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Mostrando entradas de febrero, 2012

Retrato de un cambio

Corría el año 2002 y era invierno. Ya en ese tiempo renegaba de mi profesión de abogada. Cada día me costaba más ser amable con los clientes. Las parejas que se insultaban en mi estudio antes de firmar un divorcio por mutuo consentimiento -Expresscomo le llaman en España desde 2005 - me generaban un estrés casi insuperable. Mis patrones de sueño se habían alterado, una sensación de nebulosidad de la mente, algunos lapsus  de memoria, falta de concentración cuando redactaba los escritos judiciales y una  incapacidad de organización creciente, terminaron por aturdirme. Así fue como decidí tomar unas vacaciones para reflexionar sobre mi futuro. Revisé mis ahorros y alcanzaban para mi proyecto. Los juicios que tenía a mi cargo, los pasé a manos de mi socio, previo aviso a mis clientes para quienes Ricardo no sería un desconocido. Me instalé en un pueblito de las serranías cordobesas, conocido por su perfil místico, habitado por gente bohemia, de pensamiento liberal que se mezclaba con el cr…

Villa Isabel

A sus sesenta y ocho años, Doña Florentina era guapa y fuerte. Su tez trigueña descubría sus ancestros y aliviaba sus arrugas. Vivía en el viejo casco de lo que otrora fuese una estancia serrana: Villa Isabel, emplazada en las últimas estribaciones de las Sierras Grandes, en un paraje llamado Cruz de Caña. De ese lugar se decía que en épocas pasadas, hubo una posta a la que un día llegó, moribundo, un soldado del General Bustos dejando allí su osamenta para siempre. En su recuerdo, sus iguales clavaron una cruz sobre su tumba de piedras bola, hecha con cañas que trajeron del río próximo y que ataron con tientos de cuero de cabra.
Luego de la división de la tierra que hicieron los supuestos herederos del propietario, en los últimos años, a Florentina le quedaron algunas vacas, dos toros, unas cuantas ovejas, y gallinas y cabritos por doquier. A ella, le encantaban las flores y las cultivaba en viejos macetones de barro cocido, similares a los españoles de la colonia. Éstos, el pequeño …

Milagro en Alta Gracia

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En la hermosa ciudad serrana de Alta Gracia, Córdoba, Argentina, todos los días 11 de febrero de cada año se celebra el día de la Virgen de Lourdes y es costumbre salir desde la Catedral de la capital de la Provincia en una larga  peregrinación a pie de más de 37 Km.  hasta un lugar llamado “La Gruta”, donde se venera la imagen de la virgen y hasta donde llegan todos los fieles, muchos arrastrándose, otros de rodillas, otros con los pies llenos de ampollas y llagas portando sus velas, pedidos, agradecimientos y ofrendas a la virgen santa. Algunos quedan en el camino. Pero igual todo el sector se inunda de miles de personas y el paisaje verde oscuro de los cerros próximos y bajos, se pierde en un multicolor gentío que todo lo invade en su marcha de Fe. Una avalancha de peregrinos provoca que en el amontonamiento se den múltiples situaciones, por ejemplo, es fácil perderse entre la muchedumbre. Eso fue lo que ocurrió en un predio próximo a la iglesia, regenteada por curas franciscanos,…

El Postre

Noera cosa fácil que “el Anastacio” viniera para el pueblo, menos que dejara su rancho y campito en manos de otros, todo para llegar hasta lo de su prima Clotilde. A su manera,  la quería de verdad, y no porque fuera su única pariente. Le molestaba, sin embargo, su repetida  insistencia en presentarle alguna de sus amigas, porque según ella, pasando los sesenta y cinco le sería cada vez más difícil encontrar compañera. Tanto había hecho la mujer, esta vez, que no podría decirle que No. Le iba a preparar su comida favorita: locro. El mensaje con la invitación le había llegado a través de Alberto, el chico medio mozo ya, que criara Clotilde, a pesar de haber dado vuelta la curva de la vida. _ A ver, che, leé lo que dice tu madrina en este papel, ordenó Anastacio, alegando que veía poco. _ Sí, tío, contestó con frescura el joven que no siendo muy ducho en la lectura, fue deletreando las palabras. _ Más rápido, muchacho, que no está contando vacunos.. .apuró el invitado. _Ansí, que la Clotilde