando participación de inmediato la Asesora Letrada, quien representa el superior interés del menor, dando comienzo a la investigación.
El hombre rubio, padre de Soledad, quien también tenía diez años, sentado junto con su esposa que no salía de la crisis de angustia que la situación le había provocado, fue el primero en prestar declaración. Ellos eran turistas que habían venido a Córdoba a vacacionar unos días y devotos de la Virgen de Lourdes no quisieron perderse el solemne acto de fe. Él no podía procrear y después de siete años de matrimonio habían decidido adoptar. Una abogada amiga les había sugerido venir a Córdoba para anotarse en las listas que los Cuerpos auxiliares técnicos de los Juzgados competentes, llevan con los aspirantes a padres adoptivos. Habían recibido a Soledad de sólo cinco días de vida, después de tres largos años de espera y trámites.
Nada sabían de sus procreadores. La Ley vigente no exigía aún, el requisito posterior, según el cual, los nombres de los padres de sangre del menor adoptado deben de figurar en el expediente de adopción.
Mónica, la madre biológica, una jovencita de un barrio marginal de la capital quien, con su familia de ocho hermanos y su madre mayor habían llegado del interior provincial en busca de trabajo, lo había encontrado, pero también, la compañía de un hombre que le ofreció los primeros bocados de comida a cambio de sexo. Él le exigiría más tarde, que se desprendiera del embarazo que portaba. No quería cargar con la descendencia que le impediría su objetivo: la explotación de la madre.
La joven, desorientada, como tantas otras en situación similar, acudió al asesoramiento legal gratuito que prestaban las Asesorías Letradas. Logró escapar del Rufián (Proxeneta) y se escondió en una villa serrana próxima a Córdoba, donde después de muchos cavileos, consejos parroquiales y asesoramiento legal sobre las implicancias de dar su hijo en adopción, decidió ponerlo a disposición del Juez  para que alguna pareja lo adoptara. Se criaría sano y no le faltaría nada, argumentaba en silencio cuando, por las noches, no podía conciliar el sueño. La abuela materna se oponía, pero nada podía hacer. Su hija ya era mayor de edad.
_No me rete, mamita, no crea que no sufro, lo hago por su bien, nosotros no podremos criarlo. . .si apenas comemos algo de pan que Ud. hace más para vender que para comer y vivimos de la ayuda del cura y su hermana que es una santa. . . . Algún día. . .

La historia de Florencia fue distinta. Sus padres, en flagrancia con la ley la habían obtenido a cambio de dinero pagado a representantes de una red de corrupción que comenzaba con la propia profesional a la que habían recurrido con fines de adopción, ya que en su caso, era Azucena la que no podía procrear a pesar de infructuosos tratamientos intentados. La cadena de implicados continuaba con  el médico partero quien contaba con el apoyo de sus auxiliares y terminaba en un indiferente oficial público de un poblado alejado de la gran orbe, sin mayores conocimientos legales como para tomar recaudos del mismo tipo, quien, haciendo la vista gorda al certificado médico falso,  había inscripto a  Florencia como hija legítima de Azucena López y Darío Sanguinetti.
Según sus declaraciones, ellos sólo siguieron el consejo de la letrada inescrupulosa que los había convencido de seguir ese camino ilegal pero mucho más rápido.
Nunca volvieron a ver a la abogada y nada supieron acerca de la madre de Florencia, ya que en los papeles, jamás existió.
Pero, en la realidad que ellos mismos habían construido, sobre sospechas, miedos, culpas y reproches recíprocos, la madre siempre estuvo presente aunque nada se dijeran.

La realidad de Mónica, fue otra. En el  sexto mes de embarazo se enteró que esperaba mellizos. Su alegría fue incalculable al pensar que al ser dos los bebés, la pareja en espera los adoptaría y los hermanitos estarían siempre juntos, ayudándose y acompañándose mutuamente.
Cuando llegó el día del alumbramiento, el dolor tremendo de los pujos para que saliera el primero y después el segundo, resultó insignificante, comparado con el que sintió cuando la enfermera le comunicó que eran dos nenas pero que una había nacido muerta.
La depresión pos-parto, la pobreza y la falta de contención familiar e institucional llevaron a Mónica por caminos tortuosos hasta que conoció a un joven bueno y trabajador que la quiso con su historia encima, la sacó del “pozo” y le ofreció una vida digna.
Todos los 11 de Febrero, Mónica  hacía junto a miles de fieles, el peregrinaje para pedir a Nuestra Señora de Lourdes por el bienestar de sus hijas aunque una estuviera en la Tierra y la otra en el Cielo, cosa que sin tener prueba alguna, siempre había dudado.
Dos hermanas gemelas habían sido separadas diez años atrás en un trueque inmoral, negándoles el derecho de crecer juntas. Muchos responsables se presentaban a escena.  El milagro de la virgencita las había reunido y las niñas no querían ya separase jamás. Un difícil y largo camino se abría en su futuro inmediato. Tal vez, podrían visitarse pero no convivir,  hasta que la autoridad judicial fuera resolviendo a través de largos procesos, la justicia de los hechos. Florencia y Soledad estaban ahora bajo el amparo celestial de la Virgen de Lourdes y, aunque viviesen en distintas provincias, seguro se reunirían todos los 11 de febrero de cada año.
Y su progenitora las acompañaría desde el silencio y la prudente distancia, como esta vez, cuando en plena búsqueda de la niña perdida le pidió a su madre, anciana ya,  que llevara a la pequeña de pantalones blancos embarrados que encontró llorando en el arroyo hasta la Gruta, dónde su madre del corazón, rogaba por encontrarla.
Nadie se percató en el momento del reencuentro, que una mujer arrodillada, delgada, de largo cabello oscuro y lacio, ojos negros, tez morena y un lunar en el pómulo izquierdo,  también lloraba ante el Santuario de la Virgen.
Mónica, lloraba de pena y de alegría a la vez. La virgencita la había escuchado y  le agradecería todos los años, el verdadero “Milagro” de haber recuperado a su otra hija, aunque ninguna estuviese con ella.

“Un ejemplo de la sociedad de la que formamos parte”, pensaría más tarde el Juez de la causa. ¿Un milagro? ¿Un caso? Un resultado: Dos vidas unidas por el imponderable misticismo de la Fe y por  la carencia de calidades humanas de nuestro Ser aún en desarrollo.
2010

*Los lugares citados existen.
*El Cuento es de ficción pero refleja la realidad que siempre la supera.


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sábado, febrero 04, 2012

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No era cosa fácil que “el Anastacio” viniera para el pueblo, menos que dejara su rancho y campito en manos de otros, todo para llegar hasta lo de su prima Clotilde. A su manera,  la quería de verdad, y no porque fuera su única pariente. Le molestaba, sin embargo, su repetida  insistencia en presentarle alguna de sus amigas, porque según ella, pasando los sesenta y cinco le sería cada vez más difícil encontrar compañera. Tanto había hecho la mujer, esta vez, que no podría decirle que No. Le iba a preparar su comida favorita: locro.
El mensaje con la invitación le había llegado a través de Alberto, el chico medio mozo ya, que criara Clotilde, a pesar de haber dado vuelta la curva de la vida.
_ A ver, che, leé lo que dice tu madrina en este papel, ordenó Anastacio, alegando que veía poco.
_ Sí, tío, contestó con frescura el joven que no siendo muy ducho en la lectura, fue deletreando las palabras.
_ Más rápido, muchacho, que no está contando vacunos.. .apuró el invitado.
_Ansí, que la Clotilde quiere que vaya bien arreglado y “guenmozo”. ¡Ay! Esta prima mía, ve menos que el que habla, dijo en voz alta insistiendo:
_ Y ¿qué más, qué más,  muchacho?
_Dice que va a hacer locro y empanadas, respondió el ahijado, quien ya no podía seguir leyendo porque la letra de su madrina se tornaba borrosa. Entonces, inventó:
_Dice que Ud., lleve pastelitos pa´ el postre. La aseveración del chico sorprendió a Anastacio que saltó:
_Y ¿de ande voy a sacar yo pastelitos, si en este rancho no hay mujeres, pa´ que los preparen? La imaginación de Alberto se encendió y rápidamente contestó:
_Cómprelos en el almacén de Don Justo. Si quiere, yo se los encargo y me ocupo, tío. La idea le gustó al Anastacio. Le dio una palmada al chico y con una sonrisa de despreocupación, le dijo:
_ Si es ansí, encárguelos m´hijo.
Pero, como buen atolondrado, un poco niño, un poco joven, producto de sus 16 años, al muchacho, se le voló la responsabilidad del encargo apenas pegó la vuelta para el pueblo.
El día de la invitación, Clotilde recibió junto a su primo a su amiga Ignacia, una viuda adinerada que no soportaba vivir sola y en consecuencia hacerse cargo de los menesteres del campo, que en vida de su esposo, nunca la preocuparon.
Cuando su prima se la presentó, “el Anastacio” quedó nervioso, pero gustoso de esa mujer madura, tal vez un poco mayor que él. Lo primero que advirtió de la viuda, fueron sus “redondeces” y le gustaron, cosa que ya había afirmado en muchas ocasiones, en rueda de paisanos y amigos, cuando se tocaba el tema de la mujer: “A mí no me gusta la mujer flaca, a mí me gustan las redonditas, las que tienen  redondeces

Comieron para empezar, unas empanaditas calientes, un poco peligrosas para quien no andaba muy bien del hígado, ya que eran fritas en grasa pella de vacuno. Continuaron con el riquísimo locro, comida bien del campo y perteneciente al más caro folklore nacional, impecablemente preparado por Clotilde, con maíz blanco, patitas de cerdo, costillitas de vaca, porotos, zapallo, chorizos y una especial forma de condimentarlo.

Cuando Alberto, se dio cuenta de la “metida de pata”, mientras los invitados conversaban con su madrina, salió desesperado hacia el almacén de Don Justo que, para su suerte, quedaba a sólo una cuadra de la casa. Pero, para su desgracia, los pastelitos se habían agotado. No restaba ni uno.
Mirá, muchacho, lo único que me queda pa´ postre y es de ayer, es esta torta de quince que no me vinieron a buscar,¡Ah,. . . desgraciados! ¡Me clavaron!
_ ¡No! gritó Alberto, (si les llevo esto me matan, pensó). Pero realmente los invitados esperaban el postre que sería una sorpresa para las mujeres y pastelitos para “el Anastacio”.
_ Lo podemos arreglar, contestó el almacenero  y sacó el número 15 en alusión a los frescos años que, de seguro, ya habría cumplido la jovencita destinataria de la torta no retirada. Luego, quitó las cintas, unas rositas rococó hechas de mazapán para sostener las velitas, y por último, acomodó el corazón rojo y la rosa rosa en el centro del gran postre, recalcando:
_Ansí queda bien, ¿ves m´hijo? El ahijado de Clotilde no tuvo más remedio que llevarse la torta con el corazón y la rosa, empujado por el apremio.
Esperá, che, dijo Don Justo, preguntando, y ¿quién la paga?
_Anótesela al Anastacio, gritó el muchacho desde la mitad de la cuadra y se fue corriendo seguido por la mirada atónita del almacenero que no salía de su asombro. “El Anastacio”  se dijo para su adentro. Nunca hubiese cruzado por su mente que este gaucho solterón, pudiera encargar un postre. En todo momento había pensado que los pastelitos que se terminaron, eran para Clotilde y sus amigas y además, imaginó que las mujeres se pondrían chochas con la torta.
El momento del postre había llegado. Doña Clotilde se presentó con el paquete que le alcanzara su ahijado, traído por su primo. Cuando lo depositó en la mesa para quitarle el envoltorio, todos parecían ansiosos. Al descubrirlo, una oleada de calor coloreó los rostros emocionados de las mujeres y los ojos del Anastacio parecieron salirse de sus órbitas.
_ ¡Gracias, primo, parece estar riquísima! Muy fina tu atención, acotó Clotilde, retirando los platitos del viejo bahiut de nogal norteamericano.
_ ¡Gracias, Anastacio, realmente, como dice Clotilde, un detalle muy fino! Agregó la viuda. El paisano apretó los dientes y en su tosquedad, dirigió con furia su mirada al muchacho que lo vio de reojo.
El rumor echado a volar como reguero de pólvora sobre el romance del Anastacio con la viuda rica, gestado en el almacén por un cambio de postres y difundido vertiginosamente por todo el pueblo, ejerció tanta presión en el pobre hombre, que le hubiese resultado mucho más difícil negarlo que aceptarlo.  ¡Pronto habría casorio en el pueblo!

 2011


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Y, a los sentimientos que fluyen de aquéllas, los he expresado en simples poemas.

Aquí, mi trabajo, para ustedes.

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Todas las pinturas que acompañarán las entradas de "No te duermas sin un cuento", durante 2017 pertenecen a uno de los pintores argentinos más reconocido a nivel nacional e internacional, no sólo por la calidad de sus obras sino además por su particular temática: Benito Quinquela Martín (1890-1977)

Barcos de Quinquela Martín

Barcos de Quinquela Martín

De QM

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De QM

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Todas las pinturas que acompañan las entradas de "No te duermas sin un cuento" pertenecen a uno de los artistas rusos contemporáneos más admirado: Vladimir Volegov.

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Tres de mis poemas y un cuento obtuvieron el 17-11-2012, el 3er. Premio en el Concurso Internacional,"Elegidos 2012" organizado por El Instituto Cultural Latinoamericano, de Junín, Provincia de Buenos Aires, Argentina.

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